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viernes, 1 de enero de 2016

AKARGHI (capítulo 48)





48


Veloces pero sin prisa, los jóvenes discípulos se sentaron sobre sus zafus granates, una vez que Khurrul hizo repicar la campanilla y dejar vibrando su elevación en el aire para iniciar la segunda meditación del alba. Treintaiséis pequeños aprendices rapados que buscaban denodadamente la elevación de sus mentes y de sus almas hacia el Alma. Treintaiséis fragmentos del Ser universal que había estallado en sus individualidades y se alejaban siguiendo sus propias direcciones en pos de una paradójica reintegración total.

Akarghi ocupaba la segunda fila, el puesto segundo de la derecha, en pronunciada diagonal hacia la figura hierática e imponente del anciano lama Sonam Gyatso, modelo de sobrecogedora energía, quien sólo cada cierto tiempo descendía a los salones de meditación para provocar con su presencia una agitación en las densas texturas vibracionales del inconciente colectivo monacal para el apostolado. Akarghi sabía que su presencia revelaba la epifanía de un dios y, en consecuencia, una seguidilla de milagros se producía inexorablemente mientras su santidad se movía delante de sus sentidos. El primer milagro, hoy, ya había ocurrido ante los ojos de todos: se cumplía el tercer amanecer desde que Kynpham Sing se había suicidado… Así lo evidenciaba Akarghi.

Antes de cerrar los ojos para iniciar la meditación Akarghi alcanzó a observar que un movimiento ondulante surgía del perfil de Sonam Gyatso y se proyectaba sobre todos los muros del salón cubiertos con un delicado papel de arroz mate, encendiéndolos con una intensa luz blanca que parecía otorgarles volumen y vida espiritual. Las sutiles vibraciones musicales de la campanilla de Khurrul se unieron al resplandor de los muros y modificaron la estructura atómica del espacio circundante.

Al cerrar los párpados Akarghi sintió que la luminosidad y la vibración se extendían también hacia su interior con tanta intensidad que no necesitó iniciar ni los ejercicios de respiración, ni acompañar el mantra om mani padme hum, que a lo lejos comenzaba a resonar en las gargantas de los monjes mayores. En ese momento Akarghi tuvo una visión. Con la misma naturalidad y evidencia que la vista nos enseña que lo que ven los ojos es real y verdadero, vio descender desde el cielo un gran triángulo de luz hacia él, seguro de que incluso si abría nuevamente sus ojos, continuaría viendo lo que entonces veía. Ya cerca, pudo reconocer, dentro de este cuerpo piramidal, la figura de su amado amigo fallecido Kynpham Sing, quien sonreía nimbado por un halo aún más luminoso. Sin mover los labios, Kynpham le dijo con su voz de costumbre: “¡Estoy bien!”.

--¿Dónde estás?—replicó Akarghi.

Kynpham sonrió sereno, abrió los brazos y comenzó a alejarse dentro de la pirámide de luz hacia el cielo. Ya en lo alto, la pirámide experimentó una transformación. Como si las estrellas de todo el cielo se uniesen a ella en una especie de luz subyacente y universal, comenzó a diluirse el cuerpo de la pirámide, manteniéndose fuertemente brillante sólo los tres vértices de la forma piramidal que enfrentaba a Akarghi. Al poco rato se veían sólo tres esferas de luz blanca que por su posición relativa configuraban una especie de triángulo en el cielo. Las esferas de luz comenzaron a moverse lentamente y a acercarse hacia Akarghi. A medida que se acercaban iban aumentando de tamaño y, al mismo tiempo, se asemejaban cada vez más a lunas llenas, a la vez que podía percibir con claridad la geografía irregular de sus superficies. Sin romper su disposición triangular, llegaron a detenerse a unos 50 metros de Akarghi y a unos pocos metros sobre la superficie del suelo, de manera que el tamaño de cada una era similar al de una casa flotante de tres pisos. A pesar de que sus ojos le enseñaban que delante de él se encontraban tres lunas que podía percibir hasta con sus menores detalles, al mismo tiempo sabía que allí delante había otra cosa.

“¿Otra cosa?”… Akarghi sintió que su alma se perturbaba hasta más allá de sus cimientos, ante la posibilidad real de que TODO fuese en realidad otra cosa. Pero, aun así, algo en su interior le enseñó que debía seguir adelante, porque incluso él mismo no era él mismo sino otra cosa, a la que él mismo no podía resistirse ni conocer por medio de la conciencia, ni por la mente, ni por lo que llamamos humanamente libertad. Y aunque, por ello, la Verdad fuese otra cosa, no por ello debía dejar de creer y buscar la Verdad, porque aun así, esa OTRA COSA que no era la Verdad, era la que lo estaba llevando

La luna que se encontraba en el medio comenzó a vincularse de una manera especial con Akarghi. Sintió que lo atraía hacia ella; sintió que él mismo se conectaba con ella como si esta luna fuese un ser vivo y personal. Sintió un fuerte vahído al entrar en su fuerza gravitacional; sintió que todos los vellos de su cuerpo se erizaban magnetizados y que la realidad comenzaba a perder consistencia. No había palabras y a pesar de ello experimentaba comunicación fluida y entendimiento; y todo este estado, misteriosamente, colmado de amor. La luna comenzó a dejar de ser una luna y sólo había alrededor de Akarghi un espacio intensamente blanco por el que avanzaba hacia su profundidad sin moverse, sin arriba, sin abajo, sin derecha ni izquierda. Y este espacio blanco no era un espacio propiamente tal, sino, extraña pero naturalmente, él mismo. Pronto comenzaron a circular algo así como luces de colores, de muy hermosos y desconocidos y vivientes colores alrededor suyo, girando en espiral cada vez con mayor velocidad --y él en el medio-- hasta alcanzar finalmente una velocidad vertiginosa; pero, aun así, Akarghi no experimentaba miedo y se sentía parte de una ilimitada y divina Paz. Escuchó con fuerza en su interior, en su cerebro también, la sagrada vibración OM. 

Entonces todo se detuvo abruptamente. Extrañamente parecía flotar en medio de un gigantesco cilindro fusiforme hacia adelante y, volviéndose, constató que también hacia atrás. Pero este cilindro en realidad era cúbico, pues hacia arriba veía un techo o cielo resplandecientemente azul; hacia la derecha, un plano en el que existía una inmensa muchedumbre humana; hacia la izquierda, otro plano diferente en el que se proyectaba otra muchedumbre de todo tipo de seres vivos; y hacia abajo, un plano insondablemente oscuro, como una mezcla de tierra y agua que se balanceaba lenta y ondulantemente. Entonces tuvo la sensación de que comenzaba a caer hacia el plano de la derecha; experimentó por primera vez una intensa sensación de miedo. Estiró brazos y piernas hacia los lados tratando de aferrarse y apoyarse en algo. La realidad-de-la-experiencia le comunicó que no debía temer, sino simplemente dejarse ir.

Entonces sintió que volaba alto, como un ave, y podía contemplar lo que ocurría abajo, en ese inmenso espacio. Podía ver personas, millones y millones, una infinidad de personas de todos colores y procedencias, bajo un sol resplandeciente, reunidas, acampadas, caminando, descansando, meditando, mendigando, apretadas unas con otras, y en medio de todas ellas, uniéndolas y separándolas al mismo tiempo, como una gran vena de agua, el río Ganges, trascendente, silencioso y terrible, al que finalmente acudían todas esas personas buscando su purificación y su salvación.

Y vio Akarghi, con esta omnisciencia y conciencia-en-todo que experimentaba, a los sadhus, a los santos, a las mujeres, a los niños, a los ancianos y hombres sin fin, buscando todos algo en común, a pesar de que cada uno entendía y vivía a su propia manera aquello que estaba buscando y también creyendo encontrar. Porque contemplándolos a todos juntos, quizás como dios mismo nos contempla a todos los seres, comprendió que aun lo más cierto y verdadero que experimenta, sabe y cree cada ser humano, no es tal

Entonces reconoció en su alma que no había en él mismo ya ningún sentimiento, ninguno en absoluto.

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