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sábado, 19 de septiembre de 2015

AKARGHI (19-20 continuación)





19


--¡Ven, Akarghi, por aquí!... 

Latniavira se levantó el sari por encima de las rodillas y tomó de la mano a Akarghi para obligarlo a seguir detrás de ella.

--¡Verás un lugar maravilloso que ningún otro hombre conoce!—agregó Latniavira, mientras entrecerraba sensualmente los ojos, le grababa un beso en los labios y lo conducía hacia un sendero de hierba fuera del camino principal.

Akarghi, al caminar detrás de Latniavira, podía observar el movimiento felino de las caderas de la joven; podía contemplar el cabello negro, en parte trenzado y en parte suelto, que la brisa  agitaba, y desde el cual merodeaba un perfume agridulce como de castañas y limón, como de sándalo y canela; podía ver y palpar la piel de su exquisita mano, y el resplandor de su brazo dorado, largo y flexible; pero, sobre todo, no podía dejar de imaginar su cuerpo desnudo, avanzando delante de él, listo para entregarse a la voracidad de sus ojos en cualquier instante.

Sólo una noche, una noche de insomnio y angustia había sido suficiente para tomar la decisión… Afiebrado, empapado de sudor, a veces rígido en su lecho, a veces caminando por la habitación, a veces de rodillas ante las estrellas, a veces enterrado en el lodo de los campos cercanos, había buscado en su interior, en los dioses y en el universo la respuesta y la fuerza para no ceder a la tentación de la carne… Una noche, noche de veinticuatro horas, o quizás de mil años, en que había hurgado en la hondura de su mente, de su cuerpo y de su alma la verdad, y su realización definitiva y total en sí mismo... Y como en esos sueños en que caes y caes, cada vez más rápido hacia un choque mortal, y comprendes entonces la angustia real de la muerte… si bien ahí mismo, en un momento de onírica lucidez, entiendes que no es tu cuerpo, sino tu alma la que cae más y más, tu esencia que se azotará allá al fondo contra el abismo límite de la condición humana, así Akarghi completó su caída hacia el amanecer, cuando una lechuza blanca agitó sus alas en el marco de su puerta y se quedó pensativa contemplándolo. Luego de varios minutos en que una y otro se miraron la lechuza habló con voz femenina:

--Has completado el camino del Yoga, Akarghi… Tú y el Dharma son uno solo. Si huyes ahora de la mujer, serás adorado como un dios por el resto de tus días, y ya no volverás al samsara --¿quién no lo quisiera?--… Pero sólo si atraviesas la existencia por el medio de su sexo, irás aún más lejos de lo que ha podido alcanzar ningún humano, siguiendo el rastro de Brahman, el Único  que siempre se aleja más, sin ninguna lógica, una vez que lo has logrado…





20



Ilusión… ilusión…” Murmuró Akarghi, mientras Latniavira, ante sus ojos ansiosos e incrédulos, se había liberado lentamente de su sari para mostrarse debajo cubierta sólo con una túnica de gasa blanca semitransparente que apenas envolvía su cuerpo desnudo, se arrodillaba y comenzaba a gatear inmediatamente delante de Akarghi por un estrecho túnel vegetal entre arbustos y hierba alta. “Ilusión… ilusión…”, repetía Akarghi ya sin ningún sentido, con un murmullo monótono, y como por algún mero automatismo inconciente, trastornado y obsedido por la visión a pocos centímetros de sus largos  y aceitados muslos, de sus nalgas cimbreantes que imploraban por detrás ser cogidas firmemente por sus dos manos, y de su sexo femenino y animal ahora apenas escondido en un brillante y minúsculo triángulo de tela dorada, entre la voluptuosa raíz trasera, con forma de corazón, de sus piernas olorosas. 

De esta manera Latniavira fue arrastrando como por encanto a Akarghi por el pasaje secreto que sólo ella conocía. Después de un tiempo sin tiempo y de un espacio sin espacio… desembocaron en un lugar maravilloso: un abra bien cerrado por rocas amarradas con líquenes, nalcas desbocadas y bosques que contenían al centro el estanque translúcido del río Turgusha, y un sol ubicuo que a través de las altas copas de los jacarandás, de los flamboyanes, mangos y banianos danzaba deshaciéndose y rehaciéndose en innumerables rayos amarillos, dorados y matizados verdes.

Al salir primera del túnel vegetal, Latniavira volteó hacia Akarghi, se incorporó con sus rodillas abiertas e hincadas en el suelo, se soltó el pelo, dejó caer la translúcida tela desde su torneado hombro derecho, dejando al descubierto uno de sus pechos, abultado y jugoso como un mango maduro, en tanto la otra parte de la gasa quedaba retenida por su pezón izquierdo, dejando sólo a medias descubierto su otro seno. Latniavira cerró sus ojos, abrió sus brazos y los levantó hacia el cielo, echando levemente la cabeza hacia atrás. Akarghi, aún a gatas, vio elevarse el cuerpo perfecto de Latniavira como la ascensión de una diosa al cielo y, al igual que un relámpago enciende y transfigura repentinamente la oscuridad de una noche, delirante por la visión y fuera de sí, saltó sobre Latniavira, apretó con su mano izquierda el pecho desnudo, la rodeó firmemente con su brazo derecho y la besó, abriéndole la boca con su boca, casi furiosamente.

Rodaron por sobre la hierba y la fina arenilla blanca. Akarghi suspiraba y gemía como enloquecido, dejando fluir caóticamente su virginal instinto sexual, en tanto Latniavira, maestra en el arte amatoria, lo contenía, se entregaba, lo controlaba, lo dirigía con suavidad, a veces con fuerza y hasta con cierta violencia, le susurraba al oído provocadoras peticiones, lo rozaba, lo mordía, lo cogía, lo besaba y lamía donde ella bien sabía que su piel y su cuerpo sensible reaccionaría con un descarga de placer casi doloroso.

Las horas se deslizaron más allá de la noche, entre sus cuerpos que no cesaban de moverse en una danza a veces frenética, a veces reconcentrada, siempre rítmica, como el movimiento de una ola cuando empuja a otra, ya en calma, ya tumultuosa o en silencio, sólo adyacentes, contemplándose con ojos brillantes y agradecidos, para luego experimentar de nuevo el encendido de la sangre que hincha las venas y los sexos, que vuelven a buscarse como dos hambrientos que conocen la saciedad en el sexo del otro.

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