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sábado, 3 de octubre de 2015

AKARGHI (23-24 continuación)






23



El día que Akarghi nació, su madre pudo morir… Lejos de la ciudad y escasos de recursos, los Mendalhayam debieron resignarse a que el parto se realizase en la casa familiar de campo que carecía de las condiciones para velar adecuadamente a una parturienta. Tejalami Mendalhayam, ante la inminencia de ser padre de su primogénito, corría de un lado para otro, solícito y preocupado de que todo estuviese debidamente preparado y dispuesto para recibir al nuevo señor de la casa, “al futuro rey del mundo”, como bromeaba con su mujer, seguro de que había de ser un varón y no una hembra. Las gallinas saltaban a su paso aleteando y cacareando, cuando ahora corría veloz hacia el huerto para traer las hierbas medicinales que la comadrona le había solicitado a última hora. Miraba hacia el cielo una y otra vez, a pesar de que tropezaba con esto y aquello, buscando alguna señal en la inmensidad azul que confirmase sus ansias, y no dejaba de repetir en voz baja y veloz, maquinalmente: “omomom…”, y de apurar las cuentas de su mala, que llegaban a resbalarse en ocasiones de sus dedos transpirosos, mientras las apretaba más de lo debido recitando el mantram.

Lokhi Mendalhayam, por su parte, desde hacía días temblaba de miedo y lloraba a escondidas de su marido; creía y sentía que la muerte la estaba acechando hacia la hora de su parto, y que su hijo debía nacer para cambiar su vida por la de ella. Meses atrás, acuciada por la obsesión varonil de su esposo, había decidido visitar a una famosa adivina para que le anunciase el sexo de la criatura, pero la respuesta le había impedido volver a dormir en paz: “Si es un niño, morirás. Si das a luz una niña, verás crecer y engendrar a los hijos de tu hija…” Nada más quiso decirle la profetisa, aunque Lokhi llegó a arrodillarse y llorar ante ella para que le revelase el sexo de su vástago. Sola se guardó este secreto durante meses y ya no quiso saber nada más de adivinos ni de oráculos, pero cuando se acercaron los días del alumbramiento, el terror se volvió a abalanzar como una bestia sobre ella y ya no podía dejar de sentir ni de pensar sino en la inminencia de su muerte. Los familiares de la pareja habían acudido en masa y se distribuían las tareas del hogar, pero siempre en vista del niño que pronto habría de nacer. Las mujeres de más edad, experimentadas, se aprestaban a acompañar de cerca el parto y, entretanto, reunidas ante el lecho de Lokhi, levantaban con cánticos monocordes sus preces a la diosa Kali, rogándole que mantuviera alejados de la madre y del hijo a los ráksasas (demonios) envidiosos y crueles. Lokhi, por su parte, interpretaba aquello como un signo más de su mala fortuna, pues entendía en la invocación a coro de Kali la inevitabilidad de la terrible muerte que a ella misma le esperaba. Para sus adentros gemía: “¡Lakshmi… Lakshmi..., ven a mí…!”, tratando de atraer a la dulce y apacible diosa del amor. 

Lokhi lanzó un grito al ver en el suelo, junto a la pared cercana, un ratón de larga cola que se la quedó mirando fijamente con sus diminutos ojos rojizos. El ratón no se inmutó por el alarido y continuó con sus ojos clavados en los de Lokhi. Sólo salió corriendo de la habitación luego de que algunas mujeres se movieran hacia él. En ese mismo momento comenzaron con violencia las contracciones de parto de Lokhi.




24



Lokhi dejó escapar un grito agudo y largo, pero esta vez de dolor, y se aferró con ambas manos al colchón de la cama. Casi como un eco o respuesta, un trueno apagado se dejó oír a la distancia. De entre el coro de mujeres, la más joven y distinguida, vestida con un sari blanco y una toca del mismo color, se acercó a Lokhi y le tomó la mano. A pesar de que Lokhi sólo trataba de resistir el dolor y poco le interesaba lo que ocurría a su alrededor, algo le llamó la atención de la mujer y la miró con extrañeza. Cuando se encontraron sus miradas, habló la mujer:

--¡No temas!...

--¿Por qué?—preguntó Lokhi, abriendo bien los ojos y sintiendo que su bebé daba un brinco en su vientre.

--¿Estás dispuesta a dar incluso la vida por tu hijo que va a nacer?

--¡Sí!

Lokhi no dudó en responder con decisión y de inmediato, a pesar de que podía estarse condenando definitivamente a sí misma, y aún sin comprender qué estaba ocurriendo. Sin embargo, retiró bruscamente su mano de la mano de la mujer.

--Puedes morir, pero no debes morir…

--¿Quién eres?—preguntó con temor-- ¿Qué quieres decir?...

--Digamos que soy tu madre.

--Pero mi madre está afuera y no se parece en nada a ti…

--Debes llamar Akarghi  a tu hijo, y vivirás…

--¡Se llamará Siddharta, si es varón… ya lo hemos decidido con mi esposo!

--¡Debes llamar Akarghi a tu hijo, y vivirás!...

La mujer volvió a coger la mano de Lokhi, acercó sus labios a ella, la besó suavemente y salió de la habitación, sin que nadie pareciera percatarse ni de su presencia, ni de su partida.

Una nueva y más intensa contracción la obligó otra vez a gritar. La comadrona se acercó con paños calientes a Lokhi, los depositó sobre su vientre y luego de revisar el grado de dilatación de la parturienta, exclamó:

--¡Ya viene, mamita!... ¡Ya viene!...

Todo se revolvió de inmediato en la habitación. Se escucharon algunas órdenes breves y voces. Las mujeres corrieron en distintas direcciones para cumplir con sus roles. Una mujer a cada lado tomó una y otra mano de Lokhi para que las apretara sin dañarse y al mismo tiempo experimentase la fuerza solidaria de su compañía. Nuevamente un trueno estalló, pero esta vez cerca, y el sol se oscureció repentinamente con el manto gris de una inmensa nube.

--¡Se llamará Akarghi!...—gritó Lokhi, al mismo tiempo que hacía fuerza para que la criatura saliera ya de su matriz.

--¡Es un varón!—gritó la partera.

En ese preciso instante Lokhi sintió un agudo dolor en el pecho y su corazón se detuvo… “Me muero”, fue lo último que alcanzó a pensar, y luego todo se oscureció para ella. La comadrona se subió arriba de Lokhi y comenzó a golpearle el pecho. En ese mismo instante, la madre de Lokhi entró a la habitación atraída por los gritos angustiados de las mujeres y, al ver la dramática y desesperada escena, lanzó un grito contenido, se llevó la mano al corazón, y cayó al suelo fulminada.

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