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sábado, 26 de septiembre de 2015

AKARGHI (21-22 continuación)





21


Ingresaron al nosocomio en fila, igual como habían llegado, meditando y orando reconcentradamente cada uno en sí mismo, y cada uno en el otro. El lugar, un edificio de madera desteñida de pino, con dos pisos, rectangular, antiguo, olía a incienso, a cera, alcohol de quemar, excremento y sangre. Una neblina caliente, opaca y agria, más espesa aún que la exterior otorgaba a las cosas, contornos y figuras un aspecto fantasmagórico y tétrico. Gemidos, llantos, murmullos, respiraciones agitadas oprimían el aire hacia todos lados. Los médicos del hospital habían muerto o se habían marchado… Demasiadas muertes, demasiado dolor sin retorno ni bálsamo de miles de personas de la región habían llevado la solidaridad humana a su límite, y sólo quedaban allí tres ancianas que oficiaban de enfermeras voluntarias; que acompañaban como mejor podían a los dolientes y agonizantes. Ellas mismas habían enviado la solicitud de ayuda espiritual al monasterio de Lamayuru, pero no sospechaban que los monjes acudirían en persona al viejo hospital de Kapanhutta. 

Las tres ancianas se llamaron excitadas unas a otras, se congregaron en la entrada y se prosternaron entre lágrimas y bendiciones ante el grupo de bhikshus.

--¡Benditos, benditos…! ¡No somos dignas de que entren en este lugar impuro! – repetían una y otra vez.

El acarya Kinjihoro posó su mano sobre la cabeza de cada una de las ancianas y respondió:

--¡Ustedes benditas, que han ofrendado sus vidas a los enfermos, abandonados y despreciados!... ¡El señor Shiva sabrá recompensarlas en ésta, y en otra vida incluso!...

Con un gesto amable Kinjihoro indicó a sus acompañantes más jóvenes que ayudasen a las ancianas a incorporarse. Akarghi se acercó a la que se veía más débil y menoscabada en su alma y su cuerpo por los años y la vida. Al estirar su mano para que ella la cogiera, vio que sus ojos miraban entrecerrados al vacío, sin visión. La cogió de ambos brazos y la levantó casi como peso muerto.

--¿Quién eres tú bendito y santo joven?—preguntó la anciana, mientras se apoyaba sin fuerza en los brazos de Akarghi.

--El bhikshu Akarghi. ¿Y usted, mi  amada madre?...

--Me llamo Shambhu. Y aunque en este lugar y en mi vida sólo queda ocasión para el sufrimiento, la desesperanza y la muerte, puedo ver que por tu bendita persona la divinidad se nos hace presente incluso en el más extremo e inevitable horror de la condición humana.

--No menos por ti, el divino Brahma se nos hace presente; no más que por estos humanos dolientes se hace en mí presente…

Los siete candelabros que iluminaban con sus tenues llamas el lugar oscurecido para no herir la vista dolorida de los enfermos resplandecieron al mismo tiempo, como si una súbita explosión de energía los hubiese expandido en su don de luz, y luego siguieron iluminando tenues desde la penumbra.

Shambhu tomó de la mano a Akarghi y lo condujo hacia otra habitación. Akarghi observaba los rostros y los gestos del dolor y de la muerte en cada uno de los dolientes mientras avanzaba entre las dos filas de esteras, en las que padecían los enfermos su denigrante deshumanización por la descomposición progresiva del cuerpo.




22



Cuando Akarghi ingresó al último pabellón del nosocomio el acarya Kinjihoro pasó por su lado, en sentido contrario, con la cabeza baja, las palmas apretadas frente al pecho, y sin mirarlo. Akarghi giró sobre sí mismo para seguir a su maestro con la vista, como esperando alguna señal de su parte. La mano de Shambu apretó la suya y, al mirar hacia el interior de la habitación, sintió en su corazón una dolorosa opresión y tristeza; sus piernas comenzaron a tambalear y temió perder el equilibrio. Nunca había visto la muerte tan de cerca; nunca había percibido el aura de los moribundos, grisácea y con ocasionales y débiles destellos de luz que se van apagando; el color mortecino, cerúleo de la piel casi sin vida, y un silencio profundo, invisible, por detrás de los sonidos alargados de la agonía. Pero sobre todo, la angustia… Sentía en el centro de su pecho toda la angustia contenida en aquellas decenas de miserables seres que ya en los últimos momentos se aferraban instintivamente a sus cuerpos incapaces de vivir. 

Akarghi creyó que no lo podría resistir y decidió darse la vuelta para salir del lugar. Shambhu lo arrastró de la mano y se acercaron a la litera de alguien que se había dado media vuelta hacia la pared, y cuyo rostro había cubierto con una sábana.

--¡Nadhi!—susurró la anciana--… ¡Nadhi… ha venido un ángel a visitarte!... ¡Míralo!...

Nadhi se mantuvo inmóvil por unos segundos, pero luego giró rápidamente para mirar a Akarghi. Retiró la sábana de su rostro; una mujer joven dejó ver su faz demacrada y los ojos casi turbios dentro de sus cuencas oscuras. Se quedó mirando a Akarghi con la boca entreabierta, respirando dificultosamente, y luego algo así como un rictus de alegría se esbozó por el lado izquierdo de la comisura de sus labios.

--¡Él es, Shambhu… él es!—dejó escapar en una especie de soplido--… ¡El deva de mi sueño!... ¡Ha venido!...

Akarghi dio un paso hacia ella en un natural impulso para bendecirla, pero se detuvo. Sintió miedo, y al momento de sentirlo, se avergonzó de sí mismo.

--¡Ahora… puedo morir… en paz!—dijo ella con la voz entrecortada y haciendo un gran esfuerzo para hablar.

Akarghi buscó con la mirada a Shambhu, sin saber qué decir ni qué hacer.

--Ella es Nadhi –dijo Shambhu, reconociendo la incertidumbre de Akarghi--, su familia entera ha partido antes que ella. Está aquí, sola, desde hace cinco días. Llegó vomitando sangre y suplicando salváramos al bebé de ocho meses que traía en su vientre… Quería que la abriéramos viva y extrajéramos a su hijo… ¡No pudimos hacer eso, swami… no podemos...!

--¡Mi señor, mi dios, te ruego que toques con tu flauta la melodía más hermosa que conozcas!—exclamó la joven en una especie de arrebato repentino--. ¡Tu música divina me guiará por el túnel de las sombras!... ¡Tú, mi deva bendito, sabrás hacer lo demás!—la joven se llevó ambas manos hacia el vientre, por debajo de la sábana.

Akarghi primero se sintió anonadado y, luego de unos instantes, todavía incrédulo, se palpó con su mano izquierda bajo la túnica donde llevaba escondida su flauta, y que Nadhi evidentemente no podía ver. La joven cerró los ojos y esperó. Akarghi sintió como si una súbita aparición se hubiese hecho presente en su interior: un maravilloso hálito de amor y paz sobrehumana que lo inspiraba más allá del horror de la muerte; sacó con cuidado su pequeño instrumento y, primero, con una elegía triste y serena que afloró de la caña al soplarla con sus labios redondeados y entreabiertos hizo brotar de los ojos cerrados de Nadhi un hilo de lágrimas... Luego, hizo elevarse de la caña un himno dulce y profundo, con largos agudos y graves cristalinos sonidos, como el alma que asciende en espiral al desencarnar hacia los cielos, y, entonces, sonriendo Nadhi repentinamente como tocada por un rayo de luz, murió.


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