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miércoles, 26 de septiembre de 2012

HUBO UN TIEMPO




Hubo un tiempo en que quise ser vagabundo. Picotear como un gorrión volandero las basuras humanas. Sentir la lluvia más suave y helada de lo que nunca he sentido hasta hoy.
Conocer el hambre acumulado por años y mirar de vez en cuando por el ventanal de la pastelería, o bien oler desde una cuadra de distancia el mejor de todos los perfumes: pan recién salido del horno.
Pensé que al ser vagabundo mi llanto escondido entre las murallas insensibles de mi pieza se transformaría en un quejido sin palabras ni espera. Ya no lloraría yo, sino los que me vieran.
Renunciar a todos los encantos, a todas las promesas, a todos los bienes codiciosos, mezquinos y profanos que tú y yo, al final de cuentas, hemos logrado; en su lugar, gozar a cada instante el peso de la libertad, no angustiosamente sobre mi cabeza y mis hombros, o sobre un cielo inalcanzable, sino bajo mis pies ingrávidos y levitantes.
Quise ser vagabundo para deshacerme de todas mis penas, deshacerme de mi desencanto, de mi humanidad cómodamente satisfecha. Quería contemplar sin que nadie me dijera qué mirar. Quería oír sin que nadie me enseñara a no escuchar. Quería sonreír cuando un perro tiñoso al pasar me acariciase con su cola.
Sin embargo, hoy he descubierto que ese romántico ideal sólo podría haberlo realizado -- sin despertar llorando tarde o temprano -- de haber alcanzado a enloquecer por completo, como aquel Jesús, Jesús de Nazaret.

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