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viernes, 27 de noviembre de 2015

AKARGHI (39-40 continuación)





39


--¡Cuidado!—exclamó Kynpham Sing, y empujó de un brazo, con cierta brusquedad, a Akarghi.

Gracias a este repentino empujón Kynpham había evitado que su amigo Akarghi aplastara con su pie un gusanito tornasolado que avanzaba entre la hierba, levantando y bajando su morro peludo y ondulante. Cuando Akarghi comprendió el valor de la intempestiva acción de su joven amigo se sintió feliz y lo abrazó agradecido. Kynpham enrojeció y miró hacia otro lado.

--¡Mira!—volvió a exclamar Kynpham, señalando hacia las montañas lejanas, cubiertas de nieves eternas, pero atravesadas ante la vista de los jóvenes por numerosas ramas de cerezos en flor próximas a ellos.

Una bandada de coloridos periquitos pasó volando y alardeando de su jovial presencia con fuertes graznidos. Akarghi sonrió.

--¿Acaso hay algo separado de algo?—preguntó al aire y abrió sus brazos, como si tratase de abarcar el universo entero.

Kynpham se arrojó al suelo y comenzó a dar vueltas entre las lilas y los brotes de hinojos, riendo feliz como un perro. Akarghi lo miró; una sombra de preocupación oscureció su faz, pero en seguida volvió a sonreír y se dejó caer igual  que su amigo, girando y riendo. 

--¿Y la muerte?—Akarghi preguntó repentinamente, en voz alta--. ¿Y el sufrimiento?...

Kynpham se quedó mirando a su amigo, ladeó un poco la cabeza, mientras respondía con un tono compasivo y condescendiente:

--¡Absorbidos!... ¡Completamente absorbidos por la vida, el amor, la belleza y la paz de Brahma!

Akarghi lanzó una sonora carcajada, y se abalanzó nuevamente a abrazar a su amigo.

--¡Es cierto!... ¡Es cierto! –gritó exultante.

Kynpham no pudo evitar responder al abrazo de Akarghi rechazándolo y empujándolo hacia atrás. 

--¿Qué pasa?—preguntó Akarghi, sorprendido por la respuesta de su amigo.

Kynpham bajó la vista, palideció y, después de un incómodo silencio, dijo con voz ronca:

--Abrazar no es un juego.

--No, por supuesto que no es un juego.

--Entonces, ¿qué quieres decirme?...

--Que te amo, que amo al universo entero, que nos sentimos divinos cuando amamos y vivimos así.

--¡Eso no es cierto!—gritó desaforadamente Kynpham.

--¿Cómo que no es cierto?

Las lágrimas saltaron de los ojos de Kynpham, apretó los puños, se dio media vuelta y se alejó corriendo hacia lo alto de la colina más cercana. Akarghi también corrió unos pasos tras su amigo, pero pronto se detuvo para observar y tratar de comprender su extraño  comportamiento. Entonces escuchó un crujido bajo su pie; lo levantó para mirar, y vio allí, pegado a su sandalia, un caracol destrozado. Volvió a alzar la vista y divisó a lo lejos a Kynpham que desaparecía como una pincelada caoba entre los cerezos y los almendros desbordantes de flores, e incluso que, superpuesto en una sola perspectiva, parecía adentrarse sobre las nieves eternas de las montañas de Katmandú. 

Por más que trataba de aplicar su razón y hasta su sexto sentido, no podía justificar la actitud de su amigo. ¿Por qué parecía sufrir?, se preguntó Akarghi. Mas, evidenciando que ensombrecerse y preocuparse por él atentaba contra el espíritu y la verdad del momento y del universo recién compartido, lo envolvió en una oración y en un poderoso sentimiento y rayo de compasión, de luz y de amor. Akarghi se sintió tranquilo, pero igualmente dubitativo comenzó a caminar de regreso al monasterio, aunque giraba su cabeza hacia atrás cada cierto rato.



40


La meditación de laudes se realizó con el cojín vacío de Kynpham Sing. Una incómoda molestia apretaba el estómago de Akarghi mientras trataba infructuosamente de alcanzar el vacío de su mente. Aunque insistía en visualizar a Kynpham en adoración a los pies de Buda, una y otra vez involuntariamente reproducía la imagen de su cuerpo cayendo desde la cornisa de un ventisquero. Durante uno de sus intentos de invocar al Buda Avalokiteshvara y consagrar a su amigo al poder compasivo y salvador del Señor y Padre, se le apareció vívidamente Su divina presencia realizando el vitarka-mudra, al tiempo que le decía con cierta severidad:

--¿Y a ti qué, si yo quiero para él su mal?

Akarghi dio un brinco sobre sus posaderas,  y se preguntó a sí mismo: “¿Qué es esto?”. Abrió los ojos y se encontró con la mirada escrutadora y seria del abad Farra-aj sobre él. Volvió a cerrar los ojos y sólo con un gran esfuerzo logró terminar la meditación. El abad se acercó a Akarghi, cuando los demás estudiantes salían de la sala, y le entregó una hoja de papel de bambú plegado. Sin decir palabra, el abad se inclinó ante Akarghi, el cual devolvió el saludo con una gran reverencia. Akarghi contempló el blanco papel doblado sobre su mano, entonces sorpresivamente se filtró un rayo de sol por lo alto de una celosía y se posó sobre el centro de su mano, iluminándola. Se llevó el papel a la frente en un gesto de devoción y con curiosidad lo abrió. Decía:

“Como la lluvia penetra la casa mal techada,
así la pasión penetra
en la mente no desarrollada.
Como la lluvia no penetra la casa bien techada,
así la pasión no penetra
en la mente bien desarrollada.”[1]

“¿La pasión de quién?”, fue lo primero que pensó Akarghi. Y una voz admonitoria dentro de él le hizo sentir que debía ante todo velar por su propia ilusión, por sus propios encubiertos autoengaños. Era fácil ver los defectos de los demás, los de todos los otros, pero qué difícil contemplar como un soberano observador de sí mismo, lo que en gran medida sólo se experimenta como una incuestionable y ciega necesidad de ser uno mismo (sin serlo). Akarghi sintió un fuerte dolor en medio de su pecho y se llevó ambas manos al corazón. Se sentó sobre el suelo, dejó caer la barbilla sobre su esternón y comprendió que algo grande estaba por suceder. Rápidas sucesiones de imágenes, de intuiciones, certezas y nebulosas eventualidades se acumularon arremolinándose como vientos venidos de lejos que traen esencias de extraños mundos. Un trueno retumbó con fuerza sobre el lamasterio; en seguida una lluvia de gruesas y violentas gotas comenzó a hacer tiritar los techos y las copas de los árboles con sus sonoros latigazos.

Llegó más temprano la noche y Akarghi se acostó en su estera, cerca de la ventana desde la que veía lo alto de una jacarandá. Sólo él parecía sombrío y silencioso entre los jóvenes monjes que se volvían satisfechos hacia uno y otro lado para dormir. Sólo él vibraba de una manera inusitada y anormal al escuchar la lluvia que sabía mojando inmisericorde a su doliente amigo Kynpham. Estuvo a punto de salir de su cama en un par de ocasiones y escapar hacia los cerros donde había visto por última vez a Kynpham, pero alguna fuerza interna lo retenía irracionalmente, esperando…

Había caído ya en un sueño liviano, inquieto, de esos que mezclan realidad, pensamiento conciente y fantasía, con cascadas de flores azules y rojas, con paraísos infernales, con voces de ultratumba y caricias de una respiración en el cuello, hasta que una mano se posó dulcemente en su cabeza y le habló al oído: “¡Akarghi!...” 

Akarghi se sobresaltó y, dándose la vuelta, se encontró con la figura velada de Kynpham. Éste puso una mano mojada sobre la boca de Akarghi; respirando afanosamente, se acercó a Akarghi y lo besó en los labios. Akarghi se quedó inmóvil y sorprendido por unos segundos, luego empujó con decisión a Kynpham y exclamó:

--¡No!... ¡Eso no!

Un repentino relámpago iluminó la estancia. Las miradas de los dos jóvenes amigos se encontraron y se sostuvieron una en la otra, mientras duró la luz. Cuando volvió la oscuridad, Kynpham dejó escapar una especie de sonido gutural y, antes de que Akarghi se percatase siquiera de lo que estaba ocurriendo, salió corriendo del dormitorio. Akarghi se quedó sentado en su estera tomándose la cabeza con ambas manos, sin saber qué hacer y sin comprender lo que acababa de ocurrir. Se quedó así por lo menos un par de horas, pensando, meditando, orando, pero sin orden ni claridad alguna. A eso de las cinco de la mañana la lluvia había cesado. Escuchó unas voces que se venían acercando por el patio, luego el silencio… “¿Qué debo hacer?”, se preguntó una vez más. Volvió a escuchar voces que se acercaban desde el interior del monasterio. Repentinamente se abrió la puerta del dormitorio, e iluminado por candelabros ingresó  el abad Farra-aj, acompañado por Chien Zu y varios otros lamas. Se escuchó el gong de una campana; todos los jóvenes se incorporaron y saltaron fuera de su estera. Farra-aj hizo una profunda reverencia, mientras los demás lamas lo secundaban en el mismo gesto, y, haciendo con su mano derecha el vitarka-mudra, habló:

--El sishya Kynpham Sing ha sido encontrado muerto, colgado de un árbol.


[1] Dhammapada I, 13-14.

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