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sábado, 12 de septiembre de 2015

AKARGHI (17-18 continuación)





17


Akarghi escuchó a su espalda el cuchicheo y la risa contenida de un grupo de jóvenes bhikkus, mientras abría el estuche de caña esmaltada y se lo encontraba vacío. Se dio media vuelta y enfrentó al grupo de jóvenes con una mirada severa. Uno de ellos, su mejor amigo, Kynpham Sing se acercó y le habló en voz baja y compungida:

--No he tenido nada que ver en esto, Akarghi… Lo siento... Tampoco sé dónde está tu flauta.

Akarghi observó la cara mohína de Kynpham, luego recorrió con su vista los rostros burlones, ficticiamente indiferentes y cínicos de los jóvenes rasurados que comenzaban a salir del salón de descanso, y se echó a reír. Uno de los jóvenes tropezó con uno de sus compañeros y la tropa entera se desahogó en una gran y sonora carcajada, mientras escapaban corriendo del salón.

--No te preocupes, amigo—dijo Akarghi.

Se sentó sobre el mismo suelo en posición de loto, cerró los ojos, juntó las palmas de sus manos delante del pecho y comenzó a meditar. Kynpham se lo quedó mirando, sorprendido y sin saber qué hacer. Una repentina ráfaga de viento hizo temblar la mampara de la entrada. Akarghi abrió los ojos, se levantó, giró hacia la estatua del Buda Avalokiteshvara, inclinó su cabeza un momento, mientras el incienso se alzaba en una fina voluta espiralada hacia el techo piramidal desde las dos patenas de oro. Se dirigió con paso resuelto hacia el exterior del monasterio, caminó hacia el Claro de Luna como dirigido por una brújula interior, y una vez allí contempló con los ojos entornados el lugar. Kynpham lo seguía de cerca, con cierto temor. Muy alto, una pareja de águilas sobrevolaba el jardín del cenobio. Akarghi se acercó al estanque, alzó la manga de su túnica, cerró los ojos, y sumergió su brazo hasta casi el hombro. Su mano se encontró con la flauta en el fondo del estanque y la cogió. Kynpham lanzó un grito.

--¡Akarghi!—exclamó Kynpham--… ¡¿Cómo has podido saber que estaba ahí?!

Akarghi volteó hacia Kynpham Sing y dijo:

--“El que se esfuerza durante seis meses en permanecer continuamente separado de la vida en el mundo llega a ser el receptáculo de los poderes del Yoga perfecto, ilimitados, supremos, ocultos. Por el contrario, el que está lleno de pasiones y de ignorancia, ya sea que tome alimento en exceso, o bien sea cogido por los lazos del matrimonio, de la paternidad y de la amistad, no será nunca el receptáculo de este Yoga.[1]—recitó de memoria.

--Lo que tú has hecho es magia…

--¿Por qué te sorprendes?... Sólo he realizado la enseñanza de nuestros maestros… Esto es Yoga.




18


Las nubes blancas y grises se dispersaban casi somnolientas hacia los cerros en la cálida mañana de otoño. A poco de amanecer la fila de trece monjes vestidos con sus largas túnicas de color carmín bajaba silenciosa por los senderos de la montaña hacia la comarca. Adelante los guiaba, apoyándose en un largo bastón, el acarya Kinjihoro, un hombre septuagenario de piel oscura y expresión viva. Akarghi, uno de los más jóvenes del grupo, caminaba entre ellos, destacándose por su amplia sonrisa y su mirada inquisitiva y soñadora dirigida ora hacia las montañas nevadas, ora hacia el cielo, ora hacia los bosques florecidos de acampanadas jacarandás, pajanelias y magnolios, e innumerables y diminutos seres vegetales, voladores, trepadores y errantes del valle. Para Akarghi la Naturaleza, manifestación de Brahma, pura y absoluta divinidad, lo unificaba en el júbilo y en la perfección del Sat (Ser) manifestado. Todo --podría decirse-- vibraba en Brahma, y Brahma vibraba en todo; Akarghi se experimentaba a sí mismo como una diminuta, extática y atómica extensión del Todo, como una gota brillante de agua profundamente sumergida en el océano absoluto, eterno y sin límites. El sol salió desde atrás de una nube oscura y explotó en una sinfonía de luz y color. Un colibrí se agitó en el aire sobre la columna de santos, y luego con un brinco veloz se acercó junto a la cabeza de Akarghi y le susurró al oído: “Para realizar el Eso debes renunciar a todo, ¡absolutamente a todo! Después de haberte desembarazado de todos los objetos, asimílate progresivamente a eso nada que queda.[2] Los otros bikkhus sólo vieron con extrañeza que la pequeña ave de tonos verdiazules revoloteaba alrededor de Akarghi, pero no escucharon nada. Akarghi se inclinó profundamente ante el espíritu del ave  y la siguió con la mirada, mientas se perdía entre los hibiscos y las bugambilias. Luego se adelantó a la columna para acercarse al maestro Kinjihoro. Las nubes danzaban en paz delante del sol. Cuando se encontró a su lado, esperó que le dirigiera la palabra. Después de unos cinco minutos Kinjihoro habló:

--¿Qué quieres, Akarghi?

--Venerable acarya Kinjihoro, después que el jivan mukta se ha liberado de todas las experiencias y apegos de la Maya, el fin de nuestro propio camino, y cuando ya no queda nada en la existencia para nosotros, ¿cómo es posible continuar vivo?... ¿Qué vida puede ser esta vida?

El lama miró escrutadoramente a los ojos a Akarghi, calló unos segundos y luego respondió:

--Tú conoces la respuesta, sishya, pero quieres escucharla de mí para reafirmarte a ti mismo… ¿Cómo discernir el preciso momento en que la yema del ciruelo se rompe para dar a luz la nueva flor?... ¿Cómo discernir el preciso momento en que el presente deja de ser presente?... ¿Cómo es posible vivir cuando ya se ha muerto?...

Akarghi se inclinó con reverencia ante su maestro y continuó caminando a su lado en silencio. Sus palabras lo habían movido a una intensa y profunda intuición y meditación. Después de marchar más de una hora, comenzaron a entrar por una calleja de tierra a un poblado sumido en una lúgubre y hedionda neblina de humo. Frente a cada choza o casa, en los terrenos circundantes y también a lo lejos, se levantaban humaredas de fogatas, unas más vivas, otras menos, que servían para espantar el morbo que asolaba a la población, pero también para quemar los cadáveres de los que fueron enfermos, y ahora difuntos.


[1] Maitrayani Upanishad, 28.
[2] Annapurna Upanishad, I-46.

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