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viernes, 18 de diciembre de 2015

AKARGHI (45-46 continuación)





45


Akarghi tomó una flor de almendro que recién había caído junto a su pie, la puso sobre la palma de su mano y se la quedó contemplando. Miró a los dos bhikkus, Kynpham y Nigarvi, que lo acompañaban y, entendiendo que ellos, a su vez, lo observaban con cierta extrañeza, les dijo:

--¿Hay alguna diferencia entre esta flor y esta otra que pende de la rama del almendro?

Acercó su mano a la rama, de manera que ambas flores quedaron una junto a la otra.

--Una está viva y la otra está muerta –respondió Nigarvi.

--Creo que comprendo lo que piensas, Akarghi. No es tan simple-–respondió a su vez Kynpham—. Cuando nuestra mente sentencia que algo es igual o diferente a otra cosa, en realidad está definiendo algo que no está ahí afuera, sino que se crea en el entendimiento de nuestra mente y que vale sólo para la mente que quiere experimentarlo y entenderlo así. Esas flores de almendro no son ni iguales ni diferentes entre sí; ¿acaso sería la flor en la rama más flor del almendro que la que ya no se encuentra en la rama?; no hay una viva y la otra muerta. Hay una relación entre esas flores que pareciera que nosotros no podemos captar naturalmente con nuestra mente y que se nos escapa a la conciencia incluso. Tal vez pudiéramos decir que ambas simplemente son parte de un continuo de realidad, en la medida que ambas están ahí, y que al menos cualquier categorización o identificación, verbal o intelectual,  de su estar ahí, presentes, inevitablemente representa algún grado significativo de distorsión e ilusión.

--Y, sin embargo, miren lo que dice nuestra lección de hoy.

Akarghi abrió su cuaderno de notas y leyó en voz alta:

“En verdad, este universo consiste en una tríada: nama, el nombre; rupa, la forma; karma, la acción. Todos los nombres de uso corriente, todos los himnos, tienen su fuente en la palabra, y es por esta fuente que emergen todos los nombres. Allí está su punto común, pues esta fuente es común a todos los nombres. Esta fuente es su Brahman, su identidad esencial, pues es ella la que sostiene todos los nombres.”[1]

La mayoría de nuestros maestros –continuó Akarghi-- nos ha enseñado que tras el velo de la ilusión de nuestros sentidos y de nuestra mente se encuentra una realidad más verdadera. Este Upanishad también nos enseña que sí existe una raíz verdadera en los nombres, en las formas y en la acción. Que existe una realidad última y primera, un Brahman-Atman que lo sostiene todo. ¿Pero cómo podemos asegurar que no hay allí, en esa sublime experiencia primera-última, la que incluso identifica cualquiera religión o doctrina humana como primera y última, también una ilusión, un equívoco que puede incluso alcanzar más allá de nuestra mente esencialmente equívoca, también a un plano de esencias-existencias supra-humano también equívoco e ilusorio en su propia esencia respecto de otra dimensión todavía más amplia y más profundamente arraigada en un indescifrable más allá, como si Brahman-Atman, o Dios, todavía fuesen ilusorios en sí mismos, respecto de un plano que los antecede y supera en esencia y existencia?

--¡No, eso no es posible!—exclamó Nigarvi y se levantó inquieto.--¿Quieres negar la existencia de nuestra Verdad, de nuestro Ser Supremo, al que todos los más divinos y sagrados textos, y todos nuestros avatares, maestros e iluminados, y todos nuestros dioses nos han revelado como la Suprema y Absoluta Verdad?... ¿Eres un ateo y un nihilista?

--¡Hum! –agregó Kynpham--… ¡Eso es peligroso, muy peligroso! --y se quedó cavilando con la mirada clavada en el suelo.

--¡No, mis amigos, sólo digo que Dios, en su propia dimensión de existencia, es tan real como la flor del almendro en la rama y la flor del almendro que se encuentra fuera de la rama!




46


Chien Tzu abrió sigilosamente la puerta. Entró, sin abrir del todo, al despacho del abad Farra-aj, y detrás de él avanzó, como ocultándose en su espalda y en su sombra, el bhikku Nigarvi. La habitación olía a incienso y trementina. El lama se encontraba meditando sobre un trono de poca altura, de manera que sin abrir sus ojos hizo un gesto leve a Nigarvi para que se sentara en el suelo, sobre un cojín café bordado con figuras doradas, delante de él. Nigarvi miró a su alrededor con cierta preocupación y luego de un momento de vacilación avanzó hasta el cojín y se sentó en él, echando la manga izquierda de su túnica sobre el hombro, en un gesto nervioso de sumisión, que acompañó con la inclinación de su cabeza, y así se quedó esperando. Chien Tzu se inclinó a su vez levemente ante el lama y salió del despacho.

El joven Nigarvi, amigo de Akarghi, al observar que el abad continuaba en meditación, entendió que él también debía acompañarlo en esta acción; cerró pues los ojos, iniciando los ejercicios de respiración. Sin embargo, antes de que transcurriera un minuto, el abad Farra-aj abrió sus párpados y se dirigió a Nigarvi:

--Y bien, bikkhu Nigarvi, ¿qué me tienes que contar?…

Nigarvi abrió los ojos sobresaltado y observó la mirada escrutadora y severa del abad sobre él.

--¡Akarghi es un infiltrado, un espía de los demonios comunistas!... Usted, su santidad, estaba en lo cierto.

--¿Cómo es eso?

--Akarghi pretende destruir los fundamentos de la Verdad. ¡Lo he escuchado de su propia boca!... Akarghi quiere enseñar que ni la Verdad ni Dios existen. Es evidente que detrás de él hay una ideología y un poder mundanos que buscan aniquilar y sacar del mundo al espíritu, las verdades reveladas, la santidad misma, y el divino Camino.

--¡Hummm!... ¡Ésa es una grave acusación!

--Kynpham estaba presente. Él puede dar fe de lo que acabo de decir.

--Sí, así debe ser. No lo dudo. El plan continúa adelante…

--¿Qué plan?—preguntó Nigarvi con ingenuidad.

Farra-aj entrecerró los párpados mientras observaba escrutadoramente a Nigarvi.

--¿Estás dispuesto a dar tu vida por tu fe y por lo que amas, Nigarvi?

--¡Sí, maestro!—contestó Nigarvi con decisión.

--¡Bien, entonces eres la persona indicada!

Farra-aj se puso de pie y caminó lentamente hasta el ventanal.

¡Ven!—llamó a Nigarvi.

Cuando Nigarvi llegó junto a él, Farra-aj posó una mano sobre el hombro derecho de Nigarvi y, dirigiendo su vista hacia el exterior, dijo:

--Mira esa cumbre nevada... ¿Cuán lejos está de aquí?

--¿Diez kilómetros, tal vez?

--No, Nigarvi, sólo se encuentra a la distancia que tú quieres que se encuentre. De la misma manera si te pregunto: ¿cuánto tiempo falta de aquí a cincuenta años?, me responderás: obviamente cincuenta años. Pero no es así…

Farra-aj empujó del brazo a Nigarvi hacia una pequeña poltrona, frente a la cual él mismo se sentó en otra, y sirvió una taza de té al joven bhikkhu.

--No puedo explicarte más por ahora, pero debes saber que quiero hacerte parte de un plan divino, más allá del tiempo y del espacio... Un plan que tiene por propósito precisamente salvar la Verdad revelada por los dioses al ser humano.
Farra-aj guardó silencio mientras observaba tenazmente a Nigarvi, quien resintiendo la penetrante mirada del lama tosió nerviosamente y se llevó la taza a la boca para tratar de ocultarse de los ojos del abad.





[1] Brihadaranyaka Upanishad, I-VI-1.

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