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jueves, 16 de julio de 2015

AKARGHI - SEIS HORAS EN EL CAMINO DE LA VERDAD



[NOTA: AKARGHI es una novela que escribo en la actualidad y será publicada por partes semanalmente]


1


Akarghi abrió sigilosamente un ojo al escuchar acercarse al hermano centinela por la fría escalinata exterior hacia el dormitorio. Su corazón comenzó a palpitar más rápido al sentir que giraba el picaporte; esperaba con ansia desde hacía rato el momento en que Khurrul caminase a lo largo de  la estancia haciendo repicar su campanilla de bronce para la meditación de las laudes, y luego sigilosamente se marchase hacia las otras alas del lamasterio.

Akarghi saltó de su cama apenas Khurrul comenzó a cerrar tras de sí la  puerta y, sin ninguna precaución ni abrigo, se lanzó en una loca carrera hacia el  patio. Sabía que tenía  poco tiempo. Corrió por el sendero de grava y, aunque los guijarros se le enterraban dolorosamente en los pies, continuó corriendo entre soplidos de vapor hasta llegar al Claro de Luna. Cuando divisó ante sí el estanque sereno y el cuarzo opalescente que parecía sonreírle resplandeciente bajo el agua, su ánimo dio un brinco y lanzó una carcajada de júbilo. Se acercó de prisa a la orilla, sacó unas pequeñísimas bolitas de miga desde una diminuta bolsa que había cosido por el revés de su túnica y, rozando con la punta de sus dedos la superficie helada del estanque, esperó que la hermosa Koi, moteada de plata y dorado, se acercase ingrávida, sinuosa y lentamente hacia él.

Akarghi dejó caer con delicadeza la primera miguita y, a mitad de camino, Koi la atrapó en un armónico giro de su danza. Ella movió sus tornasoladas aletas como si fuesen dos sutiles abanicos y se acercó a la superficie. Sacó su diminuta boquita rosada escasamente por encima del agua.
 
--¡Buenos días, mi pequeño Akarghi! –susurró casi imperceptiblemente la pez.

--¡Buenos días, mi dama del agua!... ¿Qué novedades me tienes para hoy? –exclamó Akarghi con una sonrisa de ternura e impaciencia.

--¡Ah, mi amado joven, no quería que llegase este momento, pero debo decírtelo!... ¿Puedo yo conocer el océano infinito si vivo en este estanque?... Y tú, ¿cómo conocerás el mal si tus padres te han alejado de él para que no sufras? Has esperado ya catorce años para volver a conocer el mal, y debes por lo tanto hacerte hombre…

A Akarghi se le entumeció la sonrisa en el rostro y preguntó:

--¿Qué me quieres decir?...

De pronto algo lo agarró de la oreja y lo levantó violentamente.

--¡Akarghi, el novicio tunante!—rugió furioso detrás de él Farra-aj, el abad --. ¡Has faltado por tercera vez a tus deberes santos, condenado niño!… ¡Esta vez recibirás un castigo ejemplar!... ¡Vamos!




2



Farra-aj repasaba concentradamente la minuta del día en su despacho, cuando Chien Zu, su ayudante de cámara, entró en silencio a la sombría sala; se mantuvo de pie ante el escritorio del lama, esperando su atención. Farra-aj detuvo el movimiento de su huesudo dedo índice con que acompañaba la lectura de cada palabra, y levantó la vista por encima de sus anteojos redondos.

--¡Seis horas en el Camino de la Verdad para ese jovencito Akarghi! --sentenció el abad casi con satisfacción--… Ya verá como el potro de la recta meditación lo endereza… Me agradecerá tarde o temprano el haberle enseñado que sin disciplina no hay samadhi (iluminación).

--¿Seis horas?... –repitió con incredulidad Chien Zu.

Farra-aj sostuvo la tensa mirada sobre su ayudante, pero luego de unos segundos relajó la línea de sus cejas y, con un diplomático gesto de despedida, respondió:

--Ese joven potrillo está tallado en una dura madera…

Al salir Chien Zu de la sala, Farra-aj se levantó, alzó un tapiz en un rincón del despacho, buscó dentro de un baúl de encina una carpeta de cuero que archivaba un legajo de descoloridos papeles, buscó cuidadosamente un papel que ya estaba escrito, le dio la vuelta y escribió con su pluma de tinta negra, con rugosa letra: 

“A 23 de Mayo del año 2057, Akarghi, 6 horas por el Camino de la Verdad…”
 
Iba a continuar escribiendo, pero se detuvo abruptamente para escuchar algo, casi con expresión de temor.

Dos jóvenes monjes con miradas compasivas acompañaron en silencio a Akarghi hasta la reducida celda de mortificaciones. Desde lejos, justo en el umbral del pabellón principal, Chien Zu fiscalizaba con pesar el cumplimiento del decreto magistral. Los dos bhikkhus le dieron brevemente las instrucciones, lo bendijeron, se inclinaron ante él y le señalaron el Camino de la Verdad. Akarghi primero reptó dentro de su estrecha cárcel de madera con forma de cilindro, para en seguida ser levantado por ambos monjes, inmóvil y ajustadamente dentro del mismo, en posición Sirshasana (cabeza abajo).

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