Seguidores

viernes, 15 de enero de 2016

AKARGHI (capítulo 50)






50


En medio de la oscuridad Akarghi abrazó al bebé y lo sacó cuidadosamente de la caja para no interrumpir su sueño. Caminó casi a tientas, tratando de regresar por donde había llegado. Subió la escalera sin verla y, al ascender por ella, una extraña sensación lo acompañaba, casi una visión. Le parecía que subía la ladera de una montaña, de una montaña sagrada, y que, cada vez que levantaba un pie, algo así como un suave aletazo que surgía de él mismo lo elevaba ingrávidamente un poco más alto hacia una suerte de luminosidad invisible que parecía esperarlo por allá en lo alto. 

Sin embargo, al alcanzar el rellano superior, cuando ya iba a salir hacia el exterior, lo acometió un intenso temor y la certeza de un peligro cercano. Como respuesta apretó un poco más al bebé contra su pecho; tuvo la impresión de que la criaturita atravesaba su piel y se alojaba entre sus pulmones, bien pegadito a su cálido corazón. Al salir al exterior lanzó una rápida mirada por los alrededores e inició la marcha.

--¡Akarghi, detente!...

Escuchó que le gritaban a su espalda. Giró la cabeza sin dejar de caminar. Divisó a unos sesenta metros, como saliendo desde atrás de un edificio, a dos personas altas y extrañamente vestidas con una suerte de monos pegados al cuerpo de color negro platinado, los cuales les dejaban al descubierto sólo la circunferencia del rostro, pero que, inquietantemente, no se vislumbraba que lo poseyesen. Además, uno de ellos parecía apuntarle con un objeto desconocido.
Akarghi comprendió de inmediato la naturaleza del miedo que había experimentado al subir la escala y sin la menor vacilación comenzó a correr alocadamente, despreocupándose de la posibilidad de caer con el bebé en brazos.

--¡Akarghi!...

Volvió a escuchar que le gritaban. El bebé comenzó a llorar en sus brazos.

--¡Oh Brahma, oh Dios!—exclamó y giró rápidamente por un estrecho pasaje.

Cuando ya había avanzado unas decenas de metros vio que desde la puerta de una vieja casa una anciana le hacía señas para que se acercara. Akarghi miró hacia atrás, pero no vio a sus perseguidores. Enfiló hacia la puerta que la anciana había dejado entornada, habiéndose retirado al interior. Después de entrar Akarghi cerró de inmediato y se quedó esperando con la espalda pegada a la puerta. El bebé dejó de llorar. Durante más de un minuto no escuchó nada, salvo el silencio cargado de incomprensibles signos. Caminó algunos pasos al interior y apareció ante su vista un largo pasillo, hacia el fondo del cual creyó vislumbrar un resplandor vacilante. Siguiendo la voz de su maestro interior se encaminó por el pasillo hacia lo que parecía un destello. Mientras caminaba le pareció que alguien le tocaba la espalda. Se dio media vuelta, pero no vio a nadie, salvo algo que se asemejó a una sombra que se alejaba por el pasillo. No le prestó importancia, sino que continuó avanzando con decisión hacia el vano desde donde afluía un resplandor cada vez mayor.

La puerta estaba entornada. Entró con precaución y se encontró abruptamente en una habitación que resplandecía desde todas partes con una luz intensamente blanca. Hacia el fondo del espacio encendido en este resplandor divisó a la anciana sentada en una silla mecedora, la cual se balanceaba sin que ella pareciera apoyar sus pies sobre un suelo que no parecía ser diferente que la luz misma. Akarghi se acercó a ella. La anciana de blancos cabellos, vestida con una túnica violeta, se mantuvo con los ojos entornados y en una actitud meditativa. Akarghi también entornó sus párpados y adecuó su conciencia para tratar de conectarse con su vibración astral.

--Akarghi, ¿puedes reconocer la Verdad?... ¿Puedes controlar tu destino?—preguntó la anciana inmóvil con una voz cavernosa y gutural.

Akarghi dio un respingo, abrió los ojos y dudó si la anciana había hablado con su voz física, pues lo que percibió con sus ojos le hizo recordar la escena vivida con el lama Sonam Gyatso hacía menos de un año; la figura de la anciana estaba vibrando y emanaba ondas que fluían hacia el espacio circundante, como si nada fuese sólido. Pero la pregunta, esas dos preguntas –y su mente en ese acto intuitivo se expandió hasta el máximo de emoción y conciencia-- constituían al mismo tiempo que luz, la vibración misma y su expansión sin límites, transformándolo todo en su sustancia luminosa y vibrante. 

--¿Puedo reconocerla de alguna manera?—preguntó Akarghi en su mente.

--¡Vé a Shangri La! Allí encontrarás una madre para tu hijo.

Akarghi podía escuchar las palabras de la anciana, pero, sobre todo, sentirlas, percibirlas como provenientes desde todas las cosas. La anciana volvió su rostro hacia Akarghi, pero éste no pudo verlo, pues brilló tan intensamente que debió cerrar sus propios ojos, e incluso dar vuelta su cabeza en sentido contrario. 

Akarghi salió de la habitación impelido por una certeza. Y aunque el mensaje carecía de un sentido coherente, explícito y justificado si trataba de entenderlo con la razón y darle una explicación y sentido, en su fuero interno lo intuía con la profunda y sustantiva coherencia y totalidad como la que puede contener la misteriosa, densa y arcana simbología de un mapa. De alguna manera todo lo vivido con aquella anciana era un solo y unificado mapa que debía aprender a leer, actualizando en sí mismo facultades nuevas y descubriendo en cada signo el saber que irá conduciendo progresivamente en la dirección correcta, hacia un final desconocido, pero sólo alcanzable por un paulatino avance en un sentido correcta y progresivamente cumplido en lo inmediato, incluso sin certeza alguna de lo mediato ni de lo ulterior.

“Shangri La, reconocer la Verdad, dirigir mi destino” repitió para sí Akarghi mientras atisbaba por la puerta entornada hacia el exterior de la casona. La luz de la tarde ya comenzaba a retirarse y las figuras cobraban un tono azul grisáceo. Volvió a mirar al bebé en sus brazos que sorprendentemente volvía a dormir casi con una sonrisa. En ese momento tuvo una intensa iluminación interior. Pensó: ¿Qué es más verdadero: los sagrados sutras, las cuatro nobles verdades, el Bhagavad Gita, los Vedas, Brahman-Atman, todas las sagradas escrituras y verdades reveladas por los dioses y santos a los hombres, o este bebé que dormía en sus brazos, único, frágil, mortal y pequeño, en la mismísima inmediatez de la conciencia, del cuerpo, del tiempo y del espacio? Sintió un fuerte dolor en el medio de su pecho. “Shangri La” repitió casi como un mantra, como un ensalmo, una súplica, una intuición, un imán, y salió a la calle.




No hay comentarios:

Publicar un comentario