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sábado, 7 de noviembre de 2015

AKARGHI (33-34)






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Akarghi se quedó mirando el rostro inmovilizado de la mujer que todavía esbozaba una plácida sonrisa. Shambhu se acercó al cuerpo de la mujer, tomó su brazo, auscultó su pulso, luego acercó la palma de su mano a la nariz y dijo en voz baja:

--Está muerta.

Akarghi giró a un lado y a otro, como si buscase a alguien que pudiese darle una explicación, o bien le rescatase de esta terrible experiencia. Pensó en el maestro Kinhijoro y se dio media vuelta para salir en su busca, pero un fuerte tirón en la manga de su túnica lo obligó a detenerse.

--¡No hay tiempo que perder!—exclamó Shambhu, y le puso en la mano un escalpelo—Un minuto más y el bebé morirá.

Akarghi miró el bisturí reluciente en su palma, y como un relámpago de lucidez comprendió que toda la realidad estaba ahí, esperando su acción: podía o no podía… simple y terrible. Adentro del vientre de esa mujer muerta un pequeño ser humano, a punto de nacer o de  morir, dependía de él.

Shambhu hizo una profunda reverencia ante el cuerpo inánime y ante el nuevo ser, y luego cogió la sábana, la retiró, dejando al desnudo el cuerpo estragado y desnudo de la joven, con una repentina protuberancia en el vientre, que advertía que ahí alguien esperaba algo. Akarghi nunca había visto el cuerpo desnudo de una mujer, si bien aquel cuerpo no parecía ya el cuerpo de un ser humano. Un ligero estremecimiento le erizó la piel. Luego una presencia interior lo puso en alerta, como si alguien se hubiese colado en su conciencia y en su mente, y tomase el control de su sí mismo; entonces experimentó la necesidad de actuar, de actuar con rapidez y precisión.

Consideró dónde debía realizar el corte para no dañar a la criatura. Con una decisión y seguridad inexplicables acertó en trazar una línea horizontal imaginaria sobre la zona del pubis, y estirando el brazo hundió profundamente la punta del cuchillo; abrió un profundo canal en la piel. Al encontrarse con la pared del útero ya no pensaba en nada; sólo seguía esa voluntad lúcida interna que lo dominaba. Cortó varias veces, introdujo su mano derecha en la abertura de carne, y se encontró con el cuerpo resbaloso de un niño. Lo arrastró hacia la abertura, de manera que quedara la cabeza hacia el exterior; en seguida introdujo con fuerza ambas manos por la hendidura, y, tomando al niño desde las axilas, lo trajo al mundo.

Akarghi levantó al niño en alto y éste comenzó a llorar. Shambhu ayudó a cortar el cordón umbilical y recibió al niño entre sus brazos. En ese momento entraron con precipitación dos jóvenes bhikshus, que se quedaron con la boca abierta al observar la escena. Akarghi, como despertando de un sueño, sólo sonreía sin dejar de mirar a la pequeña criatura que movía sus piernecitas, sus manos diminutas y la vista hacia uno y otro lado.

--¡He aquí tu hijo, divino Akarghi!— Shambhu exclamó dichosa.





34




Después de los maravillosos momentos en que Akarghi pudo experimentar el asombro y el milagro de participar y facilitar el advenimiento de un nuevo ser humano a este plano de existencia, la criatura pareció comenzar a desplegarse en un entorno de tiempo y espacio, de materia, de naturaleza biológica y necesidad, de circunstancias humanas y condicionamientos desde lo otro. Entonces el bebé comenzó a llorar de hambre. Fue revestido con paños de algodón de dudosa procedencia y, no lejos, se escuchó un grito desgarrador, seguido de un ruido seco y extraño. Shambhu depositó el niño en los brazos de Akarghi, al tiempo que decía:

--Buscaré algo de leche de cabra, que debe de quedar por ahí.

De la misma manera que la experiencia de la visión se completa sólo cuando se integran, en una sola percepción, figura y fondo, Akarghi volvió a poner atención en el entorno que lo rodeaba y llamaba. Observó primero el rostro contraído y doliente del bebé, escuchó su queja animal, y en seguida levantó la mirada hacia el cuerpo destrozado y muerto de su madre; miró a ambos una y otra vez; olió el aire fétido de la habitación y del hospital y se estremeció de la inesperada fusión que experimentaba entre la vida y la muerte; el horror y la gracia; la ternura y la repulsión. Akarghi sintió un poderoso desconcierto; nunca había experimentado algo semejante.

El acarya Kinjihoro irrumpió en la habitación seguido de varios bhikshus. Su rostro denotaba preocupación y molestia. Se detuvo a la entrada, oteó el espacio circundante y se dirigió a Akarghi:

--¡Nos vamos, nos vamos ahora mismo!... ¡Sal de aquí, sishya Akarghi!

Akarghi volvió a mirar el rostro del bebé contraído por el llanto de hambre.

--El bebé, acarya, ¿cómo podría dej…, cómo podríamos dejarlo así?

--Éste ya no es un lugar para nosotros. Nada tenemos que hacer aquí. Debemos salir ahora mismo. Has profanado un cuerpo humano. ¡Sal de aquí, sishya Akarghi!

Shambhu entró llevando un biberón en su mano y se encaminó hacia Akarghi. Como si no hubiese percibido nada, puso el biberón en la boca del bebé, que comenzó a succionar la leche con ansiedad. 

--¡El niño no debe quedarse aquí!... ¡Debes llevarlo contigo, baba Akarghi!... ¡Tú lo has traído al mundo, es tu hijo ahora!—exclamó repentinamente Shambhu con la voz quebrada por la emoción.

--¡Eres un bhikshu, un monje del monasterio de Lamayuru, un consagrado!—exclamó, perdiendo el control el acarya Kinjihoro--. ¡Si no regresas ahora mismo con nosotros, ya no podrás regresar jamás!

--¡El niño morirá si se queda aquí, baba Akarghi!... ¡La peste lo matará pronto!... ¡Debes llevártelo!—suplicó Shambhu, dejándose caer de rodillas y doblándose hasta tocar el suelo con su frente.

--¡El divino Indra lo protegerá y cumplirá su destino!... 

El acarya Kinhijoro se dio media vuelta y salió de la estancia, junto con los demás monjes. Akarghi volvió a mirar una vez más al niño que se había dormido después de alimentarse y, con los ojos enrojecidos por las lágrimas contenidas, lo depositó apresuradamente sobre una estera y salió corriendo del lugar.


(continuará)

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