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lunes, 13 de julio de 2015

PARA SALIR DE LA IGNORANCIA



Viviendo en el seno de la ignorancia y considerándose inteligentes y esclarecidos, los ignorantes giran incansablemente en redondo, trastabillando por caminos torcidos, semejantes a ciegos conducidos por ciegos.” Katha Upanishad, 1-II-5


¿Quién de nosotros podría reputarse no representado por esta terrible verdad? El que diga: yo… será por cierto el rey de los ciegos. Y sin embargo, el que acepte encontrarse en la condición de ignorante, estará, por su parte, reconociendo probablemente, no más, que experimenta la sumisa esclavitud de la ceguera… Yo al menos no hablo aquí como un iluminado; si lo fuese, no por humildad lo negaría, mas hablo como uno que va y viene dentro y fuera de la ignorancia. Ahora que todos mis vellos comienzan a encanecer o a desprenderse de mi cuerpo, reconozco en mi propio dilatado deambular por la existencia cuán peligroso y difícil es validar la verdad propia y el propio mérito. Cuán incierto y complicado es creer y al mismo tiempo dudar de lo que se cree. Sin embargo, en eso estoy (viviendo) dentro de mi propia condición de ciego atormentado y apacible… No siendo suficiente para callar, pero tampoco suficiente para vocear en las plazas.


Y ¿qué me mueve, entonces, para levantar mi voz en la penumbra?... La evidencia de que las grandes verdades históricas, los grandes ideales declarados, las conmovedoras enseñanzas de todos los grandes maestros, las penosas o placenteras prácticas y escuelas de sabiduría –con todo lo positivo que han logrado-- no han sido suficientes ni tan eficaces como para facilitar, a los que buscan salir de la ceguera y del girar en torno a la propia cola, el producir certeramente en la mayoría de los buscadores la trascendencia y la transfiguración de sí mismos, el tránsito hacia la recta Verdad y la inmersión en la Realidad Una. Es necesario, en cambio, --lo expondré en todo lugar y en adelante—una experiencia más pequeña y minuciosa, menos ostentosamente espiritual o sabia, pero más eficaz y transformadora de toda ceguera e ignorancia humanas…


Pero, ¿a quiénes me dirigiré?... ¿A aquellos que escuchándome no comprenderán nada, o me desprecien por una u otra razón, o que, sumidos en un mundo de imágenes mentales proyectadas al exterior –el “mundo de hoy”--, no exista en su propia convicción y realidad  ni la más pequeña resquebrajadura? Yo no estoy para ellos… Otros más violentos, o más pacíficos que yo, se encargarán de minarlos, de roerlos, de maltratarlos y hacerlos sufrir para que algún día aparezca en ellos suficiente angustia, y comiencen a dudar, al principio, simplemente a dudar, profundamente


¿Me dirigiré, entonces, a aquellos que toman los escritos, escuchan y asienten a las sabias palabras, o al menos se cuestionan seriamente, pero que al terminar con el último punto giran la cabeza hacia otro lado, donde puedan escuchar todavía más sabias y transformadoras palabras, o acudir a prácticas “transformadoras?... ¿Y a aquellos que dicen amén, u om, o wuahe guru, o namaste, o tantas otras bellas palabras con las que también se asentirá a las mías, sin que ni unas ni otras los despierte como un cataclismo de Luz?... ¿Si lo que yo he vivido es como un cataclismo de luz y tinieblas?


¿Acaso el jilguero dejará de trinar al alba porque nadie lo escucha? Lo que creó la soledad y la ignorancia es lo mismo que creó lo Uno…


Y al fin yo tenderé una escala, un puente, una interfaz entre lo inmenso y lo pequeño, el Ideal y la cotidianeidad, el espíritu y la mente, la enseñanza y el cambio, la verdad y la mentira, la ceguera y la luz, el mañana, el pasado y el hoy. Sólo una pequeña escala, modesta, ni grande ni pequeña, sólo práctica, funcional, recta y real… Si miento, engaño o alucino, seré yo el primero que verán caer al romperse la escala.

Quizás escriba para los que caminan pasito a pasito, como los niños vacilantes y decididos, que un día tras otro hacen el esfuerzo honesto de levantar de a poco un pie para subir un peldaño, y dejar al mismo tiempo otro peldaño abajo...


Volveré…

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