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sábado, 8 de agosto de 2015

AKARGHI (7-8)





7


“Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare”… Repetía una y otra vez una voz debajo de su ventana. Una luminosidad pálida y grisácea se desplegaba alrededor de los objetos. Akarghi se movió con pereza y percibió que le dolía todo el cuerpo, como si le hubiesen dado una paliza. Aún no amanecía por completo, y la voz juvenil repetía monocorde el himno sagrado… “Hare Krishna, Hare Krishna, Krishna Krishna, Hare Hare, Hare Rama, Hare Rama, Rama Rama, Hare Hare”… Cuando se hizo el silencio después de la letanía de los 16 mantras, pudo escuchar que una alondra cantaba cerca, respondiéndose con otra más lejana. Entonces, un estremecimiento y crujido de toda la arquitectura fue seguido por una intensa vibración y un ruido cavernoso. No experimentó miedo, a pesar de que por un momento las paredes y el techo se inclinaron. Luego todo volvió a la calma, si bien ya las alondras se habían silenciado. Le pareció que un ruido en su propio estómago replicaba el temblor, y que de sus entrañas algo así como una voz oscura lo llamaba ansiosamente.

Una hora después caminaba casi a hurtadillas por los pasillos circulares del templo, esperando encontrar a quien preguntarle por el Gurú. En un descanso de una escala se encontró con un lienzo colgante en el que se representaba una imagen que le llamó vivamente la atención… Una garza resplandeciente de poderosa envergadura acababa de atrapar a un dragón desde la superficie de un lago y levantaba el vuelo hacia una montaña alta y nevada, mientras el dragón se contraía y luchaba por morder a su raptora. De pronto la garza pareció girar su cabeza hacia Akarghi y le clavó una mirada de fuego. Akarghi dio un respingo y se dio la vuelta, incrédulo, para mirar a su alrededor. Detrás de él, a no más de un paso, se encontró con la mirada fija del mismo monje recepcionista, que lo observaba en silencio e inmóvil.

--¡Ah, qué bueno!...—exclamó Akarghi, y giró nuevamente hacia la pintura.

Al reconocer que todo se encontraba en el mismo lugar que al principio, y la garza continuaba con la mirada clavada en las alturas de la montaña, Akarghi nuevamente se dirigió al monje vestido de negro.

--Buscaba… busco a Sri Muerto-en Vida…

--Se ha marchado.

--¿Cómo es posible?... 

--Ha partido hacia una de las ermitas de los montes, a un retiro total e indefinido.

--Pero… ayer no me advirtió nada. Se despidió anoche con el propósito de encontrarnos hoy.

--¡Así es!... Expresó su pesar y disculpas por tener que marcharse sin aviso, e instó a usted a quedarse con nosotros todo el tiempo que desee.




8


Como un alud o un derrumbe se le vinieron encima las consecuencias de la partida de Muerto-en-vida. Embriagado de extrañas sensaciones comenzó a deambular por la pagoda y sus alrededores. Un viento helado de otra estación se dejó sentir, y aunque tiritaba de frío, caminó descalzo por la hierba húmeda, mirando hacia lo alto de los cerros, o hacia el fondo del valle, insatisfecho y desorientado… Le dolía “El Camino de la Verdad”. Podía sentir con claridad las espinas que cada cierta distancia se clavaban en sus pies, pero nada dolían en comparación con la pregunta lacerante: “¿Y al fin, cuál es El Camino de la Verdad?”… Por un instante había sentido que la respuesta estaba ahí, al alcance de la mano, y que, aunque no fuese nada fácil abordarla y proseguirla hasta el fin, aquel hombre santo y único tenía la virtud y el poder de encaminarlo hacia esa realidad y hacia sí mismo… Pero se había ido, estaba nuevamente solo y confundido, como no había dejado de estarlo ya poco tiempo después de partir del Monasterio de la Paz Inmortal, a los diecinueve años. 

Sumido y mareado en sus pensamientos, de pronto sintió entre sus piernas una suave presión, y, a continuación, el maullido de un gato. Bajó la mirada y se encontró con una pequeña bola de pelo blanco que se restregaba contra sus piernas; cada dos o tres empujoncitos maullaba y levantaba sus ojitos azules hacia Akarghi, buscando aprobación.

--¡Pequeño!, ¿de dónde has aparecido?—le habló Akarghi, y se inclinó para tomarlo en sus brazos. 

El pequeño felino se dejó voltear y acomodar entre los brazos de Akarghi; comenzó a ronronear. Entonces apareció a pocos pasos, desde atrás de un seto de zarzamoras, una bella joven de pelo largo y oscuro, vestida con una túnica caoba como las que usaban los monjes del lugar, y un velo translúcido sobre su cabeza.

--¡Aquí estás, pilluelo!—exclamó con una amplia sonrisa dirigida tanto al gatito como a Akarghi.

La joven extendió sus brazos hacia Akarghi en un gesto de solicitud. Akarghi a su vez extendió sus brazos para devolverle el pequeño felino, y, al transportarlo de uno a otro, sus manos se tocaron por un corto momento. Akarghi sintió al contacto de su piel una descarga eléctrica, y una sensación inusitada de placer lo invadió. Akarghi miró a la joven y le pareció que ya no era humana. Sintió que sus piernas le temblaban y que no podría resistir una emoción tan grande.

--¡Gracias por encontrar a mi Nino! Ya me estaba preocupando… Mi nombre es Saddinavi—y volvió a sonreír sostenidamente, como si supiese que con su sonrisa podía iluminar el mundo.

--Akarghi… Mi nombre es Akarghi—balbució sin saber si sonreír también, o salir corriendo.

--Tú debes ser el venerable invitado de sadhu Muerto-en-vida…

--Yo… seguramente sí… ¿Venerable?... Pero… no sé si deba… aceptar la invitación…

--¡Quédate!—exclamó Saddinavi, y dándose media vuelta partió corriendo por donde mismo había llegado.

Akarghi escuchó su risa fresca y alegre que se alejaba, como también lo hacía el agua de la cascada al amanecer.

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