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sábado, 14 de noviembre de 2015

AKARGHI (35-36)





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No es común que a los 22 años contemples tu vida como si fuese una larga cinta desplegada hacia el pasado, y que incluso al observarla y contenerla en tu alma te parezca que hayas vivido al menos tres vidas bien diferentes en una. No es propio de la juventud que a esta temprana edad sea la memoria tu facultad más activa y decisiva en tu vida mental y personal. 

En lugar de lanzarse en un impulso y vuelo temerario y libre de la imaginación y la expectancia hacia un futuro que parece eterno y abierto, permanente estado del alma y de la mente de todo joven, Akarghi vivía, incluso contra su voluntad y convicción espiritual, un presente dolorosamente resignificado y atraído por su propio pasado, con fuerza semejante a la de un hoyo negro que succiona toda materia y energía de su universo entorno. 

Sentado sobre el antepecho de mármol del templo Bhadrachalam del señor Rama, Akarghi contempla a sus pies la ciudad que se mueve con indescriptibles líneas, ondulaciones, colores y enlazamientos humanos. Y allí mismo, aun envuelto por este océano humano de formas, sonidos, olores y fuegos de la naturaleza viviente, todo esto sin embargo parece venir a diluirse y transformarse ante su propia conciencia vital, así como la ingente inmensidad del mar viene a morir humildemente en la débil línea final del agua espumosa que la arena se traga y acaba en esta otra inmensidad de playa y tierra. Y esta línea mínima y humilde, pero terrible y grandiosa, que representa el paso de la vida a la muerte, y de la muerte a la vida, se puede vivir también, paradojalmente, en un mismo escenario vital y natural de fondo y forma contenedoras, dentro de un mismo cuerpo biológico continuo y vivo, dentro de una externa objetividad firme, sólida y real, que pareciera desmentir como irreal y sicológico el cataclismo, la agonía y el parto de la esencia y del alma que atraviesa un infinito en pocos instantes para aparecer abruptamente en otro infinito. Con esa distancia infinita contemplaba Akarghi su infancia, y dolía, como duele el recuerdo de un amado muerto, infinitamente propio, pero infinitamente imposible… Y dolía también la distancia infinita de aquella vida amada en el monasterio de Lamayuru, su otro yo, cercano como pueden serlo sólo tres años de distancia de uno mismo, pero ya infinitamente imposible…

¿Quién era ahora?... Pero esta pregunta que nosotros solemos lanzar con tanta soltura sobre otro tú o él cualquiera, sin embargo, al igual que Akarghi, en un primer momento, momento cuya medición en tiempo humano puede durar en algunos casos incluso los ochentaitantos años relativos de una vida biológica común, uno mismo (dirigida al yo de uno mismo) se vuelve incapaz de responder, o, todavía más, siquiera de cincelarla primero en pétreas palabras desgarradas de la roca viva de nuestro propio pensamiento y conciencia, en una pregunta primigenia e  ininteligible: ¿Quién soy yo? … Porque esta pregunta aguda y alta como puede serlo sólo una estrella, sólo se yergue en el lugar infinitamente alto y adecuado cuando un orden, un kosmos, ha logrado construirse a través de un esfuerzo de millones de años de evolución de ese mismo universo, y no antes, nunca antes, aunque el llanto desgarre las tripas del corazón que anhela un nuevo orden en medio de su propio caos. Incluso si es un dios, y no un humano, el que llora anhelante…




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Si a los 22 años contemplas tu vida y reconoces que ya has vivido tres vidas en una, naturalmente comenzarás a comprender y asumir que la muerte, esa supuesta experiencia irrepetible y única, no es en esencia diferente al tránsito y renacimiento de una vida tras otra dentro de un solo y mismo cuerpo vivo. Pero todavía más, comenzará a dilatarse tu memoria como un continuo tan profundamente hacia atrás, que ya tampoco podrás evitar presentir –otro de los tantos nombres para recordar-- la reencarnación de tu misma alma en diferentes cuerpos, como tantas vidas desplegadas en el mismo cuerpo, o en otros cuerpos físicos facilitados para tu propia experiencia y evolución. Y aunque venga toda una legión de esos pequeños demonios llamados científicos a refutar tus vivencias y certezas con sus maravillosas máquinas probatorias, la realidad de tu alma podrá con justa razón replicarles y exorcizarlos con una simple evidencia: “No se han adentrado en su propia mente y alma”.

Y esta otra vida de Akarghi, la última y tercera, que ya vivía en cronos humanos desde hacía tres años, ésta que él había identificado con un solo nombre y persona amada, avanzaba o se escapaba también hacia el infinito a una velocidad vertiginosa, a decenas de años de vida humana por segundo. 

Akarghi observaba, pero no meditaba; sentía, pero no presentía; pensaba, pero no oraba; vivía, pero no vivía, porque más allá de las intensas latencias de los sentidos, de los instintos y las emociones, vivir es ante todo sentirse vivo, y eso Akarghi lo había ido perdiendo en estos últimos años de esclavitud. Una vez más la imagen de Latniavira desnuda, con sus grandes pechos recostados sobre su boca, agitándose como la marea del mar que solloza de placer sobre su pelvis de fuego, atravesada hasta su fondo suave y cálido por el sexo erguido y a punto de estallar, lo llamaba a perderse en su cuerpo y en el amor de su piel y de su alma compartidas. 

Sin embargo, lo mismo que el horror cuando aparece repentinamente, desde el hontanar del alma, y copula con el universo todo, e incluso con el amor sagrado, todo ello se convierte en una agonía, en un sufrimiento de amor, porque la muerte en un instante se funde con la vida sin diferencia entre una y otra. Los contrarios se funden sin diferencias, en una unidad no querida, inoportuna, trágicamente y sin trascendencia. Ese espanto y aborrecimiento, esa unión insostenible entre el amor y el infierno, se había materializado y personificado entre Akarghi y Latniavira: les había nacido un hijo imposible, el hijo de la esclavitud de Akarghi, un niño al que llamaron Prâsad.

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