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miércoles, 1 de junio de 2011

ELLA

Ella escribía detrás de un teclado. Su vida de diario era una larga fila de trivialidades. Timbraba papeles, leía un periódico que alguien arrojaba sobre el mostrador, contaba billetes y estiraba el cambio, se trenzaba el cabello cuando se encontraba al pasar del espejo, sonreía con blancura perfecta para complacer a sus clientes, pero sobre todo miraba la hora cada vez que alguien le decía “adiós”. Y ella amaba a un amado que la buscaba a las once en internet. Entonces era ella la otra, la de los grandes saberes, la de profundos y delicados sentimientos, la bella, la rubia y sensual, la que estaba dispuesta a ser sin condiciones la mujer para otro. Allí sus ojos crecían y con su infinidad de gestos ante una mustia pantalla, era la otra, la que soñaba con un mundo mejor, pero que era incapaz de materializar.

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