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sábado, 14 de enero de 2012

¿Quieres matarme?

Tan fácil la muerte nos libera de todo dolor.
Ridícula ilusión del cuerpo
que ya harto de sufrir injusticia tras injusticia
la zancadilla constante de la existencia a tu existencia,
la brutalidad de pertenecer a una raza de animales
mezquinos cobardes carroñeros,
que apenas sienten el más mínimo impulso
se apropian de tu vegetal dignidad,
de la misma humanidad pordiosera y destructora de sí
que en mí se vuelve delicadeza y tacto.
Quienquiera que haya hecho esto,
sea un alguien o un nadie,
lo ha hecho.
Y al  hacerlo me ha hecho  a mí y a ellos
y me seguirá haciendo aunque yo no quiera,
si eso quiera que él quiera o no quiera--¿qué a mí?
Ni la más insignificante partícula atómica
es menor que mi voluntad de ser ante Dios o la Nada.
Y heme aquí pensando contra él para él
porque mis enemigos y yo y él no somos
más diferentes que el cielo del infierno suyos,
más ajenos que el sufrimiento que yo mismo causo a tantos,
más indiferenciados que un pensamiento rebelde
que no destruye nada para crecer,
que no se come a nadie ni a nada para vivir.
Y yo sufro y me atrevo a sufrir injusticia
como si un orden naciente me facultase a exigir perdón,
coherencia, sensatez, verdad y al final de todo belleza
para que nadie quede insatisfecho.
Miserable dolor arrogante de sí mismo
para dominar el universo y exigir
¡basta de sufrir!
Dolor monstruoso y pecaminoso
que quiere forzar a la existencia en su propio beneficio,
dime, madre, resuelve, soy tu hijo recién nacido:
¿quieres matarme?

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