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sábado, 24 de octubre de 2015

AKARGHI (29-30 continuación)


29


 Los jóvenes discípulos, en más de una decena y de diferentes edades, comenzaron a sentarse desordenadamente en la grama del cerro, donde acostumbraban a descansar después de jugar durante una media hora al perseguidor. Una tarde aireada, activa y no con mucho sol había conseguido templar los ánimos de los jóvenes que gozaban de una jornada especial, liberada ya la sobrecarga de energías que su dichosa edad les proporcionaba. La visita del abad Sapilaspatti del monasterio de Ladakh había facilitado que se les concediera la tarde libre, después de una mañana intensa bajo las enseñanzas del mismo reverendo Sapilaspatti, un hombre ya mayor que gozaba de una gran reputación como maestro en el Yoga y el Budismo, el cual les había dejado la tarea de meditar en sus densas palabras, a fin de compartirla a la mañana del próximo día, en el salón de estudio, los jóvenes novicios de Lamayuru con él.

Los jóvenes no por monjes dejaban de bromear, de reír y experimentar los sanos deleites de una atolondrada excitación emocional propia de la edad. Sin embargo, a sus dieciséis años, Akarghi, entre todos ellos, con frecuencia manifestaba comportamientos diferentes, a veces calificados de admirables por sus propios compañeros, pero otras también como raros. Si bien había participado en el juego con tanta o mayor energía y contento que sus demás amigos, ahora prefería retirarse a unas decenas de metros del grupo, bajo la sombra de una higuera, a descansar y meditar en importantes asuntos que quería volver a traer a su conciencia. Reclinada su cabeza sobre un leño abandonado vio llegar desde lo alto un ruiseñor, que se posó entre la fronda de la higuera sobre un ganchuda rama gris, y a una distancia de sólo un par de metros, de manera que Akarghi podía verlo y oírlo a su placer. De inmediato se acercó su amigo Kynpham Sing y le preguntó si podía acompañarlo, y en qué meditaba o pensaba. Akarghi le señaló el ruiseñor y respondió:

--¡Mira y escucha la belleza de ese ser!...

Mientras Kynpham ponía su atención en el ave, comenzaron a llegar los demás integrantes del grupo, y se sentaban alrededor para escuchar el diálogo. Kynpham sonrió complacido al contemplar el pajarillo, que parecía no atemorizarse con la presencia de los jóvenes.

--¿Recuerdan la enseñanza que nos impartió esta mañana Sri Sapilaspatti?

Como varios de ellos lo mirasen con una expresión dudosa, Akarghi recitó con ayuda de su prodigiosa memoria: “Los dioses se volvieron entonces hacia el ojo: “¡Canta el Udgitha (Himno) para nosotros!” “De acuerdo”, respondió éste, y entonó el canto. Todo el bien común que proporciona la vista, el ojo garantiza su beneficio para los dioses, mientras que el placer sutil que otorga la belleza es utilizado por él mismo [que posee ese ojo]. Los asuras (dioses menores) comprendieron que este canto iba a conferir a los dioses el poder de sobrepasarlos. De la misma manera, atacaron el ojo con las flechas del mal. Este mal se encuentra hoy día cuando vemos la fealdad o mostramos actitudes incorrectas – esto es, el mal por la vista.[1]

El ruiseñor levantó el vuelo cuando Akarghi terminó de recitar, y los jóvenes lo siguieron con la mirada.

--¿Cómo lo entiendes tú?—preguntó Aadarshini, uno de los mayores de entre los novicios, y que siempre escuchaba con interés  los comentarios de Akarghi.

--Yo hablaré por lo que me enseña mi propia inteligencia, pero cada uno de ustedes tiene la suya propia, por lo que les pido disculpas por esto.




30



--Hablaré con respeto y humildad ante esta sabiduría divina—continuó Akarghi--. Y porque mi mente limitada y pobre apenas atisba la belleza divina que experimenta el ojo, como nos enseña nuestro Brihadaranyaka, me concentraré por esta vez en el placer sutil de nuestro ojo cuando observa todo el tiempo la belleza, y su contraparte, la fealdad….Todas las personas aman la belleza y se sienten atraída por ella, y todos experimentamos cosas feas que naturalmente rechazamos, gracias, en uno y otro caso, a un sentido, emoción o facultad especial y natural que los dioses y los asuras nos han creado… ¿Los dioses y los asuras?... ¿Quiénes son ellos?, podremos preguntarnos, si no son parte de nuestra experiencia, como sí lo es la belleza y la fealdad, que las reconocemos en las cosas Nosotros creemos, primero que todo, porque nuestros antepasados, nuestros mayores y maestros nos lo enseñan así. Es decir, primero creemos en los dioses, porque creemos en nuestros mayores, y éstos creen en los dioses porque creen en sus propios mayores, y así sucesivamente hasta que alguien, generalmente el primero de todos, lo experimentó realmente por sí mismo, o simplemente lo inventó…--Algunos murmullos de descontento se dejaron oír entre los jóvenes, y en otros apareció una sonrisa irónica, aunque otros pocos asintieron.

--Yo no diré ahora por cuál de las dos creo, pero creo—continuó Akarghi, capturando de igual forma el interés de todos sus compañeros--. En cierto nivel de experiencia de los seres humanos no es relevante si existen o no los dioses: experimentamos belleza y fealdad en las cosas, creamos en ellos o no. La mayoría de las personas experimentan lo bello y lo afirman así: “¡Eso es hermoso; esto es feo!” Y ni se les pasa por la imaginación preguntarse si las cosas son bellas como las percibimos bellas, o ¿en qué medida nosotros creamos la belleza y la fealdad con nuestro ojo personal y subjetivo? Y es que esta mera pregunta nos pone de inmediato fuera del campo de la experiencia de los sentidos, e incluso de la autopercepción de nuestra mente. Entonces experimentamos una sensación de desvalimiento y vacío, como si ya no tuviésemos suelo que pisar, ni aire que respirar. Entonces, en un acto de necesidad y urgencia la gente puede responderse: es nuestra naturaleza, o nuestra genética, o las estructuras de la mente, o la cultura, o los dioses… Pero al fin de cuentas todo ello queda al margen, excluido y ciego de la directa experiencia de las causas… Una vez más la experiencia. ¿Ese ruiseñor era bello, feo o indiferente?... Primero, era lo que cada uno de nosotros sintió. Pero más allá de ese nivel elemental y superficial de la realidad, ¿hacia qué causa se explica lo que hayamos sentido de una o de otra manera con el ruiseñor?...

--¿Y cuál sería entonces la experiencia de la causa primera de la belleza y la fealdad?—interrumpió, preguntando con vehemencia el más joven del grupo, un chico delgado y con lentes de vidrios redondos.

Akarghi guardó silencio unos segundos, dirigió su mirada en dirección adonde había visto volar el ruiseñor, levantó los hombros y respondió en voz baja:
--¡No lo sé!...


[1] Brihadaranyaka Upanishad, I-iii-4.

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