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sábado, 15 de agosto de 2015

AKARGHI (continuación 9-10)




9


Sri Muerto-en-vida se acercó a su ventana sentado a horcajadas de un diván resplandeciente y dorado. Acarghi abrió los ojos y lo vio allí con una sonrisa maliciosa, invitándolo a acercarse a su lado. Los grillos adentro y afuera de su dormitorio reían desaforadamente. Acarghi pensó que si aquello era un sueño, poco importaba, pues igual tenía que vivirlo y ser parte de él, de modo que con decisión echó atrás su manta y se encaminó hacia la ventana, dispuesto a salir volando en el diván de su maestro. Sin embargo, al salir hacia el exterior, su cuerpo demasiado pesado comenzó a caer. Miró hacia abajo, pero vio el cielo azul y unas nubes lejanas que parecían ir acercándose a él; en cambio al mirar hacia lo alto, observó que los techos del templo y sus alrededores, así como las rugosidades montañosas, se oscurecían y alejaban. Comprendió que no estaba cayendo sino ascendiendo, al revés de lo que sentía. Entonces sacó un espejuelo de su bolsillo mágico y miró en él. La imagen invertida le permitía poner las cosas en su debido lugar, si bien todas las cosas ahora sólo se reflejaban en espejos, y ya nada podía ser visto sino a través de espejos, o dentro de infinitos espejos, aunque las mirase directamente, sin más mediación que sus propios ojos. En uno de ellos divisó a lo lejos a sadhu Muerto-en-vida que le hacía señas con ambas manos para que fuese hacia él. A pesar de la distancia Akarghi le gritó:

--¿Cómo puedo ir hasta allá si yo no he creado este sueño?

Muerto-en-vida lanzó una gran carcajada y comenzó a alejarse montado en su diván de oro.

--¿Dónde estoy?—se preguntó Akarghi y se miró a sí mismo, constatando que se encontraba desnudo.

Miró a su alrededor para descubrir si alguien más podía estar observando su desnudez, mas era evidente que todas las cosas estaban igual de desnudas que él, y nada más que otro humano podía encontrarse vestido y avergonzarlo. Pero afortunadamente no vio a nadie.

De pronto un repentino acceso de conciencia le hizo recordar que una y otra vez su vida volvía a repetirse. Otra vez en el Camino de la Verdad. Otra vez la sensación y hasta quizás la evidencia de que estaba soñando, es decir, simplemente viviendo. 

Sin embargo, ¿cómo podría escapar al flujo de la realidad, o de la conciencia, que lo empujaba primero a recordar a Laitnavira, a sentir su piel de seda morena por el interior de sus muslos entre sus propios dedos extáticos, desde la distancia de un recuerdo atrapado como un pez brillante en el río de la memoria, para convertirse sin advertencia ninguna en pura presencia, mero presente sin distancia ni afuera?...



10


--Maestro Pipilunni, hemos atravesado el tiempo y el espacio para venir a conocer tu enseñanza.

Kabhir, el mayor del grupo de cinco niños, luego de declamar ostentosamente estas palabras, se inclinó y arrodilló ante el amigo que oficiaba como gurú Pipilunni. Los otros tres, dos niñas y un varón, lo imitaron y también se arrodillaron. Akarghi, que venía caminando por un angosto pasaje, justo al llegar al zaguán de piedra donde se encontraban los niños se mantuvo escuchando y mirando esta escena tras un seto de bugambilias. Al calor de la soleada tarde sólo una brisa liviana mitigaba el sudor y la sed de Akarghi, mientras su mirada descansaba entre el violeta de las flores, y una sonrisa de ternura iluminaba su rostro.

--¿Qué quieren saber, hijos de la sombra y de la ilusión? –preguntó el niño Pipilunni, cerrando sus ojos y estirando las facciones de su rostro.

--¡Enséñanos cómo has conseguido el samadhi, bendito Pipilunni!... ¡Queremos seguir tus pasos!

--Así… --respondió Pipilunni en voz baja.

Akarghi no podía ver a Pipilunni desde el lugar en que se encontraba, de manera que sigilosamente se acercó un poco más al seto para buscar un mejor ángulo, sin embargo perdió el equilibrio y, al tomar una rama para evitar tropezar del todo, algunas espinas se le clavaron en la palma de la mano; gimió, retrocedió, y con este brusco movimiento delató sin querer su presencia. Los niños se asustaron y emprendieron una desbandada carrera. Akarghi avanzó para ir a la siga de los niños, pero en ese mismo momento apareció por otro lado del zaguán un rickshaw tirado por un hombre pobre, que se detuvo a pocos pasos de Akarghi.

Una joven y llamativa mujer se levantó del asiento, mas al hacer ademán de bajar notó que su sari se había enganchado en alguna saliente, por lo que levantó con ademán decidido su túnica muy por encima de su rodilla, dejando ver casi completa una de sus largas y perfectas piernas de color canela, y retiró su prenda del obstáculo. Luego miró a Akarghi con expresión de complicidad y coquetería, y siguió su camino hacia una reja de hierro, tras la cual se perdió siguiendo un pasillo cubierto por un toldo de bambú.

Akarghi se llevó las manos a los ojos para restregárselos, como si quisiese despertar de un sueño. Sintió olor a sangre, y miró sus manos teñidas con el rojo de su propia sangre; una extraña sensación de dolor y placer superó todo lo que hasta entonces había sentido en su vida. Jamás había visto el cuerpo semidesnudo de una mujer, ni sospechaba siquiera la salvaje sensualidad de una hembra que podía satisfacer hasta el más inconfesado deseo y fantasía de un hombre.



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