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viernes, 29 de enero de 2016

AKARGHI (capítulo 52)




52


Luminoso sol de la mañana. Dos filas de doce jóvenes bhikkhus encabezadas en el medio por el santo lama Dadhyach, y en la retaguardia por el santo lama Ghrtakausika, caminaban por el largo sendero de grava blanca entre los altos setos de hortensias blancas, rojas y azules. Sus lustrosas calvas brillaban como remate de sus túnicas carmines, mientras salmodiaban himnos del Atharva Veda. Cada uno portaba alguna herramienta de jardinería en una mano; en la otra, circulaban velozmente las cuentas de un mala. Se detuvieron al llegar a un amplio espacio en el que crecían numerosas plantas florales, formando círculos concéntricos separados por delgados caminitos de piedras preciosas, y en medio de los cuales un amplio espacio circular cubierto sólo por arena blanca impresionaba por su luminosidad y particular vibración. 

Dadhyach se detuvo, giró hacia el sol, hizo una profunda reverencia, la cual acompañaron todos los demás con el mismo movimiento, y comenzaron a cantar el himno al sol, en el que bendecían y agradecían el don de la vida, el don de la verdad expandida y el poder infinito de la luz que alcanza a todos los universos. Akarghi cantaba con el corazón y el alma henchidos de felicidad y de paz. Repentinamente sintió como si algo grande aletease cerca de su espalda, y un frío intenso lo hizo estremecerse. Giró un poco la cabeza para mirar de reojo, pero no vio nada detrás de él. Entonces le ocurrió que una fuerza poderosa lo agarró desde adentro y lo jaló con violencia hacia su interior y hacia afuera de sí mismo, como si lo hubiesen arrastrado de la piel, separándola de su cuerpo. Le pareció que se contemplaba a sí mismo desde lejos y al mismo tiempo desde arriba. Sin embargo, ahora percibía todo de una manera completamente diferente. La paz, la felicidad, la verdad de todo lo que experimentaba  hasta ese momento, sorpresivamente se mostraban extrañas y engañosas. Miró a sus compañeros inclinados, haciendo reverencias, pero no le parecieron actos de adoración y beatitud, sino un sinsentido, movimientos compulsivos, incomprensibles y hasta ridículos. Le pareció que todos estaban locos. Los lamas estaban locos creyéndose lamas e investidos de alguna autoridad y de algún saber que ellos mismos, y otros como ellos, se habían otorgado y validado. Los demás se habían llenado de ilusiones creyéndose discípulos de santos locos, persiguiendo una verdad, una doctrina tan cierta como un sueño que nadie sabe de dónde viene y adónde va. Y al sol, ¿le podía importar realmente las zalemas que estas criaturas delirantes le hacían con la mayor seriedad y convicción, sin saber realmente si tan solo había un sol u otra cosa ahí afuera?... ¿Y Dios, había algún dios con nombre y atributos siquiera en alguna parte?... Él mismo, Akarghi, ¿quién era en realidad?... ¿Era todo eso que se presentaba ante su propia conciencia como obviamente él mismo? E incluso, su propia conciencia… ¿iba a alguna parte cierta tratando de dilucidar su propia verdad, o la certeza de su conciencia de alcanzar verdadera realidad en su propia conciencia, o simplemente una y otra vez hacer el loco como todos los demás, incluso intentando ser el loco cuerdo?... ¿Acaso el camino de la verdad espiritual, de todas las religiones y enseñanzas del mundo --fuese ésta hasta la ciencia o evidencia racional o sensorial--, tratando de separase y superar la ilusión de los simples, de los humanos comunes y corrientes, no creaba sino otra ilusión, más refinada en la conciencia, o quizás simplemente más elitista, pero no por más conciente y verdadera a la conciencia, menos ilusoria y fantástica?

--¡Hey, Akarghi!—escuchó que alguien le gritaba con voz de niño-- ¿Te has preguntado por qué tienes dos pies y no cien como yo?

Akarghi bajó la mirada y vio que un cien pies caminaba sinuosamente sobre el dorso desnudo de su pie derecho. Sin embargo, al observarlo se dio cuenta que no reptaba, sino parecía flotar sobre su pie, al tiempo que resplandecía con destellos de colores como un pequeño arcoíris.

--Tú, maravillosa creatura, ¿tienes realmente cien pies, y yo dos?

--Haces bien en preguntarte, porque así cumples tu dharma, lo mismo que yo cuando camino con mis cien pies sobre tu pie.

--¿Los sabios tienen razón cuando declaran que todo es ilusión? ¿Cómo distinguir entre la ilusión de que tú, pequeño insecto, me estás hablando, y de que tú estás caminando o flotando sobre mi pie?

--Recuerda esto, amado Akarghi… La Verdad no puedes encontrarla como un minero encuentra escarbando la tierra una pepita de oro, sino que la encuentras cada vez que identificas lo menos falso, de lo más falso; lo menos ilusorio, de lo más ilusorio.
 
Una hermosa mariposa de color azul aleteó graciosamente alrededor de la cabeza de Akarghi y luego se posó sobre el pabellón de su oreja izquierda.

--¿Qué soy más yo, amado Akarghi?—preguntó la mariposa con una voz tenue como un hilo de seda-- ¿Una mariposa azul posada en tu oreja? ¿Una mariposa azul que habla junto a tu oreja? ¿Una mariposa azul hablando que tu pensamiento crea? ¿U otra cosa?...

--¿No es posible para mi mente detener la ilusión que inevitablemente produce mi mente al experimentar toda la realidad en mi mente? Creo que enloqueceré tratando de discriminar la ilusión de la ilusión…

Una zarigüeya pasó corriendo por el lado de Akarghi, y dijo volteando por un segundo su aguzada cabeza:

--¿Adónde voy? ¿Puedo ir a alguna parte y venir de otra?

--No tengo respuesta.

--No tienes respuesta para lo que preguntes, ni respuesta para lo que afirmes –intervino el ciempiés, que ya comenzaba a alejarse elevándose por los aires, convertido en un faisán de oro brillante.

--Y sin embargo vives –agregó la mariposa, moviendo lentamente sus alas como dos abanicos.

--Eso lo dices porque yo creo saber que vivo y no vivo, pues en cuanto vivo sé que muero, y si muero entonces no vivo ni muero, sino vivo-muero.

--¡Bien, amado Akarghi, se ve que comienzas a caminar sobre la nada!

--La nada… la nada… la nada… --murmuraron los árboles a coro mientras el viento bailaba desnudo entre las hojas verdes y secas, entre las ramas ondulantes y las flores que se reían antes de caer como copos muertos de nieve hacia todos lados. Y el eco de todas las risas allá en el fondo de la garganta de la montaña, apretándose unas con otras para cruzar el estrecho desfiladero, como las palabras cuando se agolpan unas con otras tratando de aflorar por las cuerdas vocales hacia este planisferio de realidad.

--¡Akarghi, vuelve al camino de la Verdad! –gritó desde lejos el lama Ghrtakausika-- ¡Céntrate en el círculo divino del aquí y del ahora!

Akarghi giró la mirada hacia el lama, y al contemplarlo a él y a todos sus semejantes, experimentó la divina compasión del Buda.

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