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sábado, 17 de octubre de 2015

AKARGHI (27-28 continuación)






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--¡No, baba Tashi,… no…te lo suplico, no!...

Gritó, cuando el sicario, de pie junto a Tashi, blandía por un momento en alto el machete y en seguida descargaba un golpe preciso sobre el dedo meñique izquierdo que saltó despedazado a un metro de distancia. Tashi dio un paso al lado, se miró la ropa y escupió en el suelo, mientras el hombre aullaba de dolor y la sangre corría por su brazo. Akarghi, a pocos pasos, observaba la escena temblando; las lágrimas le caían por las mejillas.

--¡Has perdido un dedo por negarme a tu hija!—gritó Tashi, después de arrojar el humo de su cigarro hacia el hombre que se había dejado caer de rodillas y se apretaba la mano-- ¡La próxima negativa te costará dos!… ¡La esperaré hasta la próxima semana!... ¡Ahora sáquenlo de aquí y limpien el suelo!—les ordenó a dos de sus sirvientes, quienes tomaron de los brazos al hombre y lo sacaron arrastrando de la habitación.

Ravajagana, el sufrido hombre de unos cuarenta años que acaba de ser sacado a la fuerza del lugar, era sólo una víctima más del poder y la inmoralidad de Tashi Aburghasim. En concordancia con su carácter, Tashi había seguido los mandatos de su naturaleza desde temprana edad, evidenciando una fuerza, convicción y liderazgo que se dejó sentir ya en su etapa escolar, estableciendo relaciones de control y sumisión con sus pares, especialmente con una pandilla de jóvenes que lo acompañaban, lo admiraban, pero que también le temían y eran por él abusados. Si alguno de ellos de alguna manera se revelaba, Tashi sabía cómo persuadirlo, cómo reconquistarlo y cómo someterlo, incluso con maltratos, para dar de pasada una enseñanza sobre la inconveniencia de prescindir de él, y de la utilidad de prestarle servicios y subordinación, pues, por otra parte, su generosidad en agradar de todas las formas imaginables a las personas que con él se vinculaban, era proverbial e incluso extrema. Sus padres, una familia empobrecida con cinco hijos, trabajaban en las labores del campo de sol a sol, y carecían de la presencia, de la personalidad y convicción para poner límites y educar a este particular hijo, el cual, sin ser abiertamente irreverente y desconsiderado con ellos, acababa siempre imponiendo su soberana voluntad.

Con los años, Tashi, poco dado al estudio y atento a sus sobresalientes cualidades sociales, se dedicó siempre con éxito a todo tipo de actividades que le reportaran placer, poder, dinero y libertad, sin importar las restricciones que imponen la moral, la tradición, la ley, la sociedad humana o simplemente la conciencia natural. Sus actividades y rango de acción se habían encauzado, con el correr del tiempo, al narcotráfico, la prostitución, el tráfico de influencias y el comercio en general, gracias al cual ocultaba sus segundas intenciones y su vida, manteniendo una fachada digna. 

Hacía tres años, Tashi había descubierto a la joven, hermosa y sensual Latniavira en un cabaré, donde bailaba y servía a los parroquianos, ocasionalmente, si bien por gusto, con servicios sexuales malamente remunerados. Verla y quererla para sí fue una sola cosa para Tashi, y, a pesar de que Latniavira veía en él ante todo el oropel de su beneficio, encanto y atractivo social, acabaron cada uno por sus propias razones y deseos creando una relación de pareja singular, en la que Latniavira aceptaba tranquilamente la poligamia y el rol de Tashi, y Tashi, que Latniavira continuara bailando y comerciara con su cuerpo, pero a condición de que fuese por un buen precio y con las debidas precauciones higiénicas. El odio, pues, de Tashi hacia Akarghi se debía no tanto al trato sexual que mantenía con Latniavira, sino a que ella se hubiese enamorado de Akarghi, y no de él.

--¿Qué dices ahora, sanyasin?... ¿Por qué lloras, por qué sufres, si esto no es verdadero, si esto es sólo una ilusión?—le espetó Tashi con una sonrisa feroz.





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--¡Sí, señor, seré tu esclavo!—dijo Akarghi, conteniendo las lágrimas.

Satisfecho Tashi con la respuesta y la sumisión de Akarghi, le dio un bofetón en el rostro, se puso de pie y se devolvió por donde había llegado. La luna se filtraba con múltiples rayos entre la floresta y se reflejaba en el agua y en la arena, que parecía estremecerse en su luminosa blancura. Un extraño silencio se dejaba sentir en todo el lugar. Akarghi abrió su mano y contempló la palma herida; sus lágrimas comenzaron a mezclarse con la sangre que aún manaba de la herida. Confusas emociones transitaban y se revolvían por su corazón y su mente, si bien entre todas ellas primaba un dolor profundo, desconocido hasta entonces para él, desconcertante y nuncio de angustiosas y transformadoras experiencias. Y junto con este dolor, como centro, totalidad y verdadera causa del mismo, Latniavira… 

Nada le importaba de sí. Había estado a un segundo de morir, pero eso nada lo había afectado. Sin embargo, la integridad de Latniavira, la integridad de su cuerpo y de su alma lo devolvía y lo ataba exaltadamente a la vida, hasta la esclavitud y más, aunque de ello aún no tenía conciencia. La imagen realista de su cuerpo perfecto desgarrado a pedazos, y el sufrimiento --la tortura moral-- causado por Tashi, que en adelante inevitablemente la acompañaría, eran las únicas representaciones e ideas definidas que en este momento lo dominaban y atormentaban.

Precisamente el pensar y la conciencia en Latniavira lo puso en movimiento y le dio una dirección y sentido urgente hacia la acción. Tashi Aburghasim, en sí mismo o para él no significaba en absoluto un problema, pero, en relación con Latniavira, se le manifestaba como un horrible fantasma, un engendro abismal y omnipresente que lo podía llevar a la locura y a la desintegración de su alma.

Se acercó a la orilla del río, se lavó la herida y, buscando con su especial habilidad clarividente entre la vegetación del lugar, encontró dos hierbas, milenrama y romero, que lo ayudarían con su herida. Las masticó, hizo un bolo en su boca y luego colocó el emplasto en su mano, que cerró cuidadosamente. Volvió a vestir su túnica y salió gateando del lugar por el pasaje acostumbrado. Mientras avanzaba por él, sintió vívidamente que repetía la experiencia traumática de transitar por el canal vaginal de su madre para desembocar en una nueva existencia amenazante y desconocida. Pero esta otra vida tenía ahora un solo nombre y sentido: Latniavira.

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