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miércoles, 4 de febrero de 2015

EL ERMITAÑO (capítulo 13)



La más sosegada y profunda de todas las horas, la medianoche. En algunas ciudades y pueblos del mundo hay personas que permanecen despiertas sin poder dormir hasta que resuenen las doce campanadas del universo. Pueden sentir el pulso de los instantes que van lentamente aproximándose hacia la hora en que se rompe el misterio de la noche, y aun así luego quedan perplejas y respirando afanosamente cuando los instantes señores del tiempo inexplicablemente comienzan a alejarse  del círculo paradojal de la medianoche, pero no lograron arrebatarle un sentido inédito ni algo que pareciera aproximarse a su verdad. Ya dejaron atrás los embelesos de los terapeutas y maestros que les enseñaron las mil prácticas para dormir, y que una a una se fueron disolviendo en la inmensidad del espacio curvo, relativo y negro. Algunas almas enloquecen y se quedan esperando allí al filo de cada medianoche, sabedoras de que después de cada eternidad tendrá que cumplirse un fin. Sus párpados caen con ardorosa resistencia por la pendiente de su propio agotamiento, pero esos hombres y mujeres en realidad ya nunca duermen. Sobresaltados abren sus ojos en cualquier momento de la noche y del día, pero no pueden dejar de estar despiertos. La medianoche se va comiendo lentamente con el poder de un ácido la mente y el cuerpo de esos desgraciados. Sin embargo, el ermitaño contempló durante largo tiempo la eternidad de la medianoche. Su conciencia destilada gota a gota acabó una noche rebalsando su mente, hasta que pudo descubrir que una noche infinitamente más profunda y oscura yacía en la hondura de su propia alma. Desde ese momento comenzó a dormir apaciblemente, esperando en lo más profundo de sus sueños la llegada de la medianoche de todos los sueños posibles.

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