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sábado, 10 de octubre de 2015

AKARGHI (25-26 continuación)






25



--¿Puedo hablarte ahora?... Ahora que ya has bajado de las inalcanzables estrellas y has podido conocerme tal cual soy…

Akarghi sonrió indulgente, incluso con cierta vergüenza, a la pregunta que acababa de dirigirle Latniavira… “Si me hubiese hecho esta pregunta dos semanas atrás, tal vez no hubiese ocurrido lo que nos ha acontecido durante este tiempo”, pensó para sus adentros, pero no más que como cae un copo de nieve ya sin razón justificada desde una nube estival.

--¡Siempre podrás decirme lo que quieras, beldad mía!—respondió Akarghi, sin dejar de sonreír maliciosamente, al tiempo que le levantaba el vestido y deslizaba sus hábiles manos por entre las piernas de la joven, buscando la fuente misma del placer.

Desde el día en que Latniavira lo había iniciado en las delicias de su sexo, Akarghi había experimentado un cambio vertiginoso y notable... La enseñanza recibida del Dharma, las marcadoras experiencias monacales, su trabajo espiritual, mental, la sublime moksha (iluminación) alcanzada, su mística, sus intereses y emociones, su manera simple y cotidiana de vivir, sus prácticas religiosas y su disciplina ascética, incluso sus amados recuerdos, y hasta sus gestos y movimientos de antes, parecían ahora no haber existido nunca… Pero tampoco importaba nada, porque ahora todo estaba allí, ante él y para él, toda la realidad concentrada y absoluta en una mujer perfecta, a la que sólo podía corresponderle amándola y amándola, poseyéndola erótica y sexualmente una y otra vez, eternamente, en el rito perfecto que la creación había ocultado en el sexo delicado y profundo de toda mujer.

Latniavira respondió buscando y apretando, sobre la túnica de lino carmín de Akarghi, con un movimiento descendente y ascendente, el pene anhelante y colmado de sangre, al tiempo que lo besaba en la boca, lamiendo sus labios. Luego lo rechazó, empujándolo por el pecho hacia atrás. 

--¿Sabes que te amo?—volvió a preguntar Latniavira, clavando sus ojos negros y desafiantes de tigresa en los ojos de Akarghi.

A Akarghi se le llenaron los ojos de lágrimas y, excitado por un impulso irracional, trató de tomar a Latniavira en brazos para llevarla tras un seto de adelfas y demostrarle con un acto sexual su pasión. Sin embargo, Latniavira se desprendió de su abrazo y le dijo en voz baja:

--¡Aquí no, nos puede ver y oír cualquiera!... ¡Esta noche, esta noche volveremos a nuestro río y a nuestro lugar secreto para amar!...

A pesar de la advertencia, Akarghi intentó besarla, pero Latniavira volvió a revolverse con fuerza, evitó su esfuerzo y su boca, y salió corriendo del patio donde se encontraban. Akarghi se la quedó mirando, con la respiración agitada, como un lobo hambriento al que se le acaba de escapar desde sus mismísimas fauces la liebre veloz.





26



“¡Esta noche!... ¡Esta noche!...”, repetía para sí una y otra vez Akarghi, como hasta hace tres semanas –y ya no más-- había repetido en su espíritu el om absoluto y sagrado, y meditaba en todo momento en los sutras de sus textos maestros. Hasta hacía tres semanas la purusha (realidad) se expresaba en perfecta unidad y simbiosis con su propio atman (yo), de manera que todas las cosas mantenían un trato y un diálogo continuos con su realidad; una sincronía y un saber sostenidos entre la trascendencia y los hechos; entre la naturaleza con su multiplicidad de seres, y su propio ser individuado... Pero ahora, eso había enmudecido, desaparecido; ¿o bien había sido sofocado y desgarrado todo eco interior de algo más?…

Obsesionado e inquieto salió el resto del día a caminar sin rumbo por las calles de la ciudad. Inusualmente tropezaba con frecuencia con la gente, pero no reparaba en ello. Al pasar ante el templo de la diosa Lakshmi, se decidió a entrar, sólo pensando que podría acrecentar de esta manera el poder y la felicidad de su amor. Se sentó en posición de loto ante la imagen imponente de la diosa de cuatro brazos blancos, pero no pudo siquiera entrecerrar los ojos, pues se imaginaba, con total realismo, desnudando la estatua viva de la diosa y abalanzándose a besarla entre sus piernas. Ansioso y excitado se levantó sin más y volvió a salir a la calle. Siguió caminando hacia las afueras de la ciudad y, sin querer, se fue acercando por rodeos hacia el río, hasta que se percató de este hecho y, sin dilación, aunque aún era temprano, se encaminó decididamente hacia el lugar secreto. 

Al llegar observó con satisfacción la belleza y el encanto de las aguas turquesas, aspiró el olor intenso a jazmín, se deleitó con las luces y sombras que danzaban como tenues figuras de mujeres asaltadas por el repentino brillo solar. Se quitó la túnica traspirada por el excesivo calor, la arrojó lejos sobre un arbusto y se dejó caer, con su cuerpo moreno y ahora bien formado, lentamente de espaldas bajo el agua; permaneció allí durante más de un minuto, con los ojos abiertos, feliz, contemplando hacia la superficie la voluptuosidad del mundo acuático.

Después de refrescarse y ensoñar con el próximo encuentro de amor con Latniavira, se tumbó desnudo con los brazos abiertos sobre la blanca y delgada arena. Cerró los ojos para escuchar el gorjeo de ruiseñores, zorzales, alondras y el grito lejano de los papagayos, acompasado por el gorgoteo de las diminutas caídas de agua que por todas partes llegaban al río. Continuó ensoñando y fantaseando con los vivos recuerdos de Latniavira hasta que se quedó dormido.

Habían descendido ya las primeras sombras de la noche cuando se despertó al escuchar un crujido de ramas y hojas. Se incorporó a medias y comenzó a gatear en cuatro patas hacia la entrada del pasaje secreto, dispuesto a abalanzarse como un tigre sobre la desprevenida Latniavira. Se agazapó y esperó en silencio. Al aparecer su figura cubierta hasta la cabeza por un velo rosa, Akarghi saltó sobre ella, pero sorpresivamente recibió un fuerte golpe de puño en el rostro que lo lanzó hacia atrás. Tashi Aburghasim se retiró el velo rosa de la cara y con una mirada feroz, dejando escapar un furioso grito, saltó sobre Akarghi, quien quedó de espaldas bajo el peso de sus rodillas. En su mano izquierda llevaba una daga que levantó resplandeciente por encima de su cabeza y la dejó temblando en lo alto, luchando con su odio para no descargarla al punto en medio del pecho de Akarghi. Akarghi, sorprendido y anonadado por tamaño furor, se quedó inmóvil y entregado.

--¡Maldito imbécil, vas a morir!—gritó Tashi, esperando el menor movimiento o gesto de Akarghi para descargar el golpe mortal.

Sin embargo Akarghi leyó en los ojos de Tashi la duda y la expectación, de manera que sin miedo se dejó llevar por la voluntad de Tashi, y, a través de él, de la voluntad del supremo Brahman, hacedor de todas las cosas. Tashi esperó un par de segundos y luego apretó la daga al cuello de Akarghi, preparando la decapitación. Mas, al observar la actitud serena, sostenida y templada de Akarghi, cambió instantáneamente sus facciones y lanzó una gran carcajada.
--¡Matarte sería un premio, maldito monje gusano!...

En su ancho rostro resplandeció una dramática mueca de maldad, junto a una sonrisa de satisfacción.

--¡Así, como ahora estás, desnudo en tu bajeza,  desnudaré tu impostura de asceta y hombre santo ante todos!... ¡¿Me has oído?!—le gritó a Akarghi a unos pocos centímetros de su cara. 

Por primera vez, en su interior algo respondió con una intensa sensación de miedo. Así, ante la muerte, ante su muerte, efectivamente nada en el mundo podía causarle ni el menor temor; pero volvió a leer y anticipar en la maldad de los ojos de fuego de Tashi algo horrible, algo inmensamente más temible, brutal y aberrante que la muerte… Akarghi movió afirmativamente la cabeza.

--¡Quiero escuchar claramente la respuesta!... ¡Quiero escuchar: “Sí, señor”!...

--¡Sí, señor!...—balbuceó, tratando de mantener su aplomo.

--¡Bien, entonces escucha esto!... ¡De aquí en adelante, por el resto de tu vida, serás mi esclavo y harás todo lo que yo te ordene!... Y para asegurarme de que cumplas con este juramento, la vida de Latniavira dependerá de ti… Y no solo su vida, sino cada centímetro de su cuerpo, pues ese cuerpo hermoso que has mancillado con tu lujuria, será el garante y el castigo a la traición… Lo iré cortando con esta misma daga, las arras de tu juramento, centímetro a centímetro cada vez que faltes a éste… Y ahora, el sello y la firma… ¡Abre tu mano!

Akarghi extendió temblando su mano izquierda, y Tashi atravesó longitudinalmente su palma con el acero, abriendo un surco de piel, carne y sangre.

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