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sábado, 5 de septiembre de 2015

AKARGHI (15-16 continuación)






15



¿Es posible conciliar la salvaje y muchas veces exquisita naturaleza animal y mental que nos excita al deleite, a la pasión y al sufrimiento, con la misteriosa fuerza que se aloja en algún rincón, en alguna cima empinadísima de nuestra alma inconciente y que nos impulsa hacia el infinito, hacia una bienaventuranza sutil, trascendente, al fin inconmensurablemente superior a toda experiencia sicológica, biológica y animal?

¿Es posible al menos identificar por dónde debemos avanzar en la relación entre estos dos proyectos de existencia real y construible, si no hay conciliación o unificación espontánea y progresiva entre ellas? Porque una y otra de estas naturalezas, en esta etapa del hombre, parecieran odiarse como dos enemigos obligados a casarse y engendrar hijos juntos... ¿Qué certeza puede haber con un universo espiritual invisible, y que sólo la mente y la conciencia pueden experimentar –o creer--: “¡Existe!”?… Si al menos hubiera un solo sentido, los ojos por ejemplo, que nos reclamaran con evidencia: “¡Mira, ahí va el Amor!” O, “¡mira cómo el alma de ese moribundo se separa de su cuerpo y es recibida por aquel bellísimo ángel que la conduce hacia su mutación trascendental!”… Entonces, de seguro, nuestra naturaleza animal, nuestro apego a nuestra propia mente cedería sin el instintivo miedo de sacrificar la poca vida que tenemos a una mera ilusión, al veneno metafísico de la no-vida, y, como aquellos suicidas que se arrojan sin el mínimo temor a la inmolación cruenta y a la desencarnación de sus víctimas, porque su certeza espiritual –aunque no vista, ¡duda terrible para una inteligencia lúcida!—elimina todo instinto de vida animal y asegura, sin necesidad de confirmación ninguna, la verdad de lo invisible y hasta de lo absurdo…

Porque aunque los sentidos, el cuerpo, la belleza del mundo y toda la fuerza desatada de la evidencia de que la carne, el sexo, la sangre, el dolor, nuestros padres e hijos, y el mundo que nos rodea son reales, ¡la realidad!, y que por ende debemos vivir por ellos y para ellos, aun así con total facilidad y por todos lados se trastornan, de innumerables maneras pierden solidez, conocimiento y sustancia, y siempre, más pronto que tarde, desaparecen…

Es probable que Akarghi no sea más que uno de esos seres marcados por la fortuna, a los que toca en suerte desnudar y encarnar en su corto período de una vida, el espíritu de una época, de un proyecto humano temporal, o tal vez hasta el espíritu profundo del ser humano mismo, y del mundo. Lejos se encuentra, sin embargo, de ellos mismos y, por cierto de nosotros, comprender --incluso en pequeña parte-- el sentido, el propósito de estas vidas descomunales y extrañas. Cuando ellos viven, ¿hacia dónde se dirigen?... Como esos bólidos maravillosos que atraviesan el cielo nocturno, y a nosotros, que apenas alcanzamos a fijar un instante la vista en ellos --pues ya mismo desaparecen-- nos dejan suspendidos con la más extraña sensación de irrealidad y de magia…





16



“¡Debo salir de aquí!... ¡Debo huir, cuanto antes!...” Pensó Akarghi, mientras cerraba los ojos en un intento desesperado por escapar del embrujo de los sentidos y del poder irresistible de Latniavira, en quien ya se reconocía atrapado y delirante… Si cerraba sus ojos, de inmediato quería volver a abrirlos para mirar su rostro de mujer ardiente, y también el perfil de sus formas curvas que delineaban con exuberancia y sensualidad sus ropas. Si dejaba de oír, pronto quería a cambio volver a imaginar el roce de sus labios en cualquier parte desnuda de su propio cuerpo. Si quería aplacar el fuego que parecía ir encendiendo su sangre, su sexo respondía tercamente levantándose y endureciéndose. Quizás otro monje, otro sanyasin, otro iluminado, otro hombre simplemente, hubiese contrapuesto su otro yo, el superior, su voluntad, su lucidez, sus ingentes aprendizajes en años y años de poderosa espiritualidad y control de la mente, de manera que hubiese al menos experimentado la penosa lucha entre el cuerpo y el alma; entre la pureza espiritual y la energía arrolladora de los instintos; entre la conciencia directiva de la condición natural humana y la contradictoria sensación de las emociones que se asocian como aliadas con el deleite de los sentidos… Pero ¿sólo a Akarghi le podía ocurrir tal desaforado trastorno, la mutación de una persona en otra, repentinamente?; ¿o quizás todos estamos también expuestos a la insospechada y polimórfica experiencia de la avalancha de nuestro misterioso y atávico inconciente, o de la maldad, o de la contradicción, o de lo que quiera que sea?...

--¡Prométeme, Tashi, que no permitirás que este joven sanyasin se marche de tu palacio hasta que yo lo consienta!... ¡Cien años de desgracias nos perseguirían si no lo cuidamos debidamente hasta que pueda volver a la calle! –imploró Latniavira, inclinando sumisamente su cabeza hasta los pies de Tashi.

Tashi Aburghasim, hombre de unos cincuenta años, alto y duro como un roble, el más acaudalado de la región, astuto e inescrupuloso, apasionado y egoísta, criminal y dadivoso, creyente y cínico, podía olfatear la malicia de Latniavira como un animal en celo; no obstante, por esos incomprensibles designios de la mente humana sintió que su propia pasión se encendía aún más con la pasión, el desafío y la fantasía de su joven amada. Sonrió casi con maldad y le respondió:

--¡Así sea, mi niña diosa de sándalo!

Y de este modo transcurrieron tres días y, luego, una semana… Primero Akarghi sintió miedo, pero miedo de sí mismo… Latniavira jugaba con él al gato y al ratón. Lo dejaba merodear por todas partes; le mostraba los encantos de su magnífico cuerpo sin nunca excederse; lo buscaba como se busca un objeto de placer; se le acercaba casi hasta rozar sus labios; bailaba con sus caderas y nalgas jubilosas siempre desde lejos, pero donde la vista de Akarghi la alcanzase; reía y se dejaba acariciar por Tashi delante de él, hasta que un día, al final de la primera semana, después de asegurarse de que había vencido hasta la última resistencia de su voluntad espiritual, le pidió a Akarghi que la acompañara al río Turgusha. Akarghi supo con absoluta certeza que acompañar a Latniavira al río sería lo mismo que saltar a un precipicio y comenzar a caer, sin regreso…

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