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domingo, 31 de mayo de 2015

EL EVANGELIO DEL PERRO


  
Nací perro, perro de la calle, perro quiltro de padre desconocido y madre de raza indeterminada y promiscua. Hace dos mil años fui perro, perro de rabo largo, pelo negro moteado con tintas baratas y orejas caídas. Ahora soy humano, desconocido y pobre como la mayoría, de madre amada, de madre insustituible, y padre muerto temprano, como mueren los padres obreros, empeñando hasta la salud para obtener un pedazo de cualquier cosa digna. 

No me ha sido difícil recordar, recordar no es una tarea precisamente dura cuando se vuelve a vivir en la calle; cuando la vida se repite en cada vida para no olvidar por qué se sufre. Recordar es necesario para volver a respirar, cuando se ha olido alguna vez el rastro de Dios; cuando la mano de un Dios de amor se posó sobre tu lomo sin razón ninguna y desbordó con ese amor tu miserable existencia por sobre todo límite. Un Dios también terrible y santo que a menudo te maltrata en una vida de perros para que tú resistas, agradezcas y al final termines igual amando, o, si ya no quieres amar, tomes a pedazos nada, o incluso nada, nada de nada, porque amar es todo o nada…

Yo conocí a Jesús, el nazareno, el pobre, el mendigo, el poderoso, el manso y tormentoso; conocí al crucificado, al Dios en hombre, al horizonte, al agujero de moribundos, al simiente, al hijo y al padre; conocí el martirio de su madre, al abominable, a la brisa del espíritu santo, a la mano y al pie; conocí el Monte de los Olivos, el golpe del látigo, el cansancio y la esperanza, al maldito, al renacido, al hombre Judas, al zarrapastroso judío y al ostentoso romano.

No tengo pruebas ni testigos ni milagros, pero heme aquí, tan cierto como Mateo, como Lucas, Marcos y Juan; tan verdadero como los libros santos y las torres de las más altas iglesias. Heme aquí, simplemente con la cola entre las piernas, perro y humano, obsesionado, loco, iluminado por un espíritu que, si no es divino, al menos es del diablo. Y es que el diablo hace cosa de un año decidió convertirse a Dios, pero no parecer humano.

Lo conocí perro, cuando yo frisaba los doce años y ya me disponía a dejar la vida en corto plazo. Cuando ya había correteado las calles de Jerusalén, de Betania, de Galaad, de Betsaida, de Palestina e Israel. Cuando había ya comido hasta el maná sobre las piedras y bebido todas las aguas, del Jordán, del estanque de Siloé, del lago Genesaret, del mar Muerto, de los arroyos de Judea, de algún charco sucio del Sinaí que después de mi lamido se secó, y hasta del Mar Rojo convertido en sangre de egipcios y profanos. Lo conocí así, sin más, como una tarde cualquiera te cae en la convergencia de los caminos hacia arriba y hacia abajo. Venía él cantando, cantando en el idioma más perruno que cualquier idioma hasta entonces por mí escuchado.

No era él más alto que el más alto, ni más bajo que el más bajo. No era más moreno que el más negro, ni más blanco que el más blanco. No era alegre más que el más alegre, ni más triste que el más perro. Pero al verlo venir por el camino de tierra, me quedé temblando…

Él me miró, a mí que no era más que un perro, un perro mugriento, tiñoso, insignificante. Él me sonrió, a mí que no valía ni siquiera una patada. Él se acercó a mí y pasó su mano más ancha y tersa que el cielo resplandeciente sobre mi cabeza de bruto asombrado. Hasta entonces yo nunca había comprendido el lenguaje humano, sólo el lenguaje de sus golpes y maltratos, pero desde ese instante mis oídos fueron abiertos y comencé a entender todos los lenguajes de todos los seres vivos, incluso el arameo, el griego y el latín. Él me dijo “Sígueme”, y yo partí detrás de Él agitando mi cola, sin quitarle nunca más mi vista ni alejarme tanto que no recibiese sobre mi cuerpo la luz de su cuerpo transfigurado.

Esa noche me acosté a su lado. A veces me miraba y sonreía. Entonces mi corazón daba un salto y me sabía amado; si no había comido, mi estómago estaba saciado; si tenía sed, su aliento húmedo me calmaba; si tenía frío, su calor cercano me abrasaba. Y aunque rara vez me tocaba, su cuerpo se había hecho un solo cuerpo con el mío. 

Sus discípulos –lo entiendo—me alejaban de Él. Yo no era un humano. Era feo y sucio, ladrón, violento, pagano, molesto, impertinente, estúpido, un simple perro entre miles de perros comedores de sobras e innecesario. Cada vez que Jesús me llamaba a su lado yo lo alababa con un himno de ladridos, pero en cuanto se volvía hacia otra parte, alguien me separaba de él con una patada entre las costillas, o con una pedrada clavada en alguna parte de mi cuerpo doloroso.

¡Bendito Dios que me hizo perro, perro humilde, perro manso sólo hasta que me muerden, perro vivo, con ojos de buena vista, con patas, con olfato y agudas orejas para escuchar el canto de las criaturas de la tierra! ¡Bendito Dios que me permitió amarlo desde este ser pequeño, y ser amado de vuelta por su hijo amado! ¡Bendita libertad, Dios mío, la de correr a su lado!

Yo lo seguí sin un segundo de descanso; lo seguí cuando nadie más podía seguirlo; lo seguí entre las piernas de la multitud, cuidándolo; lo seguí atento, como el águila observa a la liebre desde lo alto; lo olí en medio de una tormenta y desde el otro lado de un lago; olía sus huellas por donde hacía años había pasado, y el perfume de su espíritu me dejaba tiritando...

Hubo perros por cierto que quisieron alejarme de él. Perros de todas las razas, de todos los credos, de todas las edades, pobres y ricos, con y sin amos, perros y perras, me ladraron, me mordieron, me arrojaron sus garrapatas y pulgas, me escupieron, me traicionaron, pero yo los resistía todos, yo los perdonaba a todos, porque sólo me importaba Jesús, no desviarme con nada, ir tras él y acompañarlo.

Un día que Jesús iba montado sobre un asno y la multitud de humanos le gritaba algo así como “Rey”, “Hijo de Dios”, “Bendito”, yo corría a su lado, con un escozor en la nariz por algo funesto y hediondo en el aire. Entonces el asno me dijo: “Enhorabuena, ¿qué clase de perro eres tú, loco, que has abandonado a los perros para perseguir a un humano?” Entonces le respondí: “¿Qué clase de asno eres tú que no sabes a quién estás cargando?... Es Jesús, es todo junto, el hombre, el perro y el asno”.

Cuando Jesús comía, yo esperaba alguna sobra de su mano; cuando dormía, yo dormía a su lado; cuando se alejaba para evacuar su orina y excrementos, yo también evacuaba con él, y luego los olía en éxtasis iluminado. Cuando Jesús bailaba y cantaba, yo ladraba y saltaba junto a él, moviendo enloquecidamente mi rabo. Cuando Jesús oraba yo enmudecía, pero yo gemía cuando él lloraba. Entonces posaba su poderosa mano sobre mi cabeza y con una sonrisa suya me dejaba transformado.

Todo iba bien, Jesús era feliz y yo con él, jugaba, caminaba, silbaba, conversaba, entraba y salía adonde fuese, regalaba milagros y alegría por donde quiera que pasaba. Así, Jesús predicaba vivir como un perro y yo vivía como Jesús. Estoy seguro de que él me dejaba caminar a su lado y acompañarlo a todas partes para enseñarle a los humanos a vivir como perros, fieles, honestos, amantes, altruistas, curiosos, sacrificados, amistosos, libres, alegres y tantas cosas más. Pero también les predicaba a los perros que se superasen a sí mismos para seguirlo a él, aunque la mayoría de los perros, al igual que los humanos y los asnos, tampoco lo comprendía bien, por más que los hombres le gritaban: “¡Dios, mi Dios!”, y los perros: “¡Amo!”

¡Benditos los animales, benditas las flores, las nubes, los cerros, la hierba, los campos!  ¡Bendito el amanecer, bendita la muerte, bendita la fe del pobre, y las mujeres amamantando! ¡Benditos los seres sin fin a los que nadie ni nada atiende ni considera, como los granos de arena, las larvas de las hormigas, el musgo bajo las rocas, los elementales de los bosques, o los peces en las profundidades del océano! ¡Bendito el universo entero con su entramado de estrellas que nunca se opuso a su paso!

Lo que vi y escuché de Jesús, no por perro, me es imposible relatarlo… ¿Cómo diría yo su amor, cómo el sabor de su mirada, el olor de su sonrisa, la ternura de su silencio, los rayos coloridos que escurrían de sus manos y la luz de su forma infinita e inagotable? ¿Cómo podría decir que vi a Dios descender hacia él, como un padre viene feliz hacia su hijo amado? 

Estábamos todos felices, hasta que en una hora aciaga llegó hasta él un enviado. Llevaba por nombre Judas, pero también se llamaba Diablo, o El Otro Lado del Humano. Y vinieron en secreto unos hombres de blanquísimas togas, junto a unos hombres de casco y armados. La noche anterior él mismo me lo había anunciado mientras sus lágrimas como diamantes del cielo resbalaban de sus ojos y caían hasta mis sucios pelos negros, a través de sus manos. ¿Cómo – me repetía yo ladrando— la indiferencia y el odio pueden tanto?...

Y corrí detrás de la turba sin dejar de gruñir y ladrar, pero sabía por él que él mismo no quería ser rescatado. Lo seguí por horas, mientras lo juzgaban mintiendo y engañando; mientras lo atemorizaban con golpes, con oscuridad y encierro, con latigazos, con burlas y espanto. Dios contemplaba en el cielo, estrujándose las manos. Los suyos, que habían jurado amarlo, ahora se escondían, pero ¿cómo – me repetía yo ladrando— la indiferencia y el odio pueden tanto?...

Lo subieron a una cruz y lo clavaron. Yo lo contemplaba de cerca con los pelos erizados. Todo parecía un sueño, todo era irreal, no parecía posible que eso estuviese pasando… El único que nunca había hecho daño a nadie, él, que todo lo había hecho por amor, por la superación del humano y del mundo entero, era por eso mismo asesinado: ¿Cómo – me repetía yo ladrando— la indiferencia y el odio pueden tanto?...

Al entregar su espíritu al universo, murió. Yo me acerqué a la cruz y lamí su sangre que descendía por el madero. Lancé un largo y salvaje aullido. Un soldado romano se tapó los oídos; otro que estaba a su lado, arrojó su lanza por los aires, y atravesó el hierro mi lomo hasta clavarse en mi corazón.


viernes, 29 de mayo de 2015

La humildad



Tumbada tras la losa del cerebro
timbal de la batalla de las horas
entre el delirio brutal de las formas
espera la humildad un signo incierto.

Ola tras ola fragmentada en hombre,
hombre tras hombre fragmentado en carne,
carne tras carne fragmentada en hambre
hasta llenar el universo enorme.

Natural ambición de ser yo mismo,
locura natural de amar vivir
deseo insano de jamás morir

para no ver que todo horrible fin
acaba en abandono de uno mismo
sereno, dulce, plácido infinito.
        



sábado, 23 de mayo de 2015

Si hubiese un solo grito



Si hubiese un solo grito
en vez de aire,
si sólo sangre
en lugar de océanos,
si hubiese sólo herida de carne abierta
en lugar de tierra,
y en lugar de vida
muerte,
sólo entonces
podrías anticipar el futuro
del planeta.