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viernes, 25 de diciembre de 2015

AKARGHI (capítulo 47)






47


La doble puerta del salón se abrió con fuerza hasta atrás. Entraron dos hombres altos y fornidos, rapados, premunidos con garrotes, ceñidos con un traje color carmín y botines forrados con piel de búfalo. Se detuvieron en la entrada, recorrieron con fiera mirada el espacio circundante, que se abría un poco más abajo que el nivel de acceso, y luego avanzaron un paso más en el rellano. Por detrás de ellos apareció la figura de Tashi Aburghasim, inconfundible por su poderoso aspecto, quien avanzó dentro del salón sin vacilación alguna. Más atrás entraron otros dos enormes secuaces, uno de los cuales empujaba con su bastón cada dos pasos a Akarghi, que tendía naturalmente a quedarse atrás.

El enorme salón, al que se descendía por una escala de tres peldaños, se encontraba en una semi penumbra, tanto por la escasa luz que arrojaban algunos faroles en las esquinas, como por el humo de quienes fumaban en el lugar. Una extraña, perturbadora y abigarrada escena se dejaba ver allí. Los más extraños ruidos y sonidos se hacían oír a causa de unos centenares de personas. A simple vista aquello parecía una orgía. Un hombre joven se acercó rengueando a Tashi y estiró su mano pidiéndole una limosna. Tashi casi sin mirarlo descargó un fuerte puñetazo entre la boca y nariz del hombre, quien se desplomó de espaldas, sin ninguna reacción, y azotó su nuca contra el pavimento, quedando inconciente. Tashi levantó la vista hacia el entorno como si buscase a alguien en particular. Vio a muchos bebedores, en grupos, en parejas o solitarios; vio a hombres que jugaban a las cartas  en algunas mesas iluminadas con una vela; vio a algunas mujeres que circulaban entre decenas de hombres que se abalanzaban sobre ellas y las poseían de las formas más instintivas y brutales, sobre las mismas mesas, en el suelo o contra los muros y parapetos que separaban algunos sectores de otros. Gritaban, se reían, maldecían, jadeaban, peleaban, juraban, y quienes tenían algún conocimiento de música hacían sonar los nagaswaram, los sitar y las tablas, o bien otros simplemente los aporreaban para aportar con un ruido más al frenesí ensordecedor. Un hombre que se encontraba cerca de Tashi comenzó a vomitar sin cuidarse de no salpicar a los próximos, por  lo que uno de los guardias que escoltaban a Tashi se le acercó  y golpeó varias veces con su grueso bastón de madera la cabeza y la espalda del desgraciado, que cayó al suelo, gimiendo de dolor, y luego quedó allí desvanecido. Tashi se miró su impecable traje blanco y, al observar una pequeña mancha de vómito en el borde inferior de su kurta, extrajo un revólver de entre sus ropas, lo acercó a la sien del infortunado que yacía en el suelo, y le disparó, matándolo instantáneamente. Akarghi corrió hacia el hombre para tratar de ayudarlo, pero al punto reconoció que estaba muerto. Cerró los ojos y, meditando, acompañó el vuelo de su alma hacia las primeras estancias de las sombras de la muerte.

--¡Deja eso!—gritó Tashi Aburghasim.

Akarghi volvió a abrir sus ojos y miró a Tashi. Su corazón comenzó a bombear de prisa y fuerte en su pecho. Sintió cómo la rabia violenta acompañaba el flujo creciente de su sangre y se irrigaba por sus venas a través de todo su cuerpo. Volvió a reconocer en ese mismo instante y hecho cuán profundamente arraigado y vivo se encontraban en su sí mismo todos aquellos instintos, emociones y sentimientos brutales, primitivos, salvajes que la presencia de Tashi simplemente reanimaba. Esa sangre milenaria que ahora se encendía por algún mágico mecanismo interno lo convertía instantáneamente en una poderosa bestia acondicionada para saltar, luchar, destruir y matar… ¿Dónde quedaba entonces el ser espiritual, la mente trabajada, la  conciencia superior, el monje, con los que se había identificado y experimentado sus últimos diecinueve años? En ese momento Akarghi reconoció el punto preciso donde se experimenta la inflexión existencial y sicológica de la libertad humana, pero de una libertad coaccionada y reducida a la esclavitud de la naturaleza animal, que señorea este plano de realidad: ¿Qué era más fácil en ese momento? ¿Qué era lo natural y qué lo correcto?... ¿Gritar y abalanzarse para matar a Tashi, o bajar la mirada y pedir perdón? 

En ese mismo instante se le vino a la mente la imagen de Latniavira bailando desnuda ante él, gimiendo en su oído en el momento preciso de su orgasmo, todo su sexo salvaje y maravillosamente animal; entonces Akarghi comprendió, vio profundamente, y, bajando con lentitud la cabeza, dejó caer unas gruesas lágrimas, y exclamó:

--¡Perdón!

--¡Vamos, levántate!—gritó Tashi-- ¡Quiero que encuentres a ese infeliz Ravajagana!

Akarghi se puso de pie, levantó la vista y comenzó a caminar hacia un extremo del salón. Todos siguieron a Akarghi, propinando empujones y golpes de palo a quienes se les interpusieran. Akarghi finalmente rodeó un bastidor de bambú y se encontró detrás a un hombre que apoyaba un codo sobre una pequeña mesa redonda, mientras bebía de una botella marrón, ya en evidente estado de ebriedad.

--¡Aquí estás, infeliz!... ¡Llegó tu hora!

El hombre giró la vista y reconoció de inmediato a Tashi Aburghasim. Como un  perro saltó a sus pies y besándolos exclamó:

--¡Baba Tashi, perdóname! ¡Aquí estoy para complacerte!... ¡Mira, traje a mi hija, a mi amada Alisha!

Se levantó y con paso torpe y bamboleante se encaminó hacia un rincón, en el cual se formaba un espacio entre un gran anaquel con botellas y la pared. Introdujo en el espacio su torso, estiró su brazo y sacó de aquel lugar a una jovencita de unos trece años, morena, con los ojos pintados de turquesa y la boca, de rojo; con colgantes dorados en las orejas y el cuello, el largo pelo negro y ondulante suelto delante de los hombros, pero envuelta en un paño blanco. Al verla, Tashi Aburghasim esbozó una sonrisa de satisfacción y dijo con dulzura: 

--¡Ven, Alisha!

La joven se acercó sonriente a Tashi. Cuando estuvo a su alcance, Tashi estiró su brazo y, con una expresión de rabia, arrancó con fuerza la túnica que cubría el cuerpo de Alisha. La joven quedó con su cuerpo desnudo ante la vista de todos; con sus manos cubrió instintivamente sus pechos y su vagina. La mirada de Tashi se encendió al observar la belleza y la turgencia de la juventud desnuda y protegida. De un brinco, Tashi se sacó el camisón blanco y se abalanzó sobre Alisha. La cogió fuertemente de las nalgas y la apretó contra su pene erecto. Alisha abrió sus ojos y se quedó anonadada, inmóvil y entregada a Tashi. Todos los presentes se mantuvieron en silencio contemplando la escena. Tashi desnudó su pene y lo introdujo en la boca de Alisha, empujando hacia adelante y hacia atrás. Akarghi volvió a experimentar el drama interno del ser humano: aquella increíble experiencia y visión lo excitaba intensamente y, al mismo tiempo, le parecía la más brutal y detestable aberración…


viernes, 18 de diciembre de 2015

AKARGHI (45-46 continuación)





45


Akarghi tomó una flor de almendro que recién había caído junto a su pie, la puso sobre la palma de su mano y se la quedó contemplando. Miró a los dos bhikkus, Kynpham y Nigarvi, que lo acompañaban y, entendiendo que ellos, a su vez, lo observaban con cierta extrañeza, les dijo:

--¿Hay alguna diferencia entre esta flor y esta otra que pende de la rama del almendro?

Acercó su mano a la rama, de manera que ambas flores quedaron una junto a la otra.

--Una está viva y la otra está muerta –respondió Nigarvi.

--Creo que comprendo lo que piensas, Akarghi. No es tan simple-–respondió a su vez Kynpham—. Cuando nuestra mente sentencia que algo es igual o diferente a otra cosa, en realidad está definiendo algo que no está ahí afuera, sino que se crea en el entendimiento de nuestra mente y que vale sólo para la mente que quiere experimentarlo y entenderlo así. Esas flores de almendro no son ni iguales ni diferentes entre sí; ¿acaso sería la flor en la rama más flor del almendro que la que ya no se encuentra en la rama?; no hay una viva y la otra muerta. Hay una relación entre esas flores que pareciera que nosotros no podemos captar naturalmente con nuestra mente y que se nos escapa a la conciencia incluso. Tal vez pudiéramos decir que ambas simplemente son parte de un continuo de realidad, en la medida que ambas están ahí, y que al menos cualquier categorización o identificación, verbal o intelectual,  de su estar ahí, presentes, inevitablemente representa algún grado significativo de distorsión e ilusión.

--Y, sin embargo, miren lo que dice nuestra lección de hoy.

Akarghi abrió su cuaderno de notas y leyó en voz alta:

“En verdad, este universo consiste en una tríada: nama, el nombre; rupa, la forma; karma, la acción. Todos los nombres de uso corriente, todos los himnos, tienen su fuente en la palabra, y es por esta fuente que emergen todos los nombres. Allí está su punto común, pues esta fuente es común a todos los nombres. Esta fuente es su Brahman, su identidad esencial, pues es ella la que sostiene todos los nombres.”[1]

La mayoría de nuestros maestros –continuó Akarghi-- nos ha enseñado que tras el velo de la ilusión de nuestros sentidos y de nuestra mente se encuentra una realidad más verdadera. Este Upanishad también nos enseña que sí existe una raíz verdadera en los nombres, en las formas y en la acción. Que existe una realidad última y primera, un Brahman-Atman que lo sostiene todo. ¿Pero cómo podemos asegurar que no hay allí, en esa sublime experiencia primera-última, la que incluso identifica cualquiera religión o doctrina humana como primera y última, también una ilusión, un equívoco que puede incluso alcanzar más allá de nuestra mente esencialmente equívoca, también a un plano de esencias-existencias supra-humano también equívoco e ilusorio en su propia esencia respecto de otra dimensión todavía más amplia y más profundamente arraigada en un indescifrable más allá, como si Brahman-Atman, o Dios, todavía fuesen ilusorios en sí mismos, respecto de un plano que los antecede y supera en esencia y existencia?

--¡No, eso no es posible!—exclamó Nigarvi y se levantó inquieto.--¿Quieres negar la existencia de nuestra Verdad, de nuestro Ser Supremo, al que todos los más divinos y sagrados textos, y todos nuestros avatares, maestros e iluminados, y todos nuestros dioses nos han revelado como la Suprema y Absoluta Verdad?... ¿Eres un ateo y un nihilista?

--¡Hum! –agregó Kynpham--… ¡Eso es peligroso, muy peligroso! --y se quedó cavilando con la mirada clavada en el suelo.

--¡No, mis amigos, sólo digo que Dios, en su propia dimensión de existencia, es tan real como la flor del almendro en la rama y la flor del almendro que se encuentra fuera de la rama!




46


Chien Tzu abrió sigilosamente la puerta. Entró, sin abrir del todo, al despacho del abad Farra-aj, y detrás de él avanzó, como ocultándose en su espalda y en su sombra, el bhikku Nigarvi. La habitación olía a incienso y trementina. El lama se encontraba meditando sobre un trono de poca altura, de manera que sin abrir sus ojos hizo un gesto leve a Nigarvi para que se sentara en el suelo, sobre un cojín café bordado con figuras doradas, delante de él. Nigarvi miró a su alrededor con cierta preocupación y luego de un momento de vacilación avanzó hasta el cojín y se sentó en él, echando la manga izquierda de su túnica sobre el hombro, en un gesto nervioso de sumisión, que acompañó con la inclinación de su cabeza, y así se quedó esperando. Chien Tzu se inclinó a su vez levemente ante el lama y salió del despacho.

El joven Nigarvi, amigo de Akarghi, al observar que el abad continuaba en meditación, entendió que él también debía acompañarlo en esta acción; cerró pues los ojos, iniciando los ejercicios de respiración. Sin embargo, antes de que transcurriera un minuto, el abad Farra-aj abrió sus párpados y se dirigió a Nigarvi:

--Y bien, bikkhu Nigarvi, ¿qué me tienes que contar?…

Nigarvi abrió los ojos sobresaltado y observó la mirada escrutadora y severa del abad sobre él.

--¡Akarghi es un infiltrado, un espía de los demonios comunistas!... Usted, su santidad, estaba en lo cierto.

--¿Cómo es eso?

--Akarghi pretende destruir los fundamentos de la Verdad. ¡Lo he escuchado de su propia boca!... Akarghi quiere enseñar que ni la Verdad ni Dios existen. Es evidente que detrás de él hay una ideología y un poder mundanos que buscan aniquilar y sacar del mundo al espíritu, las verdades reveladas, la santidad misma, y el divino Camino.

--¡Hummm!... ¡Ésa es una grave acusación!

--Kynpham estaba presente. Él puede dar fe de lo que acabo de decir.

--Sí, así debe ser. No lo dudo. El plan continúa adelante…

--¿Qué plan?—preguntó Nigarvi con ingenuidad.

Farra-aj entrecerró los párpados mientras observaba escrutadoramente a Nigarvi.

--¿Estás dispuesto a dar tu vida por tu fe y por lo que amas, Nigarvi?

--¡Sí, maestro!—contestó Nigarvi con decisión.

--¡Bien, entonces eres la persona indicada!

Farra-aj se puso de pie y caminó lentamente hasta el ventanal.

¡Ven!—llamó a Nigarvi.

Cuando Nigarvi llegó junto a él, Farra-aj posó una mano sobre el hombro derecho de Nigarvi y, dirigiendo su vista hacia el exterior, dijo:

--Mira esa cumbre nevada... ¿Cuán lejos está de aquí?

--¿Diez kilómetros, tal vez?

--No, Nigarvi, sólo se encuentra a la distancia que tú quieres que se encuentre. De la misma manera si te pregunto: ¿cuánto tiempo falta de aquí a cincuenta años?, me responderás: obviamente cincuenta años. Pero no es así…

Farra-aj empujó del brazo a Nigarvi hacia una pequeña poltrona, frente a la cual él mismo se sentó en otra, y sirvió una taza de té al joven bhikkhu.

--No puedo explicarte más por ahora, pero debes saber que quiero hacerte parte de un plan divino, más allá del tiempo y del espacio... Un plan que tiene por propósito precisamente salvar la Verdad revelada por los dioses al ser humano.
Farra-aj guardó silencio mientras observaba tenazmente a Nigarvi, quien resintiendo la penetrante mirada del lama tosió nerviosamente y se llevó la taza a la boca para tratar de ocultarse de los ojos del abad.





[1] Brihadaranyaka Upanishad, I-VI-1.