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miércoles, 26 de noviembre de 2014

EL ERMITAÑO (capítulo 3)



Nací ermitaño. ¿Es eso posible?... Nací ermitaño como colgando de un roca desde lo alto del acantilado. Y allí he vivido aunque mi mente graciosa haya viajado por mundos de encanto y aventuras. A punto de desbarrancarme he sido capaz de jugar, de ser padre, de pagar mis impuestos, de dormir y hacer amigos y enemigos. ¿Cuántos podrán reconocer que me pudieron ver allá en lo alto de la pendiente, suspendido de una mano, respirando entrecortadamente? Y no lo pregunto en son de víctima, pues eso ya pasó hace mucho tiempo, cuando aún joven y desorientado miraba hacia la plaza del pueblo para buscar un lugar de amor en donde dejarme caer sin temor y bien acogido. No lo encontré sino a pedazos, en esos colgajos de amor que nos regalamos los seres humanos cuando nos experimentamos unidos y desde ellos formamos parejas, familias, amigos, ciudades y religiones. Ahora sigo solo, pero no me duele, como seguramente no le duele al glaciar su furiosa blancura y su propio hielo… Nací ermitaño de la misma manera que existen meteoritos que irrumpen accidentadamente en un planeta extraño que se perturba con su brutal entrega. Indago en mi memoria para buscar la causa, y el mundo de mi pequeña infancia me arroja lejos, más atrás, como si un bulto incómodo fuese arrojado fuera de la casa, con indiferencia y hastío.

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