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viernes, 24 de junio de 2011

LA BATALLA DEL TÉ


El desierto de polvo y arena roja temblaba y se oscurecía entre hogueras de nubes por el avance de miles de resplandecientes tanques listos para el combate. ¿Quién dijo que Homero había inventado ciego una disputa ficticia?... Yo también vi a un general en la punta de esa apocalíptica columna detenerse después de escuchar con su innovador superradar BT-504 que  su general enemigo, en el otro extremo de la columna, decía simplemente “Tengo sed. ¡Qué daría por una taza de té helado antes del combate!”… Entonces Steven, comandante en jefe del ejército de las fuerzas occidentales, comprendió que aunque uno de los dos iba a morir a manos del otro, al igual que miles de valientes soldados, no por ello habrían de abandonar su humanidad y renunciar a comportarse con la dignidad de tales. Dio la orden de frenar el avance y envió un mensaje cifrado a su enemigo para que hiciese lo mismo. Alihassan, el jefe de las opuestas fuerzas orientales, observó con sus nuevos binoculares hiperlumínicos que Steven descendía de su estructura blindada y que, levantando una tienda robótica de campaña, se disponía a servir un oloroso té de finas hierbas sobre una mesa dispuesta para dos. El mensaje era claro y dignamente militar. Se midieron uno al otro con la mirada y, sentados frente a frente, se dispusieron a beber una olorosa infusión en copas de niquelado tornasol. Los motores de millares de tanques ronroneaban en pausa como tigres inquietos, esperando el impensado desenlace, mientras el viento crepuscular todavía levantaba rojas corolas de polvo junto a las inmensas máquinas. El mundo entero parecía observar, conteniendo el aliento, tan decisivo encuentro. “¿Qué hará tu madre si tú ya no vuelves con vida?” Preguntó Alihassan. Steven iba a responder con la dignidad estudiada del militar, pero algo inusitado lo contuvo. “¿Y la tuya?” Se quitaron las máscaras y vieron con su tercer ojo los cadáveres repartidos a pedazos por el campo de la tierra. Vieron en un instante la nulidad de ser hombres para la destrucción de la vida. Vieron a sus hijos huérfanos, a sus esposas viudas y llorosas para siempre. Vieron a sus padres maldecir la patria enemiga para no culpar la propia. Vieron a los hijos de la tierra desmembrados, pero no de cuerpos, sino de almas, de almas dañadas por la guerra militar, listas para tomar nuevamente las armas y continuar la más estúpida maldición de heredar los genes de la muerte como excusa para vivir. Vieron el engaño. Ambos se llevaron la taza a los labios y sin dejar de mirarse bebieron un sorbo de té, para en seguida, levantando su índice hacia el cielo, devolverse con sus ejércitos transfigurados de amor hacia el hogar.

1 comentario:

  1. Querido Rodrigo no hace falta que te elogie el relato: el se presenta solo, para cualquiera que lo lea. Ojala tu cuento pueda hacerse realidad en muchos campos de batalla. Un abrazo mi amigo

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