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sábado, 18 de abril de 2015

LUNES



Lunes, el verdulero, me extendió con un gesto displicente la zanahoria blanca de cinco centímetros de largo y esperó con su mano extendida el pago. La luna se había retirado al otro lado del mundo, pero el sol cansado y pálido la había reemplazado en el cénit con su luz  lechosa e invernal. A mi lado la gente miraba a cada momento el cielo y parecía querer confirmar algo que yo no lograba descubrir. En más de una ocasión volví también mis ojos hacia el cielo, pero sin ver nada más que un cielo blanco concluí que debía estar disminuyendo la salud de mi vista. Sin vergüenza, en otro momento pregunté a un transeúnte que acababa de levantar su mirada nerviosa hacia el cielo qué miraba que yo no podía ver y, levantando sus hombros en un gesto incomprensible, sin más continuó su paso. Otra vez lo intenté con una pequeña niña, imaginando que en su inocencia pueril me habría de decir sin ambages la verdad, pero se volvió hacia mí y llevándose la mano a la frente exclamó “¿acaso eres tonto?”… 

Después de esa experiencia he preferido vivir sin más en mi pueril estupidez. Debo reconocer que esto pasó casi de un día para otro. Tal vez un virus se adueñó de mi cuerpo y de mi cerebro. Aconteció por allá por Mayo del año 2xxx, si mal no recuerdo, cuando un día me levanté muy dispuesto para volver a mi arduo trabajo de maestro de escuela y descubrí, al descorrer la cortina de mi dormitorio, que afuera de mi pieza, digo, afuera de mi casa, estaba completamente nevado y blanco. Entonces, perplejo, encendí la radio para tratar de comprender este extraño fenómeno meteorológico y sus alcances. Pero una voz lacónica y cansada repetía una y otra vez en todas las emisoras lo mismo: “Blanco… blanco… blanco…” Solté la risa y me quedé largo rato riendo y apretándome el estómago. Busqué a Mariela, pensando que debía estar en la cocina, pero nada, ni en el baño, ni en el comedor, ni en ninguna parte. Por primera vez se había ido sin decirme ni una palabra. Una inusitada sensación de angustia y abandono me invadió repentinamente, pero me repuse pronto al reconocer que al menos yo no iba a abandonarme a mí mismo. Al devolverme a contemplar el lecho vacío y blanco, algo poderoso me hizo saber que Mariela ya no volvería más. 

Cuando Lunes recibió mi paga, la miró con una expresión melancólica, se sentó en un taburete y bajó la vista hacia el suelo. Sentí deseos de abrazarlo y expresarle mi gratitud y mi alegría de vivir, pero me contuve. Al pasar junto a mí, una joven mujer de cabello cano golpeó descuidadamente mi brazo y continuó su marcha sin decir una palabra, casi arrastrando los pies. --¿Quién era ella,  de dónde venía, que quería hacer? …Y tantas otras cosas más hubiese querido compartir con ella, si me hubiese prestado atención. Pero cuánta tristeza, cuánta indiferencia, cuánta inmaculada blancura podía percibir por todas partes y en todo el mundo… El universo, concluí, se había vuelto blanco y sin amor, o bien yo me había enfermado de amor y alegría de vivir. No puedo precisarlo.

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