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sábado, 25 de octubre de 2014

Mi canción desesperada




Quiero escribir los versos más tristes esta noche
recordar la carne trémula de tus besos en mi boca
tus huellas olorosas por mis zonas líquidas no caminadas.
Quiero recordar esas noches de todos los versos tristes
cuando todavía me observabas desde el cielo del crepúsculo
y tu aliento luminoso me quitaba el horror de la noche
y sentía junto a ti que nunca nos llegaría la muerte
y que cada beso nuestro era un hijo que se hacía estrella
y que cada estrella era un instante de amor como el universo infinito.
Quiero besarte ahora que no puedo
ahora que el recuerdo va ganando a un presente dolorido
y el olvido nos va cubriendo con su fino polvo de plata.
Llega la noche y se alarga
porque las olas que miramos juntos
se alejan mar adentro de mis sueños
y tu voz de gaviota se clava en mi pecho tiritando
frío y yerto como el amor que en esta noche triste
en alguna hora tuya y mía de esta larga noche
ha muerto.

sábado, 18 de octubre de 2014

ABANDONO





Fue una mañana de abril, fría y gris como debe ser todo día en que uno abandona a un ser amado. Laura cerró la puerta tras de mí. Giró el cerrojo por dentro y ya no quise oír más. Salí a la calle con mis dos maletas y un abrigo colgando del brazo. Entonces no me parecieron pesadas aun con la historia que llevaban dentro. Caminé hasta la esquina y me detuve. Era necesario ese acto libre y honesto, detenerse un momento y decidir con la vida colgando de un hilo. Miré hacia atrás y vi que cerrabas velozmente la cortina. Bajé la vista, sonreí y seguí adelante. Han pasado los años y te he visto alguna vez pasear, con una plácida sonrisa, del brazo de alguien. Seguramente ya no te importa, pero lo que tú nunca llegaste a saber, amada Laura, es que desde entonces nunca he dejado de llegar hasta una esquina sin volver atrás la mirada.

viernes, 10 de octubre de 2014

EL CEMENTERIO DE MI PUEBLO




Desde el ventanal de mi dormitorio puedo ver el cementerio del pueblo en mitad de la colina. Las almas de los difuntos ya no están ahí. Quizás mi osamenta también se guarde algún día en aquel relicario de muertos. 

Hoy me han llamado los muertos. Una luz hizo brillar el cementerio. Los muertos son pura memoria. Ellos pasaron un día también por ese portal blanco, llorando con sus seres amados. Los puedo observar uno por uno como si se me hubiesen reunido todas sus horas presentes. Ellos lloran, pero también veo una sonrisa en sus almas pálidas. Junto a su propio féretro se despiden contemplando a quienes ya no podrán tocar más. Algunos incluso ya se han ido; por distintas razones no pudieron esperar el ritual de despedida que los vivientes llaman funeral o entierro. 

Ninguno está solo; ellos tienen motivos para entristecerse por nosotros porque quedamos aquí, como con las manos vacías, como pobres de espíritu, carentes de amor duradero y firme, al que no se lo lleve la muerte o las condiciones adversas de la vida, o la simple limitación de nuestras imperfectas mentes contenidas en cerebros vivos que acaba siempre en alguna forma de sufrimiento y de angustia existencial.

Es verdad que todas las partidas y alejamientos tienen algo de triste y evocador. Ellos mismos no saben qué les espera. Ellos mismos siguen amando a los que no seguirán con ellos. Algunos incluso tratan de volver a su propio cuerpo, pero pronto los transforma el saber de la muerte y comienzan a adormecerse a los apegos propios de la vida. 

Cuando se marcha el cortejo fúnebre ya de regreso, los muertos dejan a un lado las ropas que eligieron representar para su propio funeral y se alejan inmateriales y desnudos.

El cementerio a la mitad de la colina ha comenzado a recibir a visitantes que llevan flores y más y más recuerdos. Los muertos se han ido, pero han dejado sus huesos para que nadie los olvide.