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viernes, 11 de diciembre de 2015

AKARGHI 43-44 (continuación)





43


Akarghi salió rápidamente a la calle, pero se detuvo en el portón del hospital, todavía indeciso. La tarde se había tornado gris y comenzaba a llover con fuerza. Miró hacia el cielo y le pareció ver dibujada en el contorno de una gran nube la figura de una mujer, de una hermosa mujer que danzaba. Akarghi había aprendido por sí solo –o mejor, guiado por su maestro interno-- a leer el lenguaje de la realidad sincrónica, sin embargo aquella singular señal le pareció lejana e incomprensible. 

Ante su mirada el mundo extendía su sudario de tristeza y soledad; los cadáveres habían dejado de arder en las piras funerarias y se retorcían inmóviles a medio quemar; los pocos deudos atemorizados se habían refugiado en algún habitáculo oscuro y húmedo para rezar y llorar sus pérdidas y miedos; las flores de las cintas, de las coronas y sacrificios que brillaron un instante a la vida se hundían rápidamente en el barro y en el agua tenebrosa; a sus pies pasó una banderita con oraciones arrastrada por el agua de un arroyo; quizás lejos, o tal vez desde diferentes lugares, un murmullo monótono de voces tristes, a veces agudas, a veces graves, parecía proyectar el dolor humano hasta el fondo de la escena visible. Nunca Akarghi había experimentado tanto y tan omnipresente la desolación humana. El inmenso dolor que dejaba dentro del hospital ahora se dilataba sin horizonte por la vida cotidiana de los seres humanos, por la naturaleza dolida y amenazante, e incluso más allá, desde donde se intuía, como un eco fundacional, el desgarramiento de la primera existencia. 

Miró hacia el final de la calle pero no vio a nadie. Volvió a emprender la carrera para impedir que el sufrimiento del universo lo detuviese. ¿Cómo podría el ser humano superar el sufrimiento, sino huyendo de él?... Así lo entendía ahora al recordar al Buda divinizado; y hasta el Cristo, ese iluminado del otro extremo de la tierra, ¿no había escapado también del sufrimiento humano dejándose crucificar hasta morir en una cruz, y al fin irse?

Mientras corría bajo la lluvia comenzó a llorar. Y mientras corría, y más se alejaba del hospital y del pueblo, lejos de aplacarse el dolor que agarrotaba sus entrañas, sólo aumentaba y aumentaba… Sin quererlo se acordó de su madre, y la vio arrastrándose y gimiendo hacia su lecho para morir… ¿No era una manera demasiado piadosa el llamar descanso a la muerte? Sólo para ocultar y aplacar el insoportable dolor de tantas cosas que se destruyen cuando alguien muere… ¿Y no resultaba, en consecuencia, el no impedir la muerte, o incluso el no impedir cualquier situación humana que facilitase el deterioro de la vida, también una terrible manera de huir de la responsabilidad que nos enrostra el sufrimiento para no huirlo ni encubrirlo engañosamente, sino para asumirlo en su cruel naturaleza y así, al fin, de buena manera transformar la realidad y la existencia que lo causan?

Y al correr Akarghi pensaba qué le querrían decir sus lágrimas unidas indisolublemente a la lluvia, en un doloroso dulce-amargo.





44



A pesar de que el corazón le pesaba más y más con cada zancada, sus piernas parecían volar tercamente buscando alcanzar cuanto antes la procesión de sus amados compañeros de Lamayuru. Cuando salía ya de un pequeño bosque divisó a la distancia el grupo de bhikkus que caminaba acompasadamente bajo la lluvia. Dos de ellos que avanzaban en la retaguardia se volvieron hacia él y le hicieron una seña con sus brazos en alto. Akarghi emocionado levantó también sus dos brazos, pero el movimiento desincronizado del resto de su cuerpo lo hizo tropezar con una rama que no logró saltar debidamente, y cayó rodando sobre el barro y el agua. Akarghi primero se rio nerviosamente al sentir el frío y la humedad pegada a su piel; luego se estiró para comenzar a incorporarse, y, al hacerlo, observó su rostro reflejado turbiamente en el lodo; se lo quedó contemplando, al tiempo que una sensación angustiosa lo arrastraba hacia su propio interior, presionándolo. Una sensación indescriptiblemente cargada de vivencias significativas, sin formas definidas, pero todas verdaderas y reales, se materializó en su espacio y tiempo presentes, como si en un instante, en un solo y simple acto de conciencia y mente, se hubiesen hecho presentes innumerables relatos de vidas palpitantes y recuerdos simultáneos. Como respuesta, o quizás como un simple concentrado de todas aquellas vivencias unificadas, escuchó en su interior un grito, un grito agudo y entrecortado que fue creciendo en intensidad, hasta que se hizo tan potente y amplio que se volvió tan interno como externo, hasta resolverse en un único, sobrecogedor y claro grito desesperado de un bebé, de un bebé que gritaba en su llanto personal también toda la angustia y la desolación humanas.

Akarghi miró casi con horror las figuras ahora inmóviles de color morado que lo observaban desde lejos… ¿Acaso ellos no podían oír ese llanto?... No, por cierto, porque si así fuese…

Akarghi se incorporó, se tocó el corazón con la palma de su mano derecha, y con una certeza absoluta se dio media vuelta para emprender de regreso una carrera todavía más loca que antes. Lo arriesgaba todo y ya no le importaba. Sentía que existía una sola necesidad, un único acto inevitable del destino; lo demás, aunque no pudiese anticipar, ni siquiera imaginar sus consecuencias; aunque no hubiese plan alguno, y, aunque incluso no hubiese después de ese acto en absoluto continuidad de la existencia, y, después de éste, se extinguiese toda la realidad, debía inexorablemente cumplirlo y realizarlo… Sacar de ese hospital de muerte y de ese pueblo de muerte al niño que él mismo había traído a la existencia.

Llegó jadeando y empapado a la puerta del hospital. Entró velozmente y se dirigió de inmediato a la habitación donde había dejado al niño, pero se encontró con que ya no estaba ahí. Shambhu tampoco se veía por ninguna parte. Cerró los ojos, puso ambas manos juntas en un gesto piadoso ante su frente y se concentró. Pronto su tercer ojo activado lo impulsó a moverse y se encaminó con decisión por algunos pasillos oscuros y abandonados. Siempre siguiendo su instinto salió a un gran patio que daba a otras construcciones aledañas. Miró a su entorno y eligió caminar por unos estrechos pasajes cubiertos de escombros y basura, que lo condujeron hacia otro sector. Allí todo parecía muerto, solitario y abandonado. El viento había alejado temporalmente la lluvia, pero el cielo revuelto seguía presagiando todavía fuertes nubadas. De pronto se fijó en un cobertizo deteriorado adosado a un edificio de tres pisos. Entró en él y distinguió una bajada hacia un subterráneo por una vieja escalera. Aunque no veía a causa de la oscuridad reinante caminó cuidadosamente, e inclinándose en un punto, buscó con sus manos en el suelo. Reconoció algo así como un cajón; dentro de él palpó algunas ropas y, entre ellas, el cuerpo caliente y dormido de un bebé.

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