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miércoles, 31 de diciembre de 2014

EL ERMITAÑO (capítulo 8)



Me acerco a la moldura de la vertiente, esta caída abrupta hacia un valle en el que distingo luces entre la oscuridad, las luces de la noche como almas encendidas que se resisten a ser tragadas por su propio origen. Ellos son humanos, individuos que se debaten entre destellos y sombras. A veces se asustan de los roncos ladridos que resuenan en los ecos de la alta montaña, pero pronto los olvidan y vuelven a dormir y a despertar una y otra vez entre sus blancas paredes. Algo me ha impulsado desde mi corazón a venir a contemplar sus diminutos hogares, y algo de sus vidas que me mantiene unido indisolublemente a ellos. Así también otro Alguien viene a visitarme más de cerca y puedo sentir su poder abrasador como lengua de hielo que me estremece y hasta extrema mis sentimientos en el límite del terror y de la gloria. En cada latido de mi corazón canta el himno de la historia del mundo, y cada cierto tiempo una nota precisa, aguda y larga me arrastra hasta este lugar cercano a mi pasado que no podrá cesar de repetirse y renacer en cada latido nuevo y derramado hasta las entrañas de mi propia humanidad que me suplica de rodillas: No me abandones, hijo mío



(continuará cada miércoles)

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