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viernes, 20 de noviembre de 2015

AKARGHI (37-38 continuación)


37


¿Dónde estoy?, pensó Akarghi, mientras el sol se empinaba ya sobre el blanco templo Bhadrachalam y a sus pies el distante laberinto de las calles humanas palpitaba con esas pequeñas figurillas disformes que desde lejos habían dejado de asemejar personas.  

¿A quién pertenezco?... De la misma manera que la cuerda de un laúd al ser pulsada vibra velozmente con movimientos contrapuestos y desde ese singular conflicto de fuerzas surge el sonido unificado, así en la mente de Akarghi dos contenidos de conciencia contrarios y antagónicos producían un singular estado de conciencia. Al contemplarse a sí mismo en el espejo de su alma surgían dos maravillosas y terribles visiones: Latniavira y su hijo Prâsad cosido a su falda; y allá en el mundo, desplegado ante la ventana de sus ojos, otras dos maravillosas y terribles visiones: la humanidad madre y tierra, y su extrañamiento desgarrado de todo.

Sin convicción e involuntariamente, como una roca esférica en la pendiente de una montaña tendrá que rodar al punto en una sola y necesaria dirección, Akarghi se puso de pie y, sin reparar en las obligaciones religiosas propias del lugar sagrado, salió en dirección al bajo. Aun así, como su pasado y su orden interior (el estado natural de poseer una identidad estable sin percatarse uno de ello) comenzaran a venirse abajo con un ruido sordo, con un movimiento progresivamente acelerado, cual una inmensa sequoia se quiebra y comienza a caer desde lo alto hacia abajo, y uno se queda pasmado contemplando el desgarramiento de lo inevitable, Akarghi lograba penosamente sostener su ojo interno todavía más alto, buscando la estrella polar que lo mantuviese esposado a su propio destino, ése que se conoce sólo cuando se integra la trascendencia como único eje constructivo y consustancial a la vida.

Los últimos dos años Akarghi había visto gente, mujeres y hombres a veces extraños, fantasmales ante la conciencia, tantas veces incomprensibles, como ver a un recién nacido morir, o el besar gimiendo un cadáver, o la santa gota de lluvia acumulada hasta ahogar a un pueblo de pobres, u observar el  degollamiento de uno que suplica y llora, y la sangre que salta de su cuello cercenado riega la flor de una margarita casi tronchada por el peso del cuerpo desplomado, o los párpados entreabiertos de unos ojos en blanco que no distinguen entre uno que duerme y uno que yace muerto, o la sonrisa infernalmente cruel de un humano como cualquier otro, o un pequeño niño sirio muerto bocabajo en una playa sin nombre.

Ahora bajaba y caminaba por las calles familiares contemplando seres, fragmentos de algo indefinible, como esquirlas de una granada, o desmenuzamientos de un rayo de sol lejano, o trozos de costilla de un Adán primigenio,  o pasos y voces de senderos yuxtapuestos, y hasta juntos, que jamás se tocan. El sentido, la razón de ser, la coherencia de todas esas personas, todas reales, se diluía progresivamente. No quería que se diese así… Se resistía a experimentar la desintegración del dharma; la disolución de todo dios y ley y orden en una humanidad artificial y forzada, sin unidad ni sentido. Podía reconocer casi con horror que el sentido y el sinsentido de la existencia y de la realidad toda estaban ambos ahí, fundidos, abiertos, expuestos por sus dos irreconciliables extremos, completamente disponibles para la mente humana, gratuitamente y como sin hostilidad entre sí, todopoderosos y… ¿unificados en una absurda ininteligible unidad?




38



“¿Se puede vivir la Verdad sin experimentar la disolución progresiva y completa de todo?”... Akarghi giró su cuerpo hacia lo alto del monte y observó arriba el templo Bhadrachalam; volvió a girar su cuerpo hacia la calleja que se adentraba en la maraña humana, intentó dar un paso, pero percibió un crujido extraño y doloroso bajo su pie desnudo; miró su planta morena y descubrió adherida a ella la masa gelatinosa y despedazada de un caracol. Tomó los restos desde su pie y los depositó sobre la palma de su mano. Una nube de angustiosas y extrañas emociones lo impulsó a levantar su vista hacia el cielo, luego giró su vista alrededor, como si buscase una respuesta cerca. Una procesión de monjes budistas pasó cantando en coro una monodia a su lado, en dirección al templo Bhadrachalam:

“Los estados mentales están precedidos por la mente,
liderados por la mente, creados por la mente.
Si uno habla o actúa con mente impura,
de aquí el sufrimiento lo sigue a uno
como la rueda sigue la pata del buey que tira el carro.
Los estados mentales están precedidos por la mente,
liderados por la mente, creados por la mente.
Si uno habla o actúa con mente pura,
de aquí la felicidad lo sigue a uno
como la sombra que no se aparta…”[1]

Akarghi se hizo a un lado para no entorpecer su paso. El último monje se dio vuelta hacia él y con una mueca desagradable que mostraba los dientes apretados, levantó hacia él su dedo medio, luego giró y siguió caminando. Entonces alguien tomó su mano de la que escurrían los restos de caracol; sintió su suave piel y su cálida presión: a su lado se le arrimaba una mujer con un vistoso sari de color rojo y turquesa, sonriente, perfumada con aceites, con colgantes de coloridas gemas en su frente y cuello, que susurraba algo incomprensible, al tiempo que desnudaba su seno y deslizaba hacia derecha e izquierda sus pechos morenos sobre la piel de su brazo. Repentinamente saltó sobre la mujer un perro moteado y comenzó a tironearla de su sari, mientras gruñía con rabia. Un hombre ya mayor gritó una maldición, le lanzó un palo al perro, pero éste escapó con un ágil brinco y se perdió entre las piernas de la gente; el palo golpeó fuertemente la cintura  de Akarghi, que por un momento se dobló de dolor. El hombre se acercó a la mujer y le puso algo en su mano. La mujer acercó sus pechos a la boca del hombre, quien pasó su lengua por ambos, la tomó de la cintura y se la llevó hacia un pasaje cercano. Los vendedores gritaban ofreciendo su mercancía tratando de opacar con instrumentos musicales y gritos más fuertes las voces de sus competidores. Hacia adelante, por todos lados, filas de cientos  de sannyasines sentados en posición de loto recibían sobre un trozo de tela de diferentes colores, depositado pulcramente delante de ellos, las monedas ya opacas ya relucientes de los viandantes, mientras en silencio o murmurando repetían sus mantras. Uno de ellos abrió un ojo y se quedó mirando con ese único ojo a Akarghi.



[1] Dhammapada, I, 1-2.

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