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miércoles, 31 de diciembre de 2014

EL ERMITAÑO (capítulo 8)



Me acerco a la moldura de la vertiente, esta caída abrupta hacia un valle en el que distingo luces entre la oscuridad, las luces de la noche como almas encendidas que se resisten a ser tragadas por su propio origen. Ellos son humanos, individuos que se debaten entre destellos y sombras. A veces se asustan de los roncos ladridos que resuenan en los ecos de la alta montaña, pero pronto los olvidan y vuelven a dormir y a despertar una y otra vez entre sus blancas paredes. Algo me ha impulsado desde mi corazón a venir a contemplar sus diminutos hogares, y algo de sus vidas que me mantiene unido indisolublemente a ellos. Así también otro Alguien viene a visitarme más de cerca y puedo sentir su poder abrasador como lengua de hielo que me estremece y hasta extrema mis sentimientos en el límite del terror y de la gloria. En cada latido de mi corazón canta el himno de la historia del mundo, y cada cierto tiempo una nota precisa, aguda y larga me arrastra hasta este lugar cercano a mi pasado que no podrá cesar de repetirse y renacer en cada latido nuevo y derramado hasta las entrañas de mi propia humanidad que me suplica de rodillas: No me abandones, hijo mío



(continuará cada miércoles)

sábado, 27 de diciembre de 2014

Inocencia



He perdido la inocencia,
envejezco.
Sabía que esto iba a ocurrir.
Sólo al mirar los cerros amarillos con yuyos
vuelvo a sentir la furia de la vida
y los pelos que han abandonado mi piel arrugada
se figuran luciérnagas, ágatas o mariposas
entre los dedos de mi niñez eterna
que se va reintegrando
hacia los cuatro vientos
liberada lentamente de mi cuerpo.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

EL ERMITAÑO (capítulo 7)


No recuerdo bien si al descubrir este lago me convertí en ermitaño, o si al hacerme ermitaño descubrí este lago. No sé si este lago es un cielo o si el cielo es un lago. No sé si soy un hombre que sueña, o si un sueño es un hombre. Si me pregunto qué sé, sólo puedo responderme con una nueva pregunta. Todo se ha vuelto para mí una paradoja; ya no intento como en otro tiempo separar el arriba del abajo, el bien del mal, el olor del pensamiento, ni la juventud de la muerte. Sumerjo mi mano en el agua y ya no se detiene mi movimiento dentro de la realidad toda. Saco mi mano del agua y está mojada. ¿Acaso mi mano bajo el agua no existe sólo porque al mirar mi mano ahora está fuera del agua? ¿Por qué es más real lo que miro que lo que miré? Detrás de la nube se encuentra un sol; detrás de un sol, ¿qué?... ¿Soy realmente un ermitaño o sólo el personaje de una novela? Quizás no sea más que un empleado de un modesto almacén que regresa a su casa después de las seis y dormita en el vagón del metro. ¿De qué sirve afirmar esto o lo otro?... Responderse esto o lo otro no es más que persuadirse a uno mismo de esto o lo otro.


(continuará cada miércoles)