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miércoles, 7 de enero de 2015

EL ERMITAÑO (capítulo 9)



¿Qué hace un niño ermitaño?... Como todo niño, juega, porque para todo niño la realidad es un juego. Entonces, ¿qué de diferente hace un niño ermitaño respecto de los otros niños?... Llora. Cuando un niño ermitaño se encuentra a solas, siempre llora. Cuando un niño ermitaño llora, siempre llora de felicidad y de nostalgia, en silencio. El llanto de un niño ermitaño contiene todo el dolor humano y toda la dicha, con absoluta humildad. Al niño ermitaño le han puesto últimamente algunos sobrenombres jocosos: niño índigo, niño cristal, pero se trata siempre y sólo de la experiencia de toda alma que ha sido desgarrada de su trascendencia para venir a encarnar en este mundo y plano primitivos y salvajes. La sensación y la conciencia de vivir este tiempo y este espacio le enseñan permanentemente la distancia que lo separa del infinito, y en el reloj, el abismo que separa la caducidad del momento actual  frente al tiempo eterno de donde viene. Su mamá y su papá en la carne le enrostran la ausencia de la madre y del padre divinos, de los que se ha quedado huérfano en esta región de préstamos y subsidios de amor. Los prójimos, los seres humanos a quienes ama sin respuesta, se le representan aquellos ahora inalcanzables espíritus del amor unificado. La naturaleza, aunque no deja de maravillarlo y conmoverlo donde sea que dirija alguno de sus sentidos, le causa también angustia al recordarle con extrañamiento la energía sublime de la sustancia de la trascendencia que experimentó antes de llegar a este universo, y que ahora se le evidencia manifestación y carencia en este rastro divino, que es la belleza natural… El niño ermitaño parece sólo un insignificante y aproblemado niño más.


(continuará cada miércoles)

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