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viernes, 22 de enero de 2016

AKARGHI (capítulo 51)




51


“¿Qué somos?... ¿Qué soy?... Más allá de la respuesta obvia que nos aporta la experiencia de lo inmediato: esto que vivimos todos y cada uno de los seres humanos, y en lo que la inmensa mayoría se queda, y hace de ello mundo y universo… Más allá de lo obvio e inmediato: ¿Qué somos?... ¿Qué soy?” Así se preguntaba otra vez Akarghi contemplando el tronco que caído sobre el espacio que separaba una y otra orilla del alto acantilado permitía suponer que era posible transitar a través de él el inmenso espacio que periclitaba hacia un profundo y turbulento cauce.

¿Quería hacerlo? ¿Debía hacerlo? ¿Elegía hacerlo?... No le cabía duda alguna de que había sido llevado hasta este punto y encrucijada. Y aunque no podía dar cuenta de las razones que había tras cada instante en su vida, podía sentir que cada instante de su vida respondía a un plan, a un saber cósmico, a una providencia divina; y que si él podía modificar o decidir algo por sí mismo, lo hacía solamente sobre un libreto que ya estaba escrito, y en el cual apenas le era lícito modificar una palabra por aquí, y otra por allá. Sin embargo, como en ese preciso instante, tenía la intuición de que a veces, en especiales momentos y por importantes razones, le era lícito reescribir una línea, y hasta todo un párrafo, de su propia vida. Y aunque en la decisión que estaba a punto de tomar se encontraba en juego la obvia consecuencia de “vivir o morir”, hasta le parecía experimentar la realidad de las otras consecuencias y transformaciones que implicaría una u otra opción para la existencia y, en definitiva, para su alma; porque lo que allí enfrentaba era un tránsito, un tránsito de una realidad a otra, aunque pasase sin más y siguiese caminando igual, por la misma ruta que antes --así parece hablar la muerte, al menos cada vez que se acerca íntimamente a un ser humano--.

Podría haberlo resuelto con la amigable razón, y entonces ella le hubiese informado que aquel recurso no era en absoluto seguro, y que, por más que tardase más de una semana en encontrar un paso vadeable, sin duda sería una decisión más humilde y sensata; pero decidió continuar adelante, convencido por una certeza irracional y profunda.

Se concentró en meditación, saludó con una reverencia al peligro y comenzó a caminar dirigido por su sexto sentido. No miró el vacío en ningún momento; sus pies desnudos se adherían a la madera del tronco con la misma naturalidad que el musgo se adhiere a la roca. Una suave brisa le trajo a su nariz el perfume de los pinos verdes que palpitaban al otro lado de la sima. Sonrió Akarghi, y en ese preciso momento un crujido que enseñaba la fisura interna del madero se dejó oír crecientemente, mientras Akarghi paralizado y sin aliento esperaba el desenlace del proceso interno del tronco. Casi sin señal visible, el tronco repentinamente se quebró un paso más adelante de Akarghi. El vacío se agrandó bajo los pies de Akarghi y, al comenzar a caer, estiró su brazo izquierdo con el que alcanzó a aferrarse a una corta rama que sobresalía del tronco gris. Por primera vez miró hacia abajo, y vio descender veloz su flauta y sus sandalias desprendidas de entre su túnica anaranjada. Sintió miedo, un miedo que nunca había experimentado en su vida. El pedazo de madero al que se aferraba siguió descendiendo hasta quedar suspendido e inmóvil en un ángulo de unos veinte grados. Estiró también su brazo derecho y logró coger el gancho, de modo que quedó colgando con sus dos manos agarrotadas. Una vez más se vio a sí mismo desde afuera y desde dentro. Desde afuera aquello parecía simplemente un ensueño lejano y ajeno, que no lo afectaba en absoluto en la paz de su espíritu; desde adentro, el animal se aferraba salvajemente, hasta con sus uñas ancestrales clavadas y su miedo casi rabioso, para alejar la pérdida del cuerpo vivo.

Rápidamente vio desfilar en su atenta conciencia uno tras otro los seres que lo habían acompañado en esta experiencia de vida y, de alguna misteriosa manera, cada uno de ellos cobraba pleno sentido en su preciso momento otrora vivido; sin embargo, además parecían completarse y culminar justo en el terrible momento que ahora le acontecía, a veces perdonándolo, a veces llorando, pero siempre besándolo en un abrazo de amor, como si entonces no hubiesen devenido por completo, sino recién ahora.

Hacía sólo un mes que había abandonado a Laitniavira y a su pequeño hijo Prâsad. Los vio venir de lejos con profunda pena y adentrarse en su corazón para acompañarlo en la angustiosa caída y en el inminente paso a la muerte. Sus músculos jóvenes y fuertes, su liviano peso de asceta, y sobre todo su poderosa concentración lo mantuvieron colgando la primera hora sin mayor dificultad. Después de la primera hora que dedicó a resistir el peso de su propio cuerpo, pensó qué podría seguir esperando… ¿Vendría alguien y lo rescataría? Miró hacia el fondo del abismo, miró a su alrededor, miró hacia lo alto y se vio a sí mismo solo, desamparado, físicamente abandonado y solo; pero en su alma ya no estaba solo, pues una nube de almas amorosas y livianas flotaban alrededor de él y sólo esperaban, haciéndole sentir su cálido soplo, que se dejase caer para tomarlo con ellas hacia otros mundos ingrávidos. Le pareció que Koi se movía graciosamente alrededor de él con su cuerpecito de pez brillante y tornasolado; le pareció que Buda, Krishna, Visnu, Rama, Dios en todas sus manifestaciones amadas se había concentrado por fin en su presencia y se llenaban de sentido ahí, en ese preciso instante, misteriosamente, entre la vida y la muerte, colmándolo todo, hacia uno y otro lado, de Verdad.

Volvió a sentirse dentro y fuera de su cuerpo, en una sola y misma experiencia. Sin embargo, en ese preciso momento, su conciencia se llenó de luz, de una sublime sensación de libertad, de liberación y plenitud, separada de su cuerpo que pendía como una minúscula hojita casi seca instintivamente aferrada a una rama cualquiera, y que el viento del espíritu con su omnipotente soplo estaba a punto de tomar en el divino movimiento inmóvil del ser.

De la misma manera que había escuchado el crujir del tronco que se quebraba con su peso, ahora le pareció escuchar desde muy lejos que los huesos de sus dedos crujían, se resquebrajaban por dentro y finalmente se liberaban, dejándose caer, ya sin miedo y en paz.

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