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jueves, 7 de enero de 2016

AKARGHI (capítulo 49)






49


¿Hasta dónde quiero sumergirme en este maravilloso pantano?... ¿Dejaré… o bien podré evitar que el cieno alcance mi boca y, entonces, simplemente… asfixiarme?” Se preguntó Akarghi, mientras contemplaba las turbias y malolientes aguas del pantano que se extendía delante de sus ojos. Tan engañosa le parecía la vida del hombre común como esa hermosa y aparentemente benévola laguna con su lisa superficie, en la que se reflejaban las poderosas nubes que avanzaban por el cielo, y también las cañas, lotos y flores acuáticas que sonreían tierna y coloridamente. Pero al entrar a esas aguas bastaba sólo un paso para comenzar a hundirse más y más a cada movimiento vital, como hasta entonces había conocido la vida del hombre…

Una mano se posó suavemente sobre su cabeza. Akarghi volteó y se encontró detrás con la figura en pie de Latniavira. Dado que él se encontraba sentado en postura de meditación, introdujo su mano derecha bajo la túnica roja de Latniavira y comenzó a subir tocando delicadamente con sus dedos abiertos desde la pantorrilla hacia arriba, apretando con suavidad su rodilla, rodeando por detrás y por delante su muslo firme, suave y sinuoso, hasta tocar, casi temblando, su sexo desnudo primero con la palma de su mano, y luego invadiendo con sus hábiles dedos las cavidades externas, oleosas y húmedas de su sexo. Latniavira entrecerró sus ojos disfrutando como una felina el deseo vibrante de Akarghi sobre su piel sensitiva. Cada uno de los amantes sabía a la perfección cómo llevar al otro, excitando una por una las zonas de placer de sus cuerpos y de sus almas, hasta lograr la iluminación misma del placer que se completaba siempre y sólo en un orgasmo extático y total.

Akarghi se incorporó para tratar de coger a Latniavira de la cintura con ambas manos; sin embargo, en ese mismo momento apareció sin aviso y repentinamente un pequeño perro lanudo de color miel que comenzó a saltar, ladrando alrededor de ambos, como si los conociese de mucho tiempo antes. Latniavira, al verlo, lanzó una cristalina carcajada, sin poder dejar de reír. Akarghi, al principio, se sintió contrariado, pero pronto se contagió también con la alegría de Latniavira y comenzó también a reír, lo cual el perrito parecía entender como un acicate a su propio ánimo festivo, de manera que ahora saltaba tratando de morder los brazos que uno y otro agitaban.

Akarghi cogió un palo del suelo, lo agitó delante del hocico negruzco del perro, y luego lo lanzó lejos para que éste se alejase en pos de él. Dando brincos y ladridos por entre la maleza se perdió por un momento de vista. Latniavira aplaudió feliz. Akarghi volvió su vista hacia su amada y, al contemplar el resplandor de su alegría, un nuevo arrebato de deseo lo animó más que antes a amarla. Sin embargo, antes de que pudiese volver a tocarla, el perrillo ya estaba de regreso con el palo en el hocico, saltando encima de ambos, deseoso de continuar la entretención recién descubierta.

Esta vez una idea repentina y extraña se le atravesó en la mente a Akarghi. Una idea nunca antes concebida o concebible para él, y sólo posible en las condiciones que allí mismo se encontraba… Tomó a la fuerza el palo del hocico del can y se giró en dirección a la laguna pantanosa. Llevó el madero con su brazo hasta atrás de la nuca listo para arrojarlo lo más lejos posible, al pantano.

Algo así como un latigazo de metaconciencia lo disparó fuera de su cuerpo, y se vio a sí mismo desde lo alto, visualizando claramente la atrocidad que estaba a punto de cometer… Pudo sentir nítidamente la duplicidad de su sí mismo. Un Akarghi con su propia  y autónoma conciencia, movido por una personalidad que se había posesionado por completo de su mente, de sus emociones y de la articulación de su cuerpo, con su propia moral, sus propias intenciones y con independencia de su espíritu y de su conciencia superior; algo así como un homúnculo, capaz de desenvolverse básica pero eficientemente en el plano natural de este mundo, quizás como la mayoría de los simples y llanos seres humanos se viven a sí mismos y a la vida. Y por otro lado, el otro Akarghi, duplicado simultáneamente en conciencia superior y percepción propia de su espíritu, viviendo casi desencarnadamente --como separado del cuerpo y del plano físico, en un plano metafísico-- la mera contemplación y autocontemplación de ese otro Akarghi (y paradójicamente el mismo) activo, dueño y mentalizado en su accionar en el mundo. Sólo había un Akarghi contemplando a este otro y mismo Akarghi que, sin la menor fisura en su propia mente y conciencia, estaba a punto de lanzar a la muerte a esta criaturita ingenua y feliz.

Así, cuando el Akarghi espiritual se contempló a sí mismo en este otro Akarghi activo y posesionado de su humanidad, durante un lapso más breve que toda unidad mínima de tiempo, pero suficiente para experimentar la terrible trascendencia y conocimiento de su propio acto y consecuencias, se horrorizó de sí mismo y, como si hubiese caído desde una altura infinita, se apoderó de todo su ser entrando en su propio cuerpo y en su mente con un grito absoluto: ¡No!...

Soltó el palo tras su nuca, si bien su brazo ya había comenzado el movimiento hacia adelante, de manera que cayó ante él con la palma encorvada y vacía. Akarghi se dio vuelta hacia Latniavira; vio su expresión de desconcierto y su sonrisa que parecía haberse congelado en su rostro. Sintió vergüenza, inmensa vergüenza de sí mismo y de su propia bajeza ante la mujer que amaba; ante la diosa Latniavira que lo había endiosado también a él como un ser, como un hombre y avatar superior.

Abrumado por esta terrible conciencia, Akarghi se dio media vuelta y comenzó a alejarse de Latniavira, cabizbajo. Ella se lo quedó mirando aun un rato sin poder reaccionar, hasta que en una especie de repentino arrebato comenzó a correr hacia Akarghi. Al llegar hasta él, lo tomó de un brazo y con un fuerte tirón lo hizo girar hacia ella. El rostro de Latniavira se había vuelto a iluminar con una sonrisa, con una sonrisa que a Akarghi le pareció incomprensiblemente beatífica. Todavía por unos segundos Latniavira se lo quedó mirando a los ojos, inmóvil y en silencio, como si tratase de comunicarse con él por la simple mirada o por la fuerza de su emoción, hasta que al fin lo abrazó, apretó apasionadamente su cuerpo y sus labios a los labios y cuerpo de Akarghi, y entre beso y beso exclamó súbitamente:

--¡Estoy esperando un hijo tuyo, mi amor!

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