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sábado, 25 de julio de 2015

AKARGHI (3-4)



 
3


Apoyando su cabeza sobre un mullido cojín, primero recordó las últimas palabras de sus hermanos: “La primera hora debes meditar en la compasión del Buda Avalokitešvara y venerar al mantram om mani padme hum… La segunda hora debes meditar en la majá mantram del valeroso Krishna”… Esa había sido una parte de la orden del reverendo Farra-aj, y debía cumplirse rigurosamente como toda lección del maestro. Sin embargo, el pensamiento de Akarghi se alejó vigorosamente hacia otros planos de su realidad. Sus recuerdos afloraron a borbotones, igual como la sangre que afluía concentradamente a su cerebro. Primero recordó con vividez los campos de avena inclinados por el viento tibio y dorado de la tarde, y la risa nerviosa de su hermana Kahrinna mientras huía de sus rugidos de león, y el trueno repentino que los hacía gritar a ambos, y luego el latigazo de la lluvia temprana, mientras a lo lejos corrían los labradores buscando refugio y el abuelo agitaba su pañuelo de lino azul, para que sus nietos escapasen pronto del diluvio… Una lágrima de nostalgia brotó de su ojo derecho y descendió lentamente por su frente hasta el cuero cabelludo. Entonces recordó a su madre, Lohki, por aquellas noches terribles, cuando en medio de la noche y atrapado dentro de las monstruosas pesadillas que le infundía la fiebre tifoidea, bajaba hasta él, como una diosa de su caballo de plata, y con sus besos frescos y húmedos, y con el poder de su magia,  lo sacaba del horno de sus visiones de muerte… Y su ninfa pez Koi, “¿qué había querido decir?”… Le resonaba su doctrina como una ominosa advertencia, una admonición, tal vez como la presencia del lama Farra-aj, el cual, desde que lo había visto acercársele por primera vez, siempre lo impresionaba de la misma manera, como un árbol inmenso al quebrarse y venirse cayendo sobre él… ¿No se parecía, acaso, a la mirada de reproche y al grito profundo de su padre, cuando descubría antes de la oración de gracias por los alimentos, que Akarghi no se había lavado las manos?... No había llorado, sin embargo, a pesar del llanto de Kahrinna y de Lohki, a pesar de la muerte reciente del abuelo Nimrhod, en el momento de la despedida, cuando se alejó tal vez para siempre de su amada familia y hogar… ¿Y el abrazo con padre, largo y fundido, no había sido para él más que nada un acto de profunda y liberadora gratitud?... Pero ¿qué hacía ahora ahí, tumbado patas para arriba? ¿Era real?... Un agudo dolor se clavó en su espalda.


4


Escuchó veladamente el tañido de la campanilla que uno de los bhikkhus hizo repicar a su lado para señalarle el cumplimiento ya de la primera hora. Sin embargo, en su mente resonó a lo lejos una campanada profunda, metálica y larga, la invocación del crepúsculo que arrojaba al mundo la torre del Templo Rojo, en lo alto de la montaña Arruppa, hacia donde dirigía en estos momentos sus pasos de esforzado peregrino.
 
Había caminado meses, quizás años… ya no podía recordarlo. Al fin, la grácil pagoda se encontraba ante él, el Templo Rojo, en el que habían prosperado decenas de swamis, ācāryas y misteriosos gurús, de los que se referían las más increíbles historias. Había recorrido la mitad de India a pie y los años caminados a la intemperie comenzaban a pesarle, aunque en edad no superaba los treinta. Se sacó el kasa (sombrero de paja), pasó la manga de su túnica por la frente para retirar el sudor y, volviéndose hacia el valle, contempló la inmensa vacuidad del mundo, las innumerables verdes colinas y, entre ellas, sus pequeños pueblos medio adormilados, y, al fondo, a un costado, una luna nueva que apenas centelleaba, y el horizonte cargado de nubes color índigo, preparándose para recibir el peso del sol descendente del crepúsculo. Muy cerca, una pareja de ranas comenzó a croar tímidamente. Hizo una profunda reverencia, giró hacia su espalda, y enfiló decididamente hacia el Templo Rojo.
 
Al ingresar fue recibido por un lama vestido de negro, parco, con la cogulla casi tapándole los ojos. Sus gestos eran algo fríos y distantes, tal vez diezmados por infinitos peregrinos… Después de presentarse, Akarghi mencionó el nombre del gran maestro, el rishi Dur-pah, de quien había escuchado que se hacía llamar El Muerto-en-vida… El sombrío lama le dio la espalda, se inclinó ante una gran estatua de Buda, avivó a Nachiketas, el fuego consagrado, y salió de la gompa antes de que Akarghi terminara de hablar… A pesar del extraño comportamiento del lama, Akarghi sonrió y se mantuvo bien erguido, con los ojos entornados y la respiración lenta y profunda. Escuchó a lo lejos el ronco murmullo gutural de los monjes en oración. Om mani padme humOm mani padme hum
 

jueves, 23 de julio de 2015

Escribir



Yo puedo escribir o no escribir,
decido escribir.
Escribo que soy un hombre,
un instante que escribe un instante
en un rinconcillo dentro de este inmenso planeta,
una infinitésima nada en un espacio y un tiempo infinitos,
que se da importancia a sí mismo
sin otra razón
que mi propio delirio
en inmortal aumento.

jueves, 16 de julio de 2015

AKARGHI - SEIS HORAS EN EL CAMINO DE LA VERDAD



[NOTA: AKARGHI es una novela que escribo en la actualidad y será publicada por partes semanalmente]


1


Akarghi abrió sigilosamente un ojo al escuchar acercarse al hermano centinela por la fría escalinata exterior hacia el dormitorio. Su corazón comenzó a palpitar más rápido al sentir que giraba el picaporte; esperaba con ansia desde hacía rato el momento en que Khurrul caminase a lo largo de  la estancia haciendo repicar su campanilla de bronce para la meditación de las laudes, y luego sigilosamente se marchase hacia las otras alas del lamasterio.

Akarghi saltó de su cama apenas Khurrul comenzó a cerrar tras de sí la  puerta y, sin ninguna precaución ni abrigo, se lanzó en una loca carrera hacia el  patio. Sabía que tenía  poco tiempo. Corrió por el sendero de grava y, aunque los guijarros se le enterraban dolorosamente en los pies, continuó corriendo entre soplidos de vapor hasta llegar al Claro de Luna. Cuando divisó ante sí el estanque sereno y el cuarzo opalescente que parecía sonreírle resplandeciente bajo el agua, su ánimo dio un brinco y lanzó una carcajada de júbilo. Se acercó de prisa a la orilla, sacó unas pequeñísimas bolitas de miga desde una diminuta bolsa que había cosido por el revés de su túnica y, rozando con la punta de sus dedos la superficie helada del estanque, esperó que la hermosa Koi, moteada de plata y dorado, se acercase ingrávida, sinuosa y lentamente hacia él.

Akarghi dejó caer con delicadeza la primera miguita y, a mitad de camino, Koi la atrapó en un armónico giro de su danza. Ella movió sus tornasoladas aletas como si fuesen dos sutiles abanicos y se acercó a la superficie. Sacó su diminuta boquita rosada escasamente por encima del agua.
 
--¡Buenos días, mi pequeño Akarghi! –susurró casi imperceptiblemente la pez.

--¡Buenos días, mi dama del agua!... ¿Qué novedades me tienes para hoy? –exclamó Akarghi con una sonrisa de ternura e impaciencia.

--¡Ah, mi amado joven, no quería que llegase este momento, pero debo decírtelo!... ¿Puedo yo conocer el océano infinito si vivo en este estanque?... Y tú, ¿cómo conocerás el mal si tus padres te han alejado de él para que no sufras? Has esperado ya catorce años para volver a conocer el mal, y debes por lo tanto hacerte hombre…

A Akarghi se le entumeció la sonrisa en el rostro y preguntó:

--¿Qué me quieres decir?...

De pronto algo lo agarró de la oreja y lo levantó violentamente.

--¡Akarghi, el novicio tunante!—rugió furioso detrás de él Farra-aj, el abad --. ¡Has faltado por tercera vez a tus deberes santos, condenado niño!… ¡Esta vez recibirás un castigo ejemplar!... ¡Vamos!




2



Farra-aj repasaba concentradamente la minuta del día en su despacho, cuando Chien Zu, su ayudante de cámara, entró en silencio a la sombría sala; se mantuvo de pie ante el escritorio del lama, esperando su atención. Farra-aj detuvo el movimiento de su huesudo dedo índice con que acompañaba la lectura de cada palabra, y levantó la vista por encima de sus anteojos redondos.

--¡Seis horas en el Camino de la Verdad para ese jovencito Akarghi! --sentenció el abad casi con satisfacción--… Ya verá como el potro de la recta meditación lo endereza… Me agradecerá tarde o temprano el haberle enseñado que sin disciplina no hay samadhi (iluminación).

--¿Seis horas?... –repitió con incredulidad Chien Zu.

Farra-aj sostuvo la tensa mirada sobre su ayudante, pero luego de unos segundos relajó la línea de sus cejas y, con un diplomático gesto de despedida, respondió:

--Ese joven potrillo está tallado en una dura madera…

Al salir Chien Zu de la sala, Farra-aj se levantó, alzó un tapiz en un rincón del despacho, buscó dentro de un baúl de encina una carpeta de cuero que archivaba un legajo de descoloridos papeles, buscó cuidadosamente un papel que ya estaba escrito, le dio la vuelta y escribió con su pluma de tinta negra, con rugosa letra: 

“A 23 de Mayo del año 2057, Akarghi, 6 horas por el Camino de la Verdad…”
 
Iba a continuar escribiendo, pero se detuvo abruptamente para escuchar algo, casi con expresión de temor.

Dos jóvenes monjes con miradas compasivas acompañaron en silencio a Akarghi hasta la reducida celda de mortificaciones. Desde lejos, justo en el umbral del pabellón principal, Chien Zu fiscalizaba con pesar el cumplimiento del decreto magistral. Los dos bhikkhus le dieron brevemente las instrucciones, lo bendijeron, se inclinaron ante él y le señalaron el Camino de la Verdad. Akarghi primero reptó dentro de su estrecha cárcel de madera con forma de cilindro, para en seguida ser levantado por ambos monjes, inmóvil y ajustadamente dentro del mismo, en posición Sirshasana (cabeza abajo).