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sábado, 22 de agosto de 2015

AKARGHI (continuación 11-12)




11


De la misma manera que un boxeador recibe un certero golpe en la sien y todo gira a su alrededor, y ya nada posee consistencia ni orden, así quedó Akarghi tambaleándose después de la visión de la larga y dorada pierna de la mujer. Su entendimiento, su razón, su memoria habían quedado anulados, y una terrible, maravillosa y salvaje sensación hasta entonces no experimentada arrasaba por completo su ser interior. Esa pierna, ese cuerpo, ese rostro, esa persona toda comenzaban a adquirir una dimensión colosal que parecía ocupar paulatinamente el centro de su conciencia, de su mente, de su alma y, al final, parecía irse extendiendo por la realidad toda, igual que un sol cuando amanece despliega su luz devoradora a través de los espacios y tierras. Sólo su yo, ese yo que tanto y tantas doctrinas aprendidas y mortificaciones propias habían despreciado y envilecido hasta tratar de ahogarlo en el Brahman indistinto; ese ensoberbecido y altanero ego que había quedado reducido a una pasa sin vid, probablemente sólo al atman minúsculo y primigenio desde donde ahora se contemplaba aún en sí mismo, como reducido a un agujero negro y mínimo, dentro del otro yo múltiple, sobrecogedor,  conmocionado e irresistible; sólo, pues, aquel yo-atman último, abisal, divino, antes de desaparecer por completo en la inmensa realidad de los gunas, ahora y todavía se resistía observando su propia persona, pero sin poder alguno.

Unas pocas personas pasaban por el lugar caminando o sobre algún pequeño vehículo, entonces Akarghi creyó divisar la estatura divina y el sari vistoso y colorido de la joven en su perfecta intuida desnudez, que se alejaba a la distancia entre los kioscos y la gente. Sin pensarlo siquiera comenzó a correr tras ella. No tuvo consideración ninguna con su condición de venerable sanyasin; nada le importó el recato de la virtud y de la espiritualidad, sólo corrió y corrió, a veces tropezando con algún niño, o con algún anciano, o saltando por encima de otro sanyasin postrado en profunda meditación. Siempre creyó verla más adelante, unas veces más cerca, otras más lejos, hasta que por fin, ya en las afueras de Nirmla Jhar, el pueblo donde había llegado esa mañana, divisó que ingresaba a un templo por la avenida sombreada de higueras sagradas y banianos.

Se acercó jadeando y empapado de sudor. Entró al sector de las abluciones, luego a las ofrendas, y a la oración, y a los patios, y miró los techos, hasta buscó en el cielo, pero nada… Una violenta sensación de desconsuelo, de frustración, de rabia y deseo insatisfecho lo mantuvo como un tigre rampante, mirando de un lado para otro. Las emociones cambiaban desordenadas y difusas como todo lo que percibía a su alrededor. Cansado y sofocado dobló las rodillas ante el estanque de las purificaciones y comenzó a mojar su cuerpo dejando caer el agua oscura y refrescante desde la coronilla hacia abajo. Cerca de él había otras personas, pero en esta hora ya no existían para él. Entonces, al doblarse sobre la superficie abrió los ojos y alcanzó a reconocer su rostro reflejado en el agua. Esperó que las ondas se aquietaran hasta que apareció neta y clara su figura. Al verse a sí mismo experimentó un intenso vahído y le pareció que iba cayendo hacia el fondo de su propia imagen…





12


Escuchó a lo lejos las voces de un coro femenino que entonaba una salmodia lenta y dulce, y divisó iluminada, como en el fondo de un inmenso cuadro oscuro, la figura de la diosa Rhambla danzante que se movía sensualmente, girando en torno a sí misma y usando con encanto sus cuatro brazos semejantes a cuatro cintas mágicas de colores. Se aproximó velozmente hacia ella; cuando ya estaba próximo a chocar con su cuerpo, la imagen se disolvió y comenzó a distinguir ante sí una superficie de aspecto líquido. Parpadeó para despejar la vista y, al abrir los ojos, se encontró ante la superficie del estanque del lamasterio de Lamayuru, el santo Monasterio de la Paz Inmortal. Casi instintivamente su mente habló: “¡Koi!”… 

--¡Koi!-- volvió a repetir como despertando de un sueño.

Primero miró hacia abajo del estanque, luego introdujo sus dedos en el agua y los hizo vibrar como de costumbre. Una inmovilidad inusitada en el agua y en el lugar mismo lo intranquilizó. Levantó la vista y miró hacia los alrededores. Una extraña sensación le reveló que aunque todo parecía ser el Claro de Luna hasta en sus más mínimos detalles, y todo parecía ser el mundo conocido, completo y continuo de su lamasterio Lamayuru, y que la realidad era la misma, en verdad no eran los mismos, sino algo así como una mala copia. Una vez más atravesó su mente, como un doloroso latigazo, el recuerdo de “El camino de la Verdad”… En respuesta a esto, un impulso irracional y violento lo empujó a realizar un acto injustificable. Saltó adentro del estanque y comenzó a correr de un lado para otro, con el agua por sobre las rodillas, mirando hacia todos lados y gritando bajo el agua “¡Koi!”… “¡Koi!”… En un momento de su loco ir y venir sin solución, se detuvo y recordó: “Farra-aj”… Sólo él podría estar detrás de esto…

Saltó fuera del agua y corrió hacia el interior del monasterio. A su paso empujó hacia los lados a varios compañeros y venerables, mientras corría fuera de sí por los pasillos y salas. Cuando se encontró con Chien Zu en el vestíbulo de la habitación del abad y éste intentó detenerlo, se deshizo de su captor con un rápido movimiento del brazo y se arrojó hacia la puerta. La empujó con fuerza hacia adentro y jadeando se enfrentó con la mirada inquisitiva de Farra-aj, desde lo alto de un túmulo, donde acostumbraba meditar.

--¿Dónde está… la pez del estanque del Claro de Luna?—preguntó tratando de esconder y contener su rabia.

Farra-aj se lo quedó mirando en silencio de arriba abajo, al tiempo que observaba la posa de agua que se formaba alrededor de la túnica de Akarghi. Sonrió compasivamente y le respondió:

--¿De qué pez hablas, Akarghi?

--¡La pez koi del estanque del Claro de Luna!

--Nunca ha habido un pez en ese estanque... –Al ver que Chien Zu aparecía cautelosamente a la espalda del joven, se dirigió a él-- ¿Has visto alguna vez un pez en ese estanque, Chien Zu?

--¡No, nunca, venerable!

--Ya lo ves, hijo… Una vez más la poderosa Maya juega con la ilusión de tu mente. Sin embargo, dichoso tú, cuando esta diosa desafía tu sentido de realidad y te remece la raíz de la conciencia, entonces y sólo entonces, aun en medio de tu desorientación e ignorancia, no antes, puedes iniciar la búsqueda de la certera salida hacia el camino de la verdad. Ahora sal de aquí, considera tu posición, busca tu centro y dirígete a tus obligaciones dignamente, porque tu destino es verdaderamente superior y debes comportarte en consonancia con él.

Akarghi se dio media vuelta sin comprender nada. Algunas sensaciones como recuerdos, como imágenes de ensueños, como fantasías se agolpaban en su corazón y en su mente. Estaba solo, pero al mismo tiempo no estaba solo, consigo mismo. Había en el fondo, o en el medio de todo, de sí mismo, de la realidad que experimentaba, algo así como un hilo conductor perfecto, casi como la razón suprema que explicaba, unificaba y generaba el caos mismo. Si estaba enloqueciendo, lo hacía --esto sí era indudable-- sobre el riel infinitamente recto que sostenía la locura de la realidad.

Caminó de regreso hacia el estanque del Claro de Luna. Durante su caminata se detuvo a preguntarle a un par de novicios amigos y a un venerable lama por Koi, pero ellos negaron saber de su existencia… Las sombras del anochecer llegaron junto con su propia llegada al estanque. El aire olía a flores marchitas y algún búho lanzaba a lo lejos un grito ronco y extraño. Se dejó caer junto al estanque y, empujando un brazo bajo el agua, se quedó tumbado con la mejilla vuelta hacia la superficie. El llanto brotó sonoro y con fuerza haciendo estremecer su cuerpo.

--¡Tú eres real, Koi!... ¡Tú eres real!—repetía entre cada sollozo.

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