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viernes, 4 de diciembre de 2015

AKARGHI (41-42 continuación)






41


Akarghi había recuperado su condición animal. El hombre superior, espiritualizado, quizás incluso el ángel y hasta el dios, conservan latentes memorias de sus recónditos estadios primitivos, de sus caracteres vividos en los albores de un tiempo irreconocible desde la epifanía mórfica presente, pero que vuelven inevitablemente al hoy cuando se fisura la integridad del organismo vivo, y entonces, cuando comienza a morir en su sólida unidad –sea el cuerpo, sea el alma, y hasta el espíritu--, abrumado de sostener por decenas de años forzadamente la vida, se abre de nuevo a reencuentros insospechados con otras formas de existencia.

Hay hombres y mujeres que construyen magníficas y santas mansiones del espíritu en sus mentes, en su comportamiento, en su aspecto, en su entorno, en sus acciones y en el reconocimiento social, pero aun así generalmente no saben que siguen sosteniéndose sobre sus temblorosos instintos, recluidos como volcanes activos en la oquedad de la subtierra (inconciente); e incluso, más allá del cuerpo y su urgente pasado animal, cuando el alma ha desencarnado al término de una vida, también se descubre sostenida por su propia oscuridad tenebrosa desde la que ha surgido caóticamente. Y aun Krishna, el Buda y el Cristo se encontraron, como todo hombre y mujer espiritual se encontrará en alguna hora y tiempo, enfrentados a sus propios límites oscuros (su materia oscura), que deben sobrepasar desintegrándose en todas las direcciones de su ser, y, por ello, también en la memoria viva de su primer pasado, al trascender.

Durante el último año que Akarghi había vivido en Lamayuru había percibido clarividentemente los límites en la espiritualidad de todos los hombres santos, maestros, sannyasines, avatares, iluminados, lamas, que había conocido, y se preguntaba si ellos mismos serían concientes de sus propios límites y limitaciones, de manera que aun las máximas y supremas manifestaciones de santidad e iluminación que se asignaban a un humano divinizado le resultaban insuficientes y superables… ¿de qué manera?... Entonces ni él era capaz de concebirlo, ni saber ni doctrina alguna por él conocida le parecía que lo concebía siquiera, pues ni el Nirvana, ni la reintegración en el Brahman-Atman, o concepción del cielo divino cualquiera, le resultaban suficientemente trascendentes ni reales. Tampoco era entonces capaz de reconocer y percibir en sí mismo sus propios límites, su propio techo espiritual, a pesar de que crujía y crujía cada vez más la morada de su propio ser, a partir de su propia y creciente agonía espiritual. 

Tres años después de iniciado este sorprendente y revulsivo proceso y camino, Akarghi había recuperado su atávica animalidad por medio de su instinto sexual y del miedo. Otros la recuperarán por medio de otros instintos, pero Akarghi se había encontrado con sus propios accesos a la fuerza ancestral que se esconde en el pasado misterioso e insondable de nuestro ignoto origen, incluso profundamente antes que la primera epifanía de la luz creadora… Latniavira, como toda mujer que comienza a experimentar la maduración definitiva de su atractivo sexual y, entonces, cuando más hermosa que nunca antes, más atractiva, más corporalmente perfecta para el sexo y la procreación se sabe y se vive, en ese mismo instante presiente con todo su ser que su belleza, su poder y su cuerpo comenzarán desde esa cúspide máxima una declinación mortal hacia un futuro ya sin regreso, entonces también Latniavira comenzaba a inquietarse soterradamente --como complemento a su cuerpo perfecto, actual, carnal--, por la necesidad de un amor eterno, espiritual, sin cuerpo…




42


Akarghi observaba, a los pies de la blanquísima cama, el cuerpo desnudo de Latniavira que reposaba allí después de hacer por octava vez el amor desde el inicio de la noche anterior hasta el amanecer, justo en la hora matutina en que el sol veraniego entraba raudo de luz por entre los finos pliegues del visillo de la amplia ventana del dormitorio de Latniavira. Tendida a lo largo y sobre su espalda, como viniendo hacia él, mostraba con naturalidad la perfección de sus formas delineadas y moldeadas probablemente por un artista divino o por un mago sobrenatural, pues ningún humano podría realizar una obra tan perfecta en material alguno. Akarghi, apoyado sobre el barandal de los pies de la cama, casi tembloroso y exangüe por el despliegue físico de su sexo febril, sorbía con sus pupilas incansables cada maravillosa zona del cuerpo de Latniavira sobre la que ponía su atención. Su asombrosa pierna derecha, apoyada en la sábana blanca sobre su pie delgado se erguía hasta la pequeña isla de la rodilla, hacia arriba, y luego descendía por su muslo terso, amplio y sedoso hasta unirse a una delgada línea de pubis que se escondía hacia la hendidura de su sexo, y que su otro muslo (y pierna) extendido, reposando directamente sobre el lecho, y juntándose sensualmente allí con su muslo hermano, se plegaba hacia sus raíces carnales, hacia una sombría zona triangular sobre las jugosas medialunas de sus brillantes nalgas, invisible y misteriosa conjunción entre sus piernas juntas, donde esperaba el fuego inagotable de su vagina que estallaba una y otra vez para Akarghi su volcán líquido. 

Veía sus piernas como dos escalas vertiginosas que lo excitaban a subir hacia su sexo oloroso y aún más arriba, escalando su vientre  delgado y turgente, modelado como una exquisita llanura de bordes curvos y profundos que, sobre sus caderas amplias y generosas, se angostaban abrupta y sorpresivamente para llamar a sus manos a cogerla desde su diminuta cintura, y dirigir desde allí, como un alocado auriga, la carrera de las yeguas desbocadas en sus giros y gemidos, y, en el colmo de la pasión tremolante, atrapar desesperadamente con su boca los dos erguidos pechos arremolinados entre espasmos de placer.

Ansioso, esperando que afluyese nuevamente desde el chakra basal la sangre de su propia serpiente de fuego hacia su pelvis, y allí se desplegase en un remolino de ardor y fuerza sexual, para volver a asaltar con su ariete animal el cuerpo siempre disponible y abierto de Latniavira, observaba acechante y sorprendido sus labios rojos, perlados con algo de saliva fresca y semen,  sus dientes casi sonrientes, sus largas pestañas curvas, su cabello revuelto como una tormenta del monzón caliente, los poros invisibles de todo su cuerpo que brillaban de placer, y su piel que voluptuosamente se curvaba entre cuello, hombros, brazos, manos, senos y nalgas, que estiraban hasta el límite la sensualidad y el deseo de su anatomía de mujer, como si cada zona de su cuerpo poseyese por sí sola el poder de arrebatar la razón con una sensación única y brutal, para llevar al límite y a la sorpresa continua, inagotable, la sensibilidad extasiada y extrema de Akarghi.

Latniavira abrió lentamente sus ojos, movió con suavidad sus nalgas sobre la sábana hacia derecha e izquierda, y con un gesto de invitación con ambas manos extendidas hacia él, lo llamó sonriente para que volviese a entrar en su cuerpo, y, para que horadándolo amorosa y salvajemente una y otra vez, quizás alcanzase su alma.


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