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sábado, 29 de agosto de 2015

AKARGHI (13-14 continuación)







13



Una mano se posó en su mano y, al volver la vista, se encontró con la mirada inquisitiva de un niño pequeño que depositaba dentro de su mano un nenúfar amarillo que había arrancado del estanque. Akarghi se movió con torpeza y lentitud, como quien despierta de largas horas de sueño. Sonrió sin entender lo que estaba sucediendo, pero un impulso natural lo hizo inclinarse hasta rozar con su frente el agua y juntar sus manos delante de su propio rostro en un gesto de gratitud. Al levantar nuevamente la vista, el niño ya no estaba ahí, pero el nenúfar continuaba resplandeciendo entre sus manos... “¡Levántate! ¡Despierta! Ve a encontrar a los más grandes maestros y aprende junto a ellos. Pues este sendero es tan afilado como el filo de una navaja, peligroso y difícil de atravesar, dicen los sabios.[1] Una voz profunda y cavernosa repitió en su interior el sutra que había aprendido y meditado tantas veces al despertar en el lamasterio de Lamayuru. Contempló el nenúfar sobre su palma abierta y una gruesa lágrima resbaló por su mejilla hasta golpear y sumirse en la superficie del estanque. Le pareció, con su corazón desbordante, que mil vidas ya vividas por él se materializaban allí, en ese nenúfar brillando como un sol en su mano…

Sin embargo, de la misma manera que una serpiente duerme mimetizada en el polvo, repentinamente un chasquido la despierta y de un salto se yergue con sus fauces abiertas, así ascendió sin aviso por su eje vertebral la kundalini de fuego para morder su mente y su sensibilidad, infundiéndole recuerdo y deseo aún más ardiente de encontrar a la joven que había aparecido con su piel de pantera fugazmente ante él. Otra vez un centelleo de conciencia le advirtió: “¡Detente!” Y otra vez su olfato de animal en celo lo empujó a volver al lugar donde la había sentido por primera vez. Mientras caminaba por las callejas todavía atestadas de gente, sólo una vez tuvo un instante de cordura cuando a su lado una paloma blanca que ofrecía su dueño para la venta batió repentinamente sus alas, se liberó de las manos regordetas de su amo y, dispersando numerosas plumas albas al aire, echó a volar casi por encima de la nariz de Akarghi. Se detuvo, un fuerte vahído le hizo perder el equilibrio, se apoyó en un pilar de madera, se observó a sí mismo con compasión y alcanzó a balbucear: “¡Krishna, oh Krishna, sálvame!”… Pronto la fuerza de los variopintos colores internos volvió a hacerlo arder, y como un toro enfurecido continuó adelante.





14



Se encontraba ya a pocas cuadras de la plazuela buscada, cuando aconteció un hecho inesperado. Caminaba aferrado a su mala, repitiendo sin ninguna conciencia el maha mantram de Krishna, cuando un impulso también inconciente empujó su vista hacia adelante. A unas decenas de metros corría hacia él un carro  abierto e inusualmente tirado por caballos. Sobre él divisó a la mujer deseada y, confusa y desinteresadamente, le pareció distinguir a alguien sentado a su lado. El carro se acercó velozmente hacia él; Akarghi, en un acto de arrojo incomprensible, avanzó resueltamente unos pasos en dirección frontal al vehículo. Los caballos se sorprendieron del extraño, mas ya demasiado cerca, aunque intentaron frenar para evitar el choque con Akarghi, lo golpearon con fuerza y lo arrojaron rodando por el suelo.

La joven se apeó del carro y se acercó a Akarghi que aún se encontraba sobre el piso, a medias conciente. Le tomó la mano, le acarició el rostro que sangraba y, dándose media vuelta, se dirigió a la persona que la acompañaba en el carro, quien seguía sentado sin inmutarse:

--¡Es un sanyasin!... Debemos ayudarlo.

El hombre hizo un gesto de desagrado con la boca y se mantuvo en silencio. La joven solicitó a dos transeúntes que la ayudaran y subieron a Akarghi al carro. Akarghi comenzó a recobrar el sentido con la cabeza reclinada sobre los muslos de la joven. Al abrir sus ojos se encontró con la mirada inquisitiva de la joven sobre él, con sus ojos glaucos de tigresa delineados con un largo trazo negro, como un horizonte de placer sin límite… “En medio de los objetos que entran en contacto con tus órganos sensoriales, sé vigilante, evita perpetua y sistemáticamente toda construcción mental con ellos… ¡No sucumbas a los objetos! ¡No te identifiques más con tus órganos sensoriales! Renunciando a toda construcción mental, identifícate con el resto.[2] Sus maestros habían trabajado sistemáticamente con sus sichyas (discípulos) el maravilloso desapego de los sentidos, y Akarghi había aprobado una y otra vez cada examen como ningún otro de sus compañeros lo había logrado. Placer, dolor, belleza, fealdad, frío, calor, hambre, saciedad, pureza, suciedad y tantas otras emociones asociadas a los sentidos que atan el alma y la mente de un novicio, superadas por Akarghi. Recordó la voz ancestral que le repetía otra vez aquellos sutras, pero una cierta entonación burlesca parecía acompañar la solemne declamación interior de los versos… La joven sonrió feliz al ver que Akarghi volvía en sí, se inclinó sobre su rostro y dejó caer, como una gota de miel, un beso sobre sus labios.

--¡No hagas eso, Latniavira, es un asceta! –exclamó a su lado el hombre que la acompañaba.

Akarghi sintió una vibración eléctrica y una hoguera de placer no experimentado desde la raíz de su sexo hasta la coronilla. La joven se echó a reír, empujó a Akarghi para que, incorporándose, se sentara a su lado, y dijo con su voz cristalina:

--¡Es mejor que te sientes, suami, porque Tashi se pone celoso!



[1] Katha Upanishad, 1-III-14.
[2] Annapurna Upanishad, V, 103-104.

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