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viernes, 13 de abril de 2012

TEMPUS FUGIT


Los años en mi juventud no pasaron como el tempus fugit. Las estaciones y el tiempo se me volcaron hacia adentro. Allí me cobijé como un gusanillo de seda en el fondo de una bohardilla solitaria, donde un solo rayo de sol me alcanzaba, atravesando pasillos, rendijas, postigos y ojos de cerraduras sin llave, una vez en el equinoccio de invierno, y otra, en el de verano.
Por las mañanas salía confuso reptando hacia el mundo y, en vez de alas, mi cuerpo se apoyaba sobre piernas y se extendía en brazos, esas toscas extensiones que, igual que ahora, me servían de poco. ¿Qué hacía por ahí, enseñando que también yo podía ser un humano? Eso no lo recuerdo.
Pero al atardecer entraba en mi pequeña cárcel de jade, cogía el álbum de estampillas y, al abrirlo, el olor de tierras vegetales o secas, de otros mundos asombrosos y terribles, se extendían hasta mí en un pedacito de papel sepia, me estremecían dolorosamente, se me apretaba el pecho por la  nostalgia de otros hombres y mujeres que sí habían logrado crear un mundo propio, una personalidad, un paladar único, un amor o un desgarro al fin de cuentas tan humanos, y que no experimentaban el extrañamiento de la existencia, de ser un absoluto extraño en el mundo, un escondrijo del planeta, como yo…

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