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viernes, 30 de marzo de 2012

VOTO DE SILENCIO (cuento breve)

Elías tomó la mano negra de su madre y comenzó a llorar quedamente. Esa mano amada que lo había acariciado desde el momento de nacer ahora moría sobre la suya, flaca, huesuda, consumida por el cáncer que no perdona. El viento golpeó con la punta de una rama, con el envés de su cola traviesa, el vidrio de la ventana y siguió de largo.
La madre de Elías murió a las siete con veinticinco minutos de la mañana del veintisiete de Marzo de un año sin calendario. La casa de barro murió por dentro entre resplandores de un alba que despertaba sorpresiva y augural para este mundo. Las murallas blancas a la cal sostenían los retratos en sepia de desconocidos antepasados; algunos ya caídos de sus marcos enseñaban agujeros de golpes furiosos y florecidos sobre la tierra, sangre seca del molino que alimenta el grano. Elías vio pasar una sombra a su lado; se volvió sin llegar a ver a nadie. Entonces rezó bajito la oración de los difuntos, esa dulce canción que su madre le susurraba al oído antes de dormir, y que ahora él le narraba llorando para que durmiera tranquila, para siempre…. ¡Mamna, Mamna, duerme, no te vuelvas, sigue adelante! ¡Mamana, ya no hay regreso, Mamana!
Sus ojos entelados de muerte se volvieron hacia el interior de sus cuencas y quedaron mirando hacia no sé dónde. Blancas órbitas desorbitadas de un sinsentido repentinamente asumido por su cuerpo de madre. El rostro de yeso de la muerte.
En el fondo del baño, en el fondo de la tina blanca como la loza del mejor de los sepulcros del rico del pueblo, una gota tronaba desde tiempos inmemoriales su ritmo que subía y bajaba por entre las vicisitudes de la humanidad sorda y laboriosa. Los grillos y arañas de la casa hace tiempo habían enmudecido para escuchar mejor esa gota inmisericorde. Elías entonces escuchó por primera vez esa gota --aunque ya había rodado tanto tiempo llamándolo a la cordura--, esa gota poderosa y gruesa como el fierro derretido de un rayo volcado de una vez sobre la superficie paralizada del mundo interior. ¿Por qué nunca la había escuchado antes?, se preguntó mirando desde la puerta hacia el lecho inmóvil y blanco.
El día anterior Elías había cumplido diez años. En ese instante decidió no volver a hablar nunca más.
Ella gimió antes de morir. Él gimió también después de verla morir. Elías lloró una hora, yendo y viniendo por las habitaciones calmas que se extendían bajo sus tenues pasos, por el margen absurdo entre la vida y la muerte. La perra aulló afuera en el patio tapándose la cabeza lanuda con ambas patas, sin poder creerlo, alejándose por las calles de un barrio sin amos. Elías salió tras ella y se perdió en el llano, lejos del pueblo.
Caminó setenta pasos, sólo setenta pasos y se sentó bajo la sombra de un canelo en flor. Al llegar a ese sitio ya había envejecido suficiente para decidir que la vida era mejor sin palabras.

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