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miércoles, 6 de mayo de 2015

SUEÑO Y REALIDAD




Eva, la madre, la primera madre, contempló a su bebé en sus brazos y le sonrió. El niño se la quedó mirando e imitó su expresión; al ver caer una lágrima gruesa de cada ojo de ella, creyó que el cielo se le había ofrendado en un destello de amor y de dolor. 

La madre secó con la yema de sus dedos la primera lágrima que mojó una ceja del niño; luego secó la otra lágrima que había mojado sus labios. El niño sintió el roce suave y cálido de su piel y creyó que la felicidad era suave y cálida, como la piel humana. 

Sin embargo, era invierno y un latigazo de viento helado le causó dolor en su cuerpo desnudo; el bebé lloró, su madre lo abrigó y cobijó en sus brazos. El niño creyó que no se podía ser indiferente ante el dolor humano, y que era natural acoger con su protección a todo el que sintiera frío en su cuerpo y en su alma. 

La madre entonces desnudó uno de sus pechos y lo acercó a la boca del bebé como si adivinase que necesitaba con urgencia mamar. El hijo cerró los ojos y sorbió la blanca sangre de su madre, la leche que alimenta la vida de todo el universo. El niño creyó que una energía poderosa y sublime lo sostenía y animaba todo. 

Entonces el niño vio junto a su madre a un hombre, su padre Adán, que sonreía igual que ella y que, retirándolo de los  brazos de Eva, lo levantó muy alto por los aires mientras reía y reía, para luego apretarlo suavemente en su pecho. El bebé creyó que podía volar, que era libre, y que un ser poderoso y amante junto a su madre lo impulsaba hacia el infinito sin dejar nunca de abrazarlo.

Llegó la noche y padre y madre depositaron con un beso suave y mullidamente a su niño en la cuna. El pequeño se durmió soñando en un universo de amor.

A las 12 de la noche la ventana se abrió poco a poco y una sombra se deslizó dentro de la habitación donde dormía el bebé. Se acercó a la cuna y lo tomó con rapidez y precisión; luego salió silenciosamente por la misma ventana y se alejó de la casa. El niño, Jesús, creyó que estaba soñando…

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